La forma más reconocida de cómo el arte logra la apropiación del mundo como totalidad es la paisajística, a su desarrollo y estudio se ha dedicado un gran número de maestros de todos los tiempos. Ya como entorno natural de un orden visual que logra la configuración de la imagen, o bien como finalidad principal de la propuesta plástica, el paisaje es un escenario que reclama el control del espacio para hacer posible la vivencia del mensaje estético.
En el caso de José Inocente Duarte, el paisaje lo es todo, mensaje y propuesta, entorno e imagen, búsqueda y misterio. Porque su obra tiene como característica especial del concepto pictórico un ejercicio visual lleno de creatividad y el conocimiento de esos intrincados espacios llenos de belleza de nuestra selva tropical. El paisaje vive con plenitud de ser y con derecho absoluto en los complejos entramados visuales que la mirada y la mano precisa del artista son capaces de captar y enriquecer dotándolos de una personal identidad.
En sus obras persiste una búsqueda incesante de estos recodos interiores que le vegetación, en su permanente proceso de creación y recreación, ha ido conformando entre ramajes, raíces y enredaderas, como reminiscencia ancestral de los iniciales momentos de la creación. Primitiva e intacta, la flora que emerge de los paisajes de Duarte, constituye una evocación de un mundo que se encuentra en el límite de supervivencia y que reclama su razón de ser. Preocupado más por la vegetación en su exuberante complejidad que por los grandes espacios y las montuosas serranías, su obra es una búsqueda incesante de formas, contrastes, y colores.
De lo anterior se desprende el uso reiterado de una forma de composición cerrada, en la que reintegra elementos visuales superpuestos o yuxtapuestos con el propósito de abrir espacios interiores que faciliten la penetración en un complejo mundo vegetal. Creador de atmósferas sutiles y envolventes logra con la veladura y la difuminación del color, establecer sugerentes reminiscencias de vaporosos amaneceres o el sopor del humus en su degradación. De allí que sus obras inviten a recorridos por espacios que transpiren humedades milenarias, desconocidos laberintos del mundo y de la conciencia.
De esa manera particular de asumir la composición se desprende la cuidadosa distribución de elementos, que amarran casi en un abrazo interminable los diversos elementos formales. Sin dar mayor importancia al cálculo espacial, sus imágenes se integran casi con autonomía y con un ordenamiento imperceptible apropiándose de la totalidad del lienzo. Si en alguna forma asoma el horizonte como recursos para recortar la perspectiva, esto siempre es un elemento aleatorio y no de compensación volumétrica. Porque en cierto sentido, la superposición de planos, estructuras figurativas, las veladuras y difuminaciones logran de manera directa y espontánea esa profundidad espacial a la cual nos conduce de manera inconsciente la obra de Duarte.
En correspondencia a esos recursos dominantes en la estructuración del paisaje, somete progresivamente el discurso plástico a dispersiones cromáticas sin estridencias y sin trucos efectistas, no se apega a un forzado colorismo para lograr un efecto visual complaciente o llamativo. Sus verdes, opalescentes azules, ocres y amarillos degradados preservan la fidelidad de nuestros montes y luminosidades, de allí que sus pinturas mantengan ese grado de intimidad a que nos someten las cosas con las cuales mantenemos ese complejo y gratificante sentimiento de empatía.
Pero hay algo que es propio de los paisajes de José Inocente Duarte y que, por principio, no debería reflejarse en una obra con características tan heterodoxas como la suya: la disposición arquitectónica de los elementos compositivos en un espacio concebido como receptáculo y no como limitación. Esa particularidad, heredada de la paisajística del neoclásico, en particular Ingres, está orientada a la disposición de grandes elementos que reclaman espacios abiertos -nevadas montañas, inmensas praderas, azulados lagos o interminables arboledas- y no al paisaje saturado e inextricable del trópico. Nuestro paisaje, por esencia, es una invitación al caos, al principio de todas las cosas, y por lo tanto al desorden genético de la simiente en su germinación espontánea. Pero la mirada ordenadora del artista es capaz de compensar ese caos original con el equilibrio conceptual que debe mantener como directriz la obra de arte.
Capaz de jugar con el espacio, Duarte hace uso alterno del pequeño y del gran formato sin incurrir en las desviaciones formales en que puede incurrirse cuando el dominio visual y del volumen no son los apropiados. El despliegue de elementos figurativos, del color y de la luminosidad, no incurre en las abigarradas ornamentaciones barrocas o en la dispersión incontrolable de las imágenes. Calculadas y diferencias en un orden que sólo un cuidadoso examen de la obra puede revelar, las obras del artista guardan esa cohesión interpretativa y esa correspondencia de composición independientemente del espacio en el cual se plasme el concepto visual.
Apasionado por su mundo vegetal; urgido por la amenaza que pesa sobre ese único y gran patrimonio que la naturaleza nos ha legado, apasionado por el universo que nos rodea y que con demasiada frecuencia ignoramos, Inocente Duarte nos brinda una obra llena de intensidad y sentido creativo para invitarnos al disfrute del arte, pero, en especial, de la naturaleza.