Con tal de llevar el sustento a su esposa y sus tres hijos, a Carlos Domínguez se le ha hecho rutina lidiar con cadáveres. Su salario es de B/.340 mensuales.
Desde hace 22 años se encarga de enterrarlos y exhumarlos en el Complejo del Cementerio Amador.
"Perdí la cuenta", dijo cuando Panamá América le preguntó a cuántos difuntos ha enterrado.
Según explicó, al principio le daba tristeza ver a los familiares llorando, pero el tiempo se inmunizó.. "Ahora me da igual", confesó.
Entre sus tareas adicionales está el limpiar y reparar las bóvedas, igual que otros siete hombres que trabajan con él.
Cuando anuncian que viene un muerto, Domínguez se arma de una coa para abrir hoyos de cuatro a seis pies de profundidad. Acto seguido, tiene que encargarse de colocar el cajón.
Pero, más difícil que abrir hoyos tan profundos, resulta la hora de exhumar cadáveres porque, en ocasiones cuando no se han desintegrado, "el olor es infernal". "Cuando es así, hay que volver a enterrarlo", explicó.
Sin embargo, la odisea no acaba allí, pues la labor se torna peligrosa cuando se presenta el entierro de un pandillero.
Sucede que a veces se forman balaceras, por lo que, en broma y en serio, comentó que le ha tocado lanzarse al hoyo junto al cajón para protegerse. Eso ocurre, por lo menos, hasta que llegan las autoridades.
Así transcurren los días de este panameño que señala que aunque su empleo no es común, es honrado.