Nación

“Los chicos eran buenos”

Quienes los conocieron afirmaron que eran sólo dos pescadores jóvenes.


La tragedia de los pescadores de Playa Leona ha captado el interés tanto público como privado y es que incluso un investigador ha puesto sus servicios a disposición de la familia de Dagoberto y Rigoberto Pérez, con tal de esclarecer la verdad.

El investigador Carlos Sanad Espino señaló que "Allí trataron de ir en contra de la lógica y no hay que ser un científico de la NASA para darse cuenta de que la evidencia fue plantada, y eso deja mucho que decir".

El experto puntualizó que se trata de una situación muy delicada en cuanto al manejo y el aseguramiento de las escenas del delito por parte de la Policía Nacional.

 

Sepelio.
La tristeza que embarga al pueblo logró reunir ayer a los pescadores y sus familias para darle el último adiós a los hermanos Pérez, quienes fueron confundidos con narcotraficantes por agentes policiales, la semana pasada.

Decenas de personas se concentraron en la humilde morada donde yacían los féretros.

Su madre, doña Evidelia, no se despegaba de ellos, cuidándolos como cuando eran unos niños.

 

En un esquina, su hermano Aris, de 14 años, permanecía a la espera para ayudar en cualquier cosa a su familia; mientras que Alexis, el más pequeño de los hermanos, jugaba inocentemente con sus amiguitos cerca de los cuerpos.

De repente, un olor a café emanó del área de la cocina, las mujeres que allí estaban empezaban a servirlo.

Minutos más tarde, los cadáveres fueron llevados a la iglesia evangélica, la cual en otrora los jóvenes ayudaron a construir.

 

La misa inició con cánticos que hicieron que muchos de los presentes rompieran en llanto.

La pequeña capilla no tenía espacio para la cantidad de personas que se congregaron; sin embargo nadie se movía porque no querían perderse la ceremonia.

Apostados cerca a unos árboles, sin importarles el inclemente sol, permanecían los lugareños y visitantes.

 

Los vecinos nunca imaginaron el triste final de los dos pescadores, quienes trabajaban para llevar el sustento a su hogar.

Justicia.
Mientras los hermanos eran trasladados al cementerio, la comunidad pedía a gritos: “queremos justicia”.

La familia decidió darles un recorrido por última vez en el lugar que los vio crecer, donde jugaron, rieron y se hicieron pescadores.

De allí emprendieron el camino hacia el camposanto.

Los recuerdos seguían en cada esquina, y mucho murmuraban: “Los chicos eran buenos, sólo eran pescadores, ellos no tenían por qué morir así”.

La parte difícil estaba por llegar. Los ataúdes fueron puestos en criptas.

Mientras los trabajadores las sellaban con cemento y ponían los últimos bloques, decenas de personas permanecían inmóviles, ni el más fuerte pudo contener las lágrimas ante la despedida.


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Fecha y hora de publicación

101 años de Panamá América

 
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