LA GENTE espera con paciencia inagotable la incierta hora de la visita. Todos cargan bolsas en las que no falta el pan, las hojuelas de maíz y el agua. Algunos matan el tedio tirados en el césped y otros conversan.
Así esperaban la hora de entrar a ver a sus amigos y familiares detenidos en el Centro Penitenciario La Joya.
Un taciturno hombre, de más de 65 años, no se separa de un tanque blanco, un galón de agua ni una bolsa con víveres. El tesoro que con tanto celo resguarda son las provisiones que le lleva a su hijo, privado de libertad.
El señor reflejaba dolor, pero es evidente que lo enfrenta con dureza de carácter y en silencio. Fue difícil arrancarle unas palabras. De principio a fin se mostró esquivo y mostró unas condiciones físicas de hierro, pese a su edad. Pasadas 10 horas de espera, un tercio de leche fue su comida y en todo este tiempo no sintió urgencia de ir al baño ni de tomar agua.
Alejados de los trámites que deben cumplir quienes los visitan conviven 5, 605 reos alojados en La Joya y La Joyita. Miles de dólares se mueven entre barrotes y hacinamiento.
El sistema favorece el desarrollo de otras actividades lucrativas que se asientan en quioscos.
En una visita a La Joyita, Panamá América escuchó lo que es un secreto a voces: Dentro de la cárcel, todo es negocio. Se paga incluso por asuntos intangibles como la seguridad y la comodidad.
No es para menos cuando en espacios para 160 camas, deben dormir hasta 300 personas en un pabellón. Esto incomoda a los reos pero genera una peculiar forma de obtener ingresos. Cuando están "limpios", alquilan lo que ellos denominan cama, por B/. 1.50 diario. Los que quieren más "verdes" juntos inmediatamente, optan por vender su cama hasta por 160 balboas y quedan durmiendo donde puedan, incluso en un rincón.
El hacinamiento parece hacerse más grande cuando hay bolsas con excrementos amontonadas en un rincón, los inodoros se tapan, casi no hay agua, hay gripe, hasta sarna y un bullicio que se va apagando cuando la madrugada lanza su hechizo sobre los párpados de los reos. En el caso de La Joyita, hace poco se resolvió el problema de la falta de agua.
Quien desee visitar a un detenido debe someterse a un riguroso proceso de revisión personal y acceder al registro de los artículos que intente ingresar al centro de reclusión.
Los visitantes asiduos conocen de principio a fin el sistema, pues envuelven la cajeta del jabón de lavar en una bolsa plástica. Cuando esto llega a revisión, se rompe la caja y el contenido se vacía en el plástico transparente. En el caso de la leche en polvo, se le mete un cuchillo o un tenedor y se revuelve. Igual pasa con lo demás.
Que no entre droga ni nada que pueda convertirse en un arma, es la consigna de mujeres y hombres policías que se turnan en esta tarea.
Pero lo que cuidan con tanto celo se derrama a raudales entre las celdas, pues los reos pueden comprar droga y pagan por objetos punzo-cortantes. Por un pedazo de hierro de 6 pulgadas se pagan unos 5 balboas. Pero también se venden seguetas; una de 3 pulgadas cuesta hasta 15 balboas y sirve para que los reos corten los barrotes e incluso hierros de las camas.
El precio no se compara con lo mortal en que puede convertirse el objeto en caso de que ocurra una riña o haya un rival cerca.
En el mercado negro tienen cabida también los celulares. El precio depende de las circunstancias.
Se pagan unos 100 balboas mínimo por la introducción de teléfonos móviles, pero cuando hay requisas y se confisca todo, la situación cambia y la mercancía se sobrevalúa. Desprovistos de comunicación, algunos internos llegan a pagar hasta 200 balboas para que alguien ose nuevamente introducir el celular. Ese alguien tiene contacto con el mundo exterior.
Con voz firme y en tono de disgusto, uno de los detenidos que conversó con el equipo periodístico de este diario, reveló que el celular que le habían confiscado durante una inspección, lo vio semanas después, a través de un noticiario de televisión, en otra celda. Las imágenes mostraban el decomiso de artículos prohibidos. Sencillamente "alguien" que debía entregarlo a las autoridades, se lo vendió a otro reo.
Incluso la droga se compra por cantidad, porque hay ansiosos clientes dispuestos a vender hasta los pantalones con tal de pagar el vicio.
Como en todos los casos, hay manos fantasmas dispuestas siempre a recibir hasta B/. 30.00 por la entrega de marihuana y cocaína para los reos. No son todos los que consumen, pero sí muchos, conoció este diario.
Los internos coinciden en que quienes permiten todas las actividades ilegales son funcionarios del sistema penitenciario.
En los pabellones de dos pisos se amarra la mercancía y el que está arriba hala la cuerda. La ilícita mercancía se mueve a través de "elevadores" improvisados.
Por los pases de cocaína se paga 1.00, pero la droga se mueve a gran escala, pues hay paquetes que cuestan B/. 200.00. Quien la recibe la revende.
En el enmarañado mundo carcelario la libertad ilegal también tiene precio. Un detenido explicó que manos misteriosas queman los focos y los ojos que deben vigilar, miran para otro lado, cuando hay fugas. Se cobran unos mil balboas mínimo por facilitar esta acción, pero el costo aumenta proporcionalmente al grado de peligrosidad de la persona, o a la magnitud del delito por el que pagaba pena el fugado.
El ministro de Gobierno, Héctor Alemán, dijo que es consciente de que la corrupción puede penetrar fácilmente en el sistema carcelario porque los que están dentro son delincuentes.
El decomiso de drogas, armas y celulares en las cárceles La Joya y la Joyita es, según el ministro, "prueba de que los custodios y los policías están inmersos en el problema". Asegura que se realiza una investigación y prometió que quien resulte responsable "la tendrá que pagar".
Mañana: Los propios detenidos aplican su "ley de reclasificación", la que incluye matar dentro de las cárceles. Todo ocurre en medio de gusanos en la comida y nulas oportunidades de resocialización.
"En las cárceles, los custodios y los policías le hacen favores a los reos. Eso pasa y hay reos con celulares, drogas y estas cosas siempre van a pasar. Pero lo castigamos inmediatamente", afirmó el ministro de Gobierno, Héctor Alemán.