Nación

Mataderos clandestinos en San Miguelito


La proliferación de mataderos clandestinos de carne de res y cerdo por parte de personas inescrupulosas, en el distrito de San Miguelito, especialmente en la comunidad de Calzada Larga (Chilibre), denunció ayer el director de la Región de Salud de San Miguelito, Manuel Lobo.
Hizo un llamado a la comunidad para que sea más exigente a la hora de consumir productos cárnicos, ya que quien se dedica a esto, realiza la matanza de los animales de noche o los fines de semana para burlar los requisitos de las autoridades de Salud.
"Nosotros como Región de Salud, estamos haciendo ingentes esfuerzos para combatir esta situación, pero las personas deben realizar las denuncias", añadió. Apuntó que el sacrificio de animales para consumo humano está regulado por el artículo 76 del Código Sanitario y el Decreto No. 333 de 12 de agosto de 1997 y el 223 del 5 de septiembre de 1999.
"Todos establecen que las actividades de sacrificio de animales para consumo humano deben ser hechas en mataderos inspeccionados por el Ministerio de Salud", recalcó.
Precisó que en los mataderos debidamente establecidos hay personal de Salud que realiza pruebas a los animales para garantizar que no representen ningún peligro a la población.
La primera prueba fue bastante suave. Subieron dos chicas a la tarima y a ritmo de reggae movían su cintura rodeada de una " ula ula". El juego sonará bastante infantil, pero el chiste es que, además de no dejar caer el aro, debían moverse sensualmente. Al final ninguna de las dos recibió grandes premios, solo querían el aplauso de las demás chicas por su valentía y ser reconocidas el resto de la noche. Sin embargo, al transcurrir las horas, las pruebas entraron en calor y las cosas se pusieron más candentes.
Cuatro mujeres subieron al ruedo y tras tomar varios tragos de tequila empezaron a quitarle la ropa a los llamados "nenes". El juego terminó cuando los chicos quedaron en ropa interior. Las mujeres en el público gritaban al borde de la excitación para que el desorden continuara.
La dama del equipo periodístico de El Panamá América que entró esa noche a la disco también gritó. Debía hacerlo si quería pasar inadvertida. Se encontró con varias amigas que hacía mucho tiempo no veía. Todas tratando de buscar un lugar privilegiado para no perder los detalles.
Las chicas hacían comentarios sobre el tamaño del pene de los hombres que formaban parte del relajo y todas las conversaciones eran centradas en temas sexuales.
Cuando parecía que el "show" había terminado, seis mujeres se subieron a la tarima y como si fuera una guerra de sexos, tres de ellas rodearon a un solo hombre para bailarle como mejor les parecía.
Una de ellas quedó sin sostén y a la otra se le subió la falda, a tal punto, que todos en el lugar supieron de qué color era su ropa íntima. El chico con quien jugaban se tiró al piso y empezó a hacer movimientos que emulaban poses sexuales. Su ritmo pélvico agitó a la multitud y la música se detuvo para calmar a las muchachas. Esto coronó el destape.
Pero ahí no acabó todo. Las luces se apagaron y unos 10 chicos se colocaron al pie del escenario, momento que fue aprovechado por las enérgicas jóvenes para extender sus brazos y tocarles el miembro. Ellos parecían gozar de ese momento y uno de los jóvenes se tiró en medio del público para ser tocado a plenitud.
Otro tenía entre sus piernas la cabeza de una chica que fingía tener sexo oral, mientras que un tercero, de tez oscura, calvo a propósito, y con músculos bien pronunciados se bajó los pantalones y enseñó sus protuberantes glúteos.
Después de las 11:00 de la noche les permitieron la entrada a los hombres que no tenían acceso al espectáculo de nudismo. Para estas horas las mujeres estaban pasadas de tragos, en busca de cualquier joven que saciara la excitación que habían alcanzado.
Después de pasar semejante expresión de libertinaje, las chicas fueron "premiadas" por su elocuente participación. Los premios no son difíciles de recordar. Eran pocos e insignificantes. Regalaron botellas de ron, certificados de regalo para ponerse "piercing" y cremas para la piel.
¿Cobran los "nenes" por animar a las féminas? Aunque parezca increíble, no cobran ni un centésimo por sus semidesnudos y viven, como cualquier bohemio, de la aceptación de las clientes que a diario se transforman en sus pretendientes o hasta en acompañantes de noche.
Si no reciben jugosos premios, ni es una obligación participar de los juegos, ¿por qué hacer casi el ridículo frente a tantos extraños? A simple vista se notó que todos estaban en busca de popularidad.
Las chicas quieren ser conocidas por cuanta persona frecuente las discotecas. Pararse en una esquina y que más de cinco personas las saluden, les da cierto estatus.
"Los nenes" por su parte, son admirados como hombres atractivos por las mujeres que frecuentan la disco. Siempre salen con alguien colgado del brazo y al día siguiente, borrón y cuenta nueva.
Sus vidas son iguales a las de cualquier joven. Asisten a la universidad y manejan un modesto auto, con la diferencia de que una vez se suben al escenario comienza un papel de artistas a punto de caer en "stripers".
Es la 1:45 de la madrugada y el ambiente no es diferente al de otros sitios de diversión: música estridente, luces de colores intermitentes, un humo invasor que llega a los pulmones desde la primera inhalación y cuerpos humanos que se contornean al son de los diferentes ritmos musicales.
De repente, cesan las luces "flasheantes" y se encienden los focos claros. Un tipo sube a la tarima y con su habitual "grito de guerra" saluda a los presentes y les indica que los más caliente de la noche está por comenzar.
De la pista de baile, las barras del bar y de las sillas o taburetes, una estampida humana se abalanza con rumbo a la tarima y se coloca frente a ella con el afán de lograr el mejor lugar que le permita observar cada detalle del espectáculo.
Tres parejas de jóvenes suben al estrado invitados por el animador y una vez se dictan las instrucciones empieza el destape: los actores de la noche inician el juego con movimientos pélvicos, gemidos casi orgásmicos, caricias que invaden las partes más íntimas de la anatomía y, en los casos extremos, desvistes que pueden dejar al más osado solo con su ropa interior, si no es que desnudo.
Son las nuevas noches de diversión en Panamá, cada vez más comunes en las distintas discotecas del país y que tienen como protagonistas no a actores o desnudistas, sino a jóvenes comunes que por el afán de ganarse una jarra de cerveza, una botella de licor o, en el mejor de los casos, una estadía en un hotel playero del país o del exterior, son capaces de quedar "en pelotas" frente a cientos de personas.
Estos espectáculos son cada vez más frecuentes y pueden lograr que un lunes o martes de disco, parezca fin de semana coincidente con pago de la quincena.
¿Pero qué es lo más curioso de estos "shows"? Que están dirigidos en la mayoría de los casos para las chicas, por lo que no es de extrañar que sean éstas quienes de lunes a lunes abarroten las discotecas.
Según lo observado por El Panamá América, cuando el espectáculo es para hombres y mujeres, los juegos suelen ser más amplios y no se concentran únicamente en aspectos eróticos. Pruebas de resistencia entre géneros, mediante bebedera de cervezas o tragos, y competencias de bailes al ritmo del disco de moda, son sólo algunos de los juegos en los que intervienen los más osados de la noche.
No es lo mismo ir a una discoteca a bailar que ver a los demás bailando. Y en ese proceso de observación se confirmó un detalle que viene dándose con mucha frecuencia: A diferencia de tiempos pasados, cuando las personas llegaban a un lugar de diversión y bailaban toda la noche, ahora ¡la gente no va a la "disco" a bailar, sino a ver!
En los casos más optimistas pareciera que el placer de la danza, que en el pasado era disfrutado conjuntamente por el hombre y la mujer, se ha convertido en un desafío de sexos donde cada uno hace gala, por separado, de sus mejores dotes.
Por ello, no fue nada extraño observar en las discotecas a las chicas de un lado de la pista bailando entre ellas, y del otro a los muchachos tirando sus pasos y coreando la canción. No faltaron las parejas, siempre del mismo género, que en medio de la pista bailan entre sí haciendo denotar que una pieza de baile puede ser disfrutada tanto de manera individual o colectiva.
Aún así, las discotecas, dependiendo de sus respectivos ambientes, no pierden el encanto que siempre las ha caracterizado como sitios por excelencia para hacer ligues de pareja. Y la atenuante de esta época es que el galanteo no se circunscribe a la tradicional búsqueda, por parte de los hombres, de mujeres solitarias y solícitas.
Porque a diferencia de tiempos pasados, ahora son las mujeres quienes toman la iniciativa al momento de "levantarse" al chico que es de su agrado. Esto, utilizando frases como "sácame a bailar" o el "déjame pedir tu trago". Por supuesto que estas actitudes no incomodan para nada a los miembros del llamado sexo fuerte.
Verificar si se da o no la venta y consumo de drogas en las discotecas panameñas fue otro de los objetivos del equipo de periodistas de El Panamá América. Por ello, el trabajo también incluyó una amplia observación dentro de los locales visitados para ver si el ilícito se está cometiendo.
De acuerdo con lo observado, muchas discotecas han aplicado medidas para prevenir que sus locales sean utilizados para la venta de estupefacientes. Ello a raíz de que las autoridades policiales han arreciado con operativos de infiltrados para determinar si se da la anomalía y si ésta es aupada por los propietarios del negocio.
Los baños casi siempre están escoltados por agentes de seguridad, los que no sólo evitarían la posible compra-venta de narcóticos, sino que también evitan que las parejas utilicen los baños como cubículos románticos.
Aún así, hay quienes aseguran que en ciertos casos los miembros de la seguridad actúan en contubernio con los vendedores de droga para facilitarles la tarea. Durante los días de observación y en los sitios visitados no se pudo determinar si esto es así.
Era temprano, las 10:00 de la noche y aún no empezaba "la tanda de la ponchera", que en la jerga discotequera se traduce en reggae o "plena". Los ánimos aún no se encendían y la calma reinaba al compás de una que otra salsa y merengue.
Los minutos transcurrían y poco a poco las mesas, curiosamente identificadas con un visible letrero de gran tamaño con la denominación de "reservada", empezaban a escasear, a pesar de que la condición para ocuparlas es la compra de una botella de licor y que para aquellos días, la quincena sonaba distante... lejana. La fecha: un jueves 10 de octubre.
Una visita por un sitio que parece llevar implícito el sello de "sala de reuniones"; el baño de damas, permitió presenciar una conversación que atrajo a cada una de las que entró en ese momento. Cada cual tenía su punto de vista.
"Dayra", de 22 años, como decidimos llamarla de manera ficticia, propició el tema. Mientras se miraba al espejo, presionaba sus senos, uno contra el otro con el consentimiento de la abertura de su blusa que lo sugería sin recato, al tiempo que decía en voz alta: "a veces pienso que tengo muchas, creo que me las debería operar... ¿ustedes qué creen?"...
"No, ni se te ocurra", respondió pronto una vendedora de cajetillas de chicle, estratégicamente ubicada en su silla, a un lado del lavamanos y de una canasta de "propinas". "¿Tú no sabes cuántas quisieran tenerlas así?".
Le siguieron varias jóvenes que entraban por un retoque del labial, después de varios sorbos del trago de su predilección o para verificar que cada cabello estuviera en su sitio. Impecable y regia, ese es el truco.
La noche avanzaba y pasada las 12:00 se hizo el anuncio: "el show está por empezar". Una primera ronda de "shot" de tequila para medir fuerzas, reunió a tres muchachos frente a una mesa en una tarima rodeada de un público considerable, aunque resultó imposible obtener la taquilla a pesar de múltiples esfuerzos. La prueba consistía en calificar su rapidez. Un empate produjo otra ronda. Esta vez fueron tres, pero la situación se repitió. No había jurados. La decisión de quién resultara ganador recayó en los aplausos y gritos de la audiencia que ahora pedía otra vuelta. Finalmente uno se alza con la victoria y se lleva a la mesa una botella de whisky, que esa noche se vendía en B/. 30.00
Ahora les tocaba a ellas. La selección de las participantes era voluntaria, igual que la anterior, pero tardó un poco más. Sólo una subió al instante, "Dayra".
"Que suba, que suba", repetían a coro un grupo de amigos instando a una, pero ella se negó. En medio de la insistencia, otra concursante se enlistó en la aventura.
"Una, dos, tres" y el tequila empezó a correr por sus gargantas. "Dayra" y otra joven se convierten en finalistas, pero empatan a cuatro tragos.
Sus rostros se compungían, sin embargo, levantaban sus brazos indicando: "que siga la cosa". A la segunda etapa se bebieron cuatro tragos más y nada.
El animador del certamen decide entonces que la decisión salomónica se daría según el contorneo de las curvas de "Dayra y su rival", al ritmo de "pica, pa" que piques".
La voluptuosa chica, de cabello rizado a media espalda, que no le teme al licor, demostró que, además de libar, sabía bailar. Sólo bastó la pregunta del animador "ésta o ésta", con sus manos sobre la cabeza de ambas, para que en coro se escuchara "Dayra, Dayra".
Curiosamente el anfitrión del evento se atrevió a preguntarle a la protagonista de nuestra historia, previo al inicio de la reñida competencia: "¿tú mamá sabe que estás aquí?" y ella, muy segura respondió: "sí... claro".
Después de su ardua tarea frente a la barra improvisada, "Daira" no perdió un segundo para moverse incesante en la pista, merengue tras merengue, en una "tanda retro" como la denominó el "dj".
No obstante, uno de los tres participantes que antecedieron al evento de las damas, no corrió la misma suerte. Sentado en una mesa colindante a la pista, luchaba en el borde de una silla por no irse al piso, en el que ya se dejaban ver las primeras muestras de los estragos del alcohol que había salido del estómago por su boca.
Sus amigos luchaban porque no se cayera, pero cada vez la lucha se tornaba más titánica. Al punto que poco después no les quedó más remedio que retirarse de la disco.
Un miembro del equipo de este medio logró infiltrarse en un grupo de jóvenes que tenía planeado divertirse en una de las discotecas.
Un contacto sirvió de puente para llegar al grupo. Una vez en él, se detectó que sus miembros pretendían "entonarse" antes de entrar a la disco, pues allí es difícil introducir droga, debido a que se sabe que hay agentes infiltrados en estos centros, además de que cada cliente es revisado al entrar.
La residencia de uno de los muchachos sirvió de escenario para la "entrada en calor".
De manera indolente, uno de ellos sacó un paquete con marihuana y procedió a confeccionar los cigarrillos de esta droga. Sin más, él y sus amigos la fumaron con placer.
Ese momento fue aprovechado para, sigilosamente, fotografiar la acción con una diminuta cámara digital. Una vez cumplido su cometido, el grupo se dirigió a la discoteca.
Detrás de un ritmo pegajoso, el humo y una noche de fantasía en una discoteca, podría estar el peligro latente. Los jóvenes que hoy día asisten a estos centros nocturnos del país, en lo que menos piensan es que podrían corren un gran peligro, por lo menos en las que pudo visitar El Panamá América.
Y es que la diversión que buscan los jóvenes hoy día debe ir acompañada con la seguridad que garantice la integridad personal en caso de desastre, incendios u otro evento que pueda causar el pánico entre las personas.
Por ejemplo, en el caso de las cuatro visitadas por este medio, sólo una tiene dos puertas, mientras que tres cuentan con una puerta, de dimensiones muy estrechas para la cantidad de gente que las frecuenta. Y lo que es peor: En dos de ellas se accede a sus instalaciones por un estrecho pasillo, y en otra es necesario subir dos pisos por estrechas escaleras.
De llegar a ocurrir algún tipo de emergencia en un local como éstos, habría pánico, y las personas que allí se encuentren embriagadas y en una semi oscuridad no podrían evacuar el local a tiempo.
Generalmente, según pudo constatar este medio, los concurrentes a estos centros de diversión no tienen presente el factor seguridad. Sólo les interesa la diversión y el desenfreno.
Una irregularidad latente dentro de una de las discotecas fue la presencia de tanques de gas para la venta de tacos, a un costado de la pista, sin tener las medidas de seguridad como los extintores.
Unicamente una de ellas tiene un extintor de incendios visible, pese a que en el local en que menos clientes se observó había unas 200 personas. El que presentaba mayor número de clientes era visitado por unas 500 personas.
Por otro lado, internamente existen agentes de seguridad privados que laboran para las discotecas, y esporádicamente se aparecen policías de menores a primeras horas de la madrugada para hacer sus rondas.
Un agente de seguridad de una de las discotecas, que prefirió permanecer en el anonimato, informó que "sí asisten menores de edad a las discotecas", pero por lo general "la competencia", es decir, propietarios de otras discotecas cercanas, denuncian la situación a la policía mediante una simple llamada telefónica.
Según la seguridad de este establecimiento, a pesar de que se solicita la cédula en la entrada, los menores de edad que conocen y tienen algún tipo de confianza en el lugar pueden ingresar, especialmente a los denominados "saraos" universitarios de los viernes.
Una de las noches de la investigación periodística, la Policía de Menores ingresó a una discoteca pasada la media noche, pero no encontró menores de edad, por lo menos dentro del local. Sin embargo, en los alrededores del establecimiento, la policía detuvo a una menor.


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110564
Fecha y hora de publicación

101 años de Panamá América

 
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