Nación

Metrobús: ‘reencarnación’ del viejo mal del transporte

Contrario a lo que miles de usuarios esperaban, el nuevo sistema de transporte público en la capital mantiene a miles de trabajadores estresados. Para algunos ha sido lo mejor por el hecho de que ahorran tiempo en trasbordos; para otros, abordarlos resulta peor que ir en los “diablos rojos”.


José Alberto Chacón (jose.chacon@epasa.com) / PANAMA AMERICA

El ultimátum

  • Metrobús sigue causando problemas. Favor, pónganse las pilas que este es un monopolio muy caro.
  • Ricardo Martinelli - Presidente de Panamá

A una semana de cumplirse la polémica expulsión de los “diablos rojos” del sistema de transporte público, sus espíritus parecen “haberse apoderado del metrobús”, aseguran sus usuarios.

Y es que desde el pasado viernes, día del juicio final de esos latones importados, las personas que a diario utilizan las nuevas unidades viven el mismo calvario para llegar a sus trabajos... Al retorno, cargan la misma cruz.

 

Madruga el estrés

5:03 a.m., ni más ni menos, toca madrugar; pero el esfuerzo parece vano para la procesión de gente que espera de pie un vehículo blanco en la convulsionada parada de El Machetazo, en San Miguelito.

Los rostros impacientes de la espera parecen haber dejado muchas horas de sueño en las sábanas. Pero no es lo único porque se nota que otros olvidaron la paciencia y la cortesía. Eso no va en las carteras de las mujeres ni dentro de las mochilas de los estudiantes y mucho menos entre los maletines de marcas deportivas de los obreros.

 

Lo único que cuenta es empujar, codear, rofiar y hasta manotear para poder abordar un metrobús. No interesa la ruta; lo primordial, con tal de llegar al destino un poco menos tarde que el día anterior, es subirse a lo que muchos han bautizado como la “reencarnación de los diablos rojos”. “Sí, montar un colectivo no resulta nada agradable para el agresivo genio que por estos días se ha metido en el carácter de los panameños”, dice el sociólogo Carlos Smith.

A las 6:00 a.m., la parada, que mordió gran parte la fachada del supermercado antes mencionado, es un hormiguero. Gente perdida va y viene, corre, golpea las puertas y ventanas traslúcidas de los nuevos buses.

Los hombres que logran montarse a punta de puño y de patadas, y primero que cualquier mujer, pueden fácilmente perder su cartera en el afán. En la misma acción, una chica embutida en un traje azul perdió un tacón en la batalla campal que se formó alrededor de la puerta de ingreso de un bus el día de esta asignación.

 

Los que ignoran los metrobuses tampoco la tienen fácil con los taxistas (legales o piratas), que prefieren no desviarse de la Transístmica haciendo la salvedad: “Se cobra un dólar más de lo que cuesta la carrera”, dijeron los dueños del volante selectivo. “Esto sí es el infierno, antes no pasaba tanto páramo para llegar a mi trabajo con los ‘diablos rojos’, ahora mi jefa me pide que me quede hasta las 7:00 de la noche”, contó Rosa González, una empleada de familia que debe viajar desde Veranillo hasta Paitilla.

Entretanto, dos agentes del tránsito tratan de apaciguar el inquieto tráfico, pero ningún peatón hace caso a las unidades, a las bocinas de los autos y mucho menos a los semáforos que parpadean sin control.

A bordo del caos

 

A más de una hora de estar observando el movimiento, llega el momento de montarse a nuestro equipo. Son las 7:00 a.m., la marea de pueblo ha disminuido y el sol ha escurrido de las calles los charcos que se habían pegado al hombro de la vía. Pero antes del crepúsculo, chorros de esas mismas zanjas se aferraban a las piernas de la gente, el salpicón provocado por los demás autos que pasaban, ¡splash!

Avistado el bus, Panamá América entra. Delante de él una mujer de la tercera edad le reclama furiosa al chofer: “Todos son iguales, no respetan a nadie”. El conductor la mira, pero no expulsa palabra alguna.

Una vez arriba no hay puestos y el espacio en el pasillo es nulo. El frío logra abrigar el mal ánimo de unos, pero enciende la cólera de otros. “Esta vaina es un congelador... Ey, chof, bájale la temperatura, loco”, se oye de una voz extranjera que imita la jerga panameña.

La mañana avanza, ya muchas personas están en sus trabajos y los estudiantes en las aulas; pero eso no hace que dentro del transporte el viaje sea placentero. Hay descontento y frustración...

Mirna, que se subió en El Ingenio, va tarde, como la mayoría. Aunque no pudo desayunar, decide abrir un pequeño cartucho. De esa envoltura plástica azulada se escapa el impertinente olor de la carimañola y otras frituras. Entonces, el aroma ocupa todos los puestos y el pasillo es otro pasajero más que se une a las fragancias llamativas de algunas damas que con sus ojos les dicen a los jóvenes universitarios que les den el puesto. “Tampoco se montaron los caballeros”, aludió una.

El trapo de consuelo, o más bien de fogón, parece ser el transportista; sí, el del volante, que no se inmuta a rebotar su vista por el retrovisor. “Se pasan las paradas porque no se quitan los audífonos, se hacen los ahue...”, expresó un hombre, que molestaba a varios por el incansable trinar de su celular, el de un smarphone.

El viaje prosiguió por Calidonia sin mayor trauma, y más porque el bus evacuó gente. Este diario consiguió una butaca, de hecho había muchas, contrario a la escena del abordaje en San Miguelito.

Albrook tampoco mostraba molestias porque todos trabajan a esa hora. Sin embargo, la pesadilla parece recobrar sus sentidos apenas el bus pisa la Plaza 5 de Mayo. Allí vuelve a alborotarse el hormiguero, ya nadie habla del incendio en Patacón porque el ánimo de todos ha vuelto a prenderse.


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Fecha y hora de publicación

101 años de Panamá América

 
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