Nación

Pidió café y le dieron agua


El hombre que una vez fue diagnosticado médicamente como "paciente con problemas para conciliar el sueño", dormía plácidamente en el segundo día de audiencia del juicio que decidiría sus próximos días, al menos eso parecía.
Mientras los minutos de las primeras horas de la mañana transcurrían, Marco Antonio Manjarrez, confeso autor del asesinato de monseñor Jorge Isaac Altafulla, prefería no abrir los ojos. Sus manos daban signos de que estaba despierto. Las mantenía juntas, hasta donde se lo permitían las esposas y sobre una Biblia.
El abrigo caqui que lo ha acompañado desde aquel 19 de mayo de 2002, cuando cometió el crimen, seguía con él. Una camisa blanca de mangas largas, pantalón gris, medias y zapatos negros eran el complemento.
No se movía. Su cabeza estaba recostada a la pared crema de la sala de audiencias del Segundo Tribunal. La silla dispuesta para el joven de 35 años cumplidos el pasado 4 de marzo, de tez negra y sus más de 6 pies de estatura, lucía pequeña, pero ahí estaba.
A su lado un policía y a un costado la defensa. A su hermana, sin embargo, la zozobra la angustiaba. Movía su pie derecho una y otra vez, más aún cuando se daban detalles del crimen.
Avanzaban los minutos. Al propio policía se le hacía difícil creer que a Marco Antonio Manjarrez, la cara más vista en los medios de comunicación en las últimas horas, no lo inquietara nada, absolutamente nada. Lo contempló, miraba su rostro como esperando algún gesto, cuando de pronto fue sorprendido: despertó.
Sus ojos estaban rojizos y sus primeras palabras, luego de llevarse las manos a la garganta fueron: "café, quiero café".
No recibió respuesta. Para entonces la lectura de una de las hojas del expediente o las llamadas piezas procesales, era más importante.
"La persona detrás de la sotana era muy despectiva", se indicaba en uno de los puntos del expediente. Estas palabras las pronunció Manjarrez en una de sus tantas declaraciones desde el 22 de mayo de 2002, cuando acudió por primera vez a una de estas diligencias.
"Cuando regresé a la Iglesia Guadalupe (lugar donde ocurrió el asesinato) tuve miedo de confesar porque la gente que estaba allí me iba a querer linchar", añade.
Manjarrez, nacido en la ciudad de Colón en 1969, describió a un sacerdote de trato hostil, al menos con él, un "hombre que era tratable sólo con los de nivel socioeconómico alto".
Más adelante le tocaría el turno. Médicos y psicólogos coincidieron en su momento en que el asesino confeso "exagera sus necesidades de que le demuestren afecto, se conduce de manera errática, presenta complejos por su color de piel y su comportamiento es excéntrico".
No obstante, a pesar de los descargos, Marco Antonio estaba en lo suyo: "café" y miró a su hermana sentada junto a su concuñada en la primera fila a mano izquierda en la sala.
A su pedido recibió un vaso de agua de la jarra que se encontraba en la mesa de la defensa a cargo del abogado Rafael Rodríguez.
Manjarrez fue abusado sexualmente a los 5 años por un vecino, cuando vivían en Colón. Su madre manifestó desconocerlo, consta en uno de los tomos de cerca de nueve que deben ser leídos durante el proceso.
Años después la experiencia se repitió, ahora en manos de un hermano con el que dijo no llevarse bien.
Lo intentó por tercera vez. "Me molesta mucho la garganta, me duele", dijo a la abogada en tono moderado. Fue ese el único instante, luego de lo ocurrido a tempranas horas cuando lloró desconsolado, que se alteró.
Finalmente fue atendido. Agua tibia, pues después de dos horas y media de audiencia era poco probable que estuviera fría.
No insistió y decidió meditar. Con un gesto de desconsuelo llevó nuevamente sus manos al rostro, agachó la cabeza y volvió a cerrar los ojos.


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Fecha y hora de publicación

101 años de Panamá América

 
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