Los documentos que fueron suscritos por la directora ejecutiva de la Fundación MarViva, Gabriela Etchelecu y el director del Centro Regional Universitario de Veraguas, César García, establecen la organización de eventos científicos y académicos para el desarrollo humano sostenible, la educación ambiental, la protección de los recursos marinos costeros y el desarrollo de programas y actividades de cooperación técnica y científica.
Igualmente acordaron que MarViva patrocinara la publicación de un libro que será elaborado por la Universidad de Panamá.
Contará con información sobre peces, crustáceos y moluscos así como un capítulo de arrecifes de coral.
Tratará temas sobre ecología, alimentación, reproducción y taxonomía producto de investigaciones realizada en el Parque Coiba y el Golfo de Montijo.
A los productores nacionales les cuesta mucho invertir en sus tierras para obtener el producto anhelado.
"Y tú Jorge (el más joven), también volverías a cometer el mismo delito cuando sales?".. Sonrío, bajó la cabeza y no respondió.
Una mirada a las celdas que compartieron miles de presos, hoy, a pesar de los años, no deja de ser desoladora. Se respira y se ve la decepción, la tristeza y el deseo de volver junto a los seres queridos que en aquel entonces ocupaba sus días.
En aquellas paredes observamos desde un calendario en el que uno de los detenidos contaba los días que le faltaban para dejar la cárcel hasta a una curvilínea mujer casi desnuda en un recorte de revista.
En la capilla, mensajes bíblicos reposan todavía en el piso. Las hojas de libros de las iglesias católicas o evangélicas están esparcidas por el lugar y el tiempo ya empieza a hacer de las suyas.
Más adelante y tras atravesar un pequeño puente, el local utilizado como panadería permanece abierto.
En Coiba se cosechaba arroz, tenían lechería, un molino y otros tantos productos para el consumo de los internos.
Durante nuestro recorrido no faltó quien atinadamente sugiriera que se tomen medidas pronto antes de que sea demasiado tarde. Solo quedan ruinas de la otrora penitenciaria.
En 1918, el Estado adquirió este territorio y lo convirtió en isla penal. Se establecieron decenas de campamentos para miles de delincuentes.
Expertos ecologistas coinciden en que precisamente la cárcel se convirtió en una barrera artificial de protección, puesto que la fama de sus "huéspedes" y la vigilancia existente, mantuvo al resto de la población al margen.