El proyecto cuenta con una resolución de la Junta Técnica en donde se establece que a través de este programa los detenidos podrían obtener una conmutación de pena por buena conducta. Cada uno de los presos seleccionados debían ser detenidos primarios, es decir, haber cometido un solo delito .
De acuerdo con Severo Batista, encargado del Sistema Penitenciario en Veraguas, la estadía de los privados de libertad en el Parque Nacional Coiba, terminará en mes y medio, ya que fueron llevados a la isla para construir corrales y reunir entre 3,000 y 4,000 animales entre caballos, vacas y búfalos, trabajo que están a punto de culminar.
Las visitas en Coiba no son parte de la rutina, no son comunes como la marea alta o el sol intenso. Jorge lo sabe mejor que nadie, después de todo le ha tocado vivirlo los últimos 4,380 días.
Siete de ellos sentados en un rancho de penca, justo al lado de las oficinas de la Policía Nacional, observaban con detenimiento al grupo de visitantes.
Se trataba de periodistas de medios locales e internacionales en cuya agenda no podía faltar el Centro Penal de Coiba.
Nada indicaba que esos hombres, unos en hamacas y otros en sillones improvisados, eran los presos, pero la curiosidad nos obligaba a salir de dudas.
Aquella empezó por ser la más difícil de las entrevistas. Una de esas en que el entrevistado, si responde, lo hace para salir del paso con un escueto: "sí" o "no".
Luego de unos minutos, fue Jorge quien partió por delante y aceptó conversar. Se mostró gentil y excusó a sus compañeros diciendo que en Coiba: "no vemos gente a menudo y mucho menos mujeres.. ellos tienen pena".
La elocuencia de Jorge dio resultados positivos en los demás. Uno a uno fueron contestando y el temor quedó de lado.
Precisamente eran los "Jorge" a los que no se les hacía complicado entablar un diálogo. Y es que un segundo Jorge, más joven, de 32 años, acostado en una hamaca y con un libro en mano, contó después su historia.
Este Jorge está condenado a 40 meses, de los que ha cumplido seis. Fue el autor intelectual de un robo en el 2003. Es electricista graduado en Santiago de Veraguas.
Los dos Jorge son socios. Hacen collares y manualidades que venden a los turistas y visitantes. El producto de ese trabajo lo tenían guardado en la "Casa Blanca", que no es más que una residencia de madera en la que antes habitaban los directores de la cárcel y que hoy ocupa Jorge (el más joven) y otros presos.
No tardaron en invitarnos a ver lo que hacen con sus manos y que aprendieron con el tiempo y la dedicación. Estaban temerosos de si aceptaríamos porque significaba alejarnos del grupo de colegas.
"¿No tiene que pedir permiso?", preguntó uno de ellos, sin embargo, la conversación previa con ellos, la compañía del fotógrafo y los policías no daban lugar para temores o desconfianzas, simplemente queríamos conocer qué hacían ambos en sus ratos de ocio.
Se trataba de verdaderas obras de arte. A la "Casa Blanca" nos acompañó "Balín", el perro de Jorge el mayor.
Cuando este lugar era aún un centro penal, cada detenido tenía hasta dos y tres perros. Llegaron a ser 3,000 los presos, por lo que todavía no se ha desalojado a la totalidad de los canes de la isla. "Hay muchos por el monte", nos dijeron.
Balín es lo poco que le queda a estos dos hombres que no sólo comparten el mismo nombre, sino también el mismo destino.
"Y tú Jorge (el más joven), también volverías a cometer el mismo delito cuando sales?".. Sonrío, bajó la cabeza y no respondió.
Una mirada a las celdas que compartieron miles de presos, hoy, a pesar de los años, no deja de ser desoladora. Se respira y se ve la decepción, la tristeza y el deseo de volver junto a los seres queridos que en aquel entonces ocupaba sus días.
En aquellas paredes observamos desde un calendario en el que uno de los detenidos contaba los días que le faltaban para dejar la cárcel hasta a una curvilínea mujer casi desnuda en un recorte de revista.
En la capilla, mensajes bíblicos reposan todavía en el piso. Las hojas de libros de las iglesias católicas o evangélicas están esparcidas por el lugar y el tiempo ya empieza a hacer de las suyas.
Más adelante y tras atravesar un pequeño puente, el local utilizado como panadería permanece abierto.
En Coiba se cosechaba arroz, tenían lechería, un molino y otros tantos productos para el consumo de los internos.
Durante nuestro recorrido no faltó quien atinadamente sugiriera que se tomen medidas pronto antes de que sea demasiado tarde. Solo quedan ruinas de la otrora penitenciaria.
En 1918, el Estado adquirió este territorio y lo convirtió en isla penal. Se establecieron decenas de campamentos para miles de delincuentes.
Expertos ecologistas coinciden en que precisamente la cárcel se convirtió en una barrera artificial de protección, puesto que la fama de sus "huéspedes" y la vigilancia existente, mantuvo al resto de la población al margen.