Su nombre acaparó la atención de los medios de comunicación cada día de la semana pasada. El asesino confeso de monseñor Jorge Altafulla, Marco Antonio Manjarrez era sentado en el banquillo de los acusados después de dos años del homicidio.
Un hombre joven, 35 años de edad, "con personalidad cambiante, que exagera sus necesidades de que le demuestren afecto, se conduce de manera errática y excéntrica", según lo han descrito los especialistas.
Proveniente de un "grupo familiar disfuncional", Manjarrez creció en un hogar ausente de la figura paterna, a lo que se suma la actitud acomplejada por el color negro de su piel.
El Panamá América presenta la radiografía de un ex seminarista que no quiso olvidar. Luego de su expulsión del Seminario Mayor San José, a manos de Altafulla, empuñó el arma y lo asesinó de 14 puñaladas. Manjarrez espera ahora la decisión de un jurado de conciencia. Más en A3
Eran los últimos años de la década del "60. Panamá ardía producto de un golpe militar que daba al traste con la presidencia de Arnulfo Arias Madrid. En la Iglesia Católica, Monseñor Clavel renunciaba y las razones políticas parecían no escapar al asunto.
Justo entonces nacía en Colón un nuevo hijo de la comunidad cristiana, el asesino confeso del prelado Jorge Altafulla.
Marco Antonio Manjarrez Davis, como decidió llamarle su madre Winifred Elena al penúltimo de seis hermanos, uno de los cuales falleció víctima del SIDA.
Pasarían 33 años para que los católicos volvieran a agitarse, pero esta vez la política no tuvo parte. El 19 de mayo de 2002, la sangre del sacerdote de la Iglesia Virgen de Guadalupe corrió por el piso. Un joven que desde niño soñó con oficiar misas era el responsable de que la eucaristía de aquel domingo se suspendiera.
Los años de infancia vividos en la Calle 10 de la Costa Atlántica se traducirían luego, sin que para entonces siquiera él lo sospechara, en las primeras páginas de un libro que probablemente escriba en las oscuras celdas de una cárcel.
"No tuve relación con mi papá", dijo claramente Marco durante uno de los interrogatorios posterior al crimen. Y así ha sido, Jorge Manjarrez, su progenitor, residía en el sector de Piña en Colón, lejos geográfica y emocionalmente de su hijo,
El, Manjarrez padre, es un sargento jubilado de las antiguas Fuerzas de Defensa. "Es un hombre recto, muy estricto", así se le recuerda en una ciudad cuyo centro urbano son sólo 16 calles.
Los exámenes psiquiátricos que ameritan hechos delictivos como un homicidio hablan de un muchacho que recién el 4 de marzo de este año cumplió 35 años, la totalidad de ellos como parte de "un grupo familiar disfuncional".
Elena, su madre, trabajaba en los Correos Nacionales hasta el día que decidieron mudarse a la Barriada Chanis en la capital. Marco no recuerda desde aquella época la figura de un padre o tal vez la de un padrastro.
Su propia relación tras las paredes del hogar ha sido descrita dramáticamente durante el juicio que inició el lunes 10 de mayo.
Un menor abusado a los 5 años por un vecino, acosado poco después por su propio hermano y una madre que desconocía lo ocurrido.
Precisamente el abogado Rafael Rodríguez, defensa de Manjarrez, ha sostenido la versión de "ausencia de intencionalidad en el homicidio" sobre estos argumentos.
Los especialistas, en tanto, concluyen en "la personalidad posesiva, agresiva, de conducción errática y comportamiento excéntrico" del homicida.
Esas características parecían difíciles de detectar a tan temprana edad. A él le gustaba actuar y bailar, "lo hacía muy bien", manifestó Elena a El Panamá América en muy breves términos.
Entre una y otra actividad Marco no dejaba de lado sus primeros pasos en la iglesia. Perteneció a grupos juveniles y parroquiales en Colón y Panamá.
Lo que ahora, se sabe es que la efusividad de ese chico activo se complementaba con lo que en la lectura de las piezas procesales durante una de las audiencias se llamó "defecto". Manjarrez no soportaba que lo que planeaba no se diera.
Su madre reconoció los drásticos cambios de humor; su abogado, Rodríguez, ha preferido divulgar el pasado de un ex seminarista sin antecedentes violentos, "un joven de buenas calificaciones".
Cuando Marco optó por formalizar su seguimiento a Dios dentro del Seminario Mayor San José no soportó que uno de sus planes no se concretara.
A sólo dos años de enlistarse en el seminario, en 1996, fue expulsado. El rector, Monseñor Altafulla, lo despidió por "conductas impropias" y él no resistió.
Le sobrevino una crisis que le produjo desde mal humor hasta aislamiento. Peor aún, después de su salida del centro Marco intentó suicidarse dos veces.
Manjarrez no perdía las esperanzas de ser cura, aunque ahora el escenario se trasladó a un salón de clases en la Universidad de Panamá, en la Facultad de Derecho. Allá escribió una monografía a la que tituló "El fenómeno social de la discriminación racial en Panamá".
Sucede que a su inestabilidad emocional se sumaba el complejo que provocaba en él, ser de origen negro.
Cada día de audiencia lleva a la palestra pública discusiones de todo tenor, de parte y parte.
En el centro penitenciario La Joya, por ejemplo, donde Manjarrez ha estado detenido desde el 2002, uno de sus compañeros declaró que el acusado mantenía relaciones sexuales con otro interno.
El tema ha seguido latente, al punto que el detenido que testificó en su contra dijo también que el victimario de Altafulla repetía una y otra vez que estaba ansioso de que lo declararan "loco" para así salir libre.
La parte acusadora ha traído a colación la nota en la que el acusado, con el propósito de desviar la atención, escribe: "sucios no toques a mis pela"os". Siendo así, hubo "premeditación", estima.
El trabajo de un psiquiatra forense es probar la imputabilidad de un sindicado basado en una evaluación.
Es esa la función de Alejandro Pérez, quien en el caso de Manjarrez decidió declararse impedido por razones éticas. Marco Antonio fue su alumno en la Facultad de Derecho.
El proceso citado por Pérez está sustentado en el artículo 24 del Código Penal que establece que no es responsable penalmente de un hecho quien en el momento de éste no tuviere la capacidad de comprender la gravedad del acto producto de un trastorno mental.
En 11 años de experiencia a Pérez le tocado oír y ver de todo, por lo que advierte que en aquello de "locura temporal" hay que hilar fino.
Deben estudiarse, en ese caso, consideraciones como las características del delito y si hubo ganancia secundaria, es decir, beneficio material o emocional.
Pérez es cuidadoso, no obstante, dijo claramente que quien escoge la víctima, el momento y la forma de operar "es un individuo que no tiene problemas mentales".
En la carrera médica de Nilda Santamaría, psiquiatra general y subespecialista psiquiatría infantil no ha habido un semana en la que no atienda un caso de abuso sexual a un menor. "Es realmente impresionante", dijo con tono de evidente preocupación a El Panamá América.
Los abusadores actúan premeditadamente, tan es así que la galena describe a sujetos que optan por "tocamientos o coitos no orales ni genitales para no dejar evidencias".
Lo cierto es que las alertas pueden ser dadas "cuando un niño es un buen estudiante y de momento su rendimiento empieza a bajar, igualmente si el niño rechaza lo que antes le producía alegría como salir con determinada persona o tal vez si se resiste a ser acostado para examinarlo o tiene las piernas muy tensas como tratando de proteger sus partes íntimas", es entonces cuando deben tomarse cartas en el asunto e investigar.
Radiografía de un asesino confeso
El proceso no ha concluido, pero Elena la madre de Manjarrez ha preferido irse unos días de la casa, huyendo de los recuerdos y el asedio de los medios de comunicación. Se fue del hogar donde vio crecer a su hijo, un "adolescente bueno que entregué a la Iglesia y mire usted lo que me ha devuelto"...