Hace tres años, el vendedor panameño Nicolás Pérez se encontraba en Colombia realizando unos cobros para su compañía y al hacer un viaje interno, el avión en el que viajaba fue secuestrado. Por ello, pasó 14 meses en la selva colombiana, bajo la permanente vigilancia de los guerrilleros.
Ahora, después de casi dos años de su liberación, continúa fungiendo como vendedor en la Zona Libre. Sin embargo, su vida ha cambiado. "Me siento más unido a mi familia", asegura. También, presta mucha más atención a casos similares, incluso mostró su disposición y la de su esposa para formar una organización que apoye a familias que estén viviendo la terrible experiencia de un secuestro.
Por ello, Pérez y su esposa mantienen contactos con los familiares de Adán González, otro panameño, también cobrador de una empresa de la Zona Libre, que fue secuestrado en Colombia a finales del año 2001 y cuyo paradero aún se desconoce.
Dijo que sobre todo su esposa, Idalia, ha tenido reuniones con la esposa de González, porque ella vivió lo que es el secuestro y lo que es estar yendo y viniendo. "Tenemos un contacto bastante estrecho", aseguró.
Pérez dijo sentirse identificado sentimentalmente a las familias afectadas, porque vivió esa experiencia tan dura, que no puede evitar ponerse en el papel de ese padre y volver a vivir la desesperación ante no saber qué hacer. "¡Dios mío, esa es una situación muy, muy dura!".
En su deseo de reconfortar a estas familias, decidió volver a abordar al tema y relatar su experiencia a El Panamá América. Motivación que también lo ha llevado a considerar la posibilidad de escribir un libro, porque es "necesario que la gente conozca sobre este flagelo, que ya está sucediendo en Panamá". El 12 de abril de 1999, Nicolás Pérez viajaba en un vuelo de Avianca entre las ciudades colombianas de Barrancabermeja y Bogotá, como parte de una de sus últimas gestiones en el vecino país, para posteriormente trasladarse a Panamá.
Eran las 12:40 de aquel día, cuando a escasos dos minutos de vuelo, unos pasajeros de pronto se levantaron bruscamente y ante la mirada atónita de los otros pasajeros sacaron armas de grueso calibre y se identificaron como miembros de las Autodefensas. El avión fue bajado en una pista irregular en medio de la selva, "nos llevaron por una trocha hasta unas panguitas, para trasladarnos hasta otro sitio. Nos montaron en un camión hasta otro lugar, y así nos la pasamos por varios días"".
Pérez y los otros 44 secuestrados fueron conducidos por los irregulares, que posteriormente se identificaron como miembros del Ejército de Liberación Nacional (ELN), hasta el primero de varios campamentos selváticos, donde permanecieron bajo la estricta vigilancia de sus captores y "viviendo una situación de horror, porque pensaba que en cualquier momento nos podían matar".
"Una vez ocurrió el secuestro", relató Pérez, cada uno de los pasajeros fue entrevistado bajo la amenaza de que cualquier información falsa suministrada era "so pena de muerte".
Tres meses después, los guerrilleros repitieron la entrevista. "Un comandante me dijo "Pana" nosotros sabemos quién es usted". Según el comandante, por tratarse de un extranjero, el problema era cómo liberarlo, porque no podía hacerse inmediatamente. "Su caso está en manos del comando central", aclaró.
Ante esto, Pérez sólo atinó a pensar "¡Dios santo!, yo no tengo nada que esconder". A su juicio, sus captores son personas que juegan con los sentimientos de las personas, con el dolor de la familia. "Nosotros no somos seres humanos para la guerrilla, somos un objeto que se usa, más nada". Para el panameño y los otros cinco colombianos secuestrados, el periodo que estuvieron en la selva fue toda una tortura.
Permanecían por cortos períodos de tiempo en improvisados campamentos, cuya ubicación sólo conocían los guerrilleros. Los campamentos estaban conformados por "guindos" o "chozitas", en las que sólo había espacio para colgar las hamacas de los seis secuestrados.
Pero la estancia en los improvisados campamentos generalmente no excedía de los tres meses, pues cada cierto tiempo los guerrilleros trasladaban a los seis secuestrados. Esto implicaba largos recorridos de hasta 12 horas por la espesura, plagada de animales, serpientes y lodosos pantanos, donde "ni siquiera la luz del sol entra" .
No consumían agua potable. Para saciar la sed tenían que recurrir al "agua cruda" que tomaban de cualquier río o quebrada y que calentaban en fogones improvisados por los guerrilleros.
Con la comida tampoco fueron afortunados. Esta, "si se le podía llamar comida", que consumían todos por igual -secuestrados e irregulares- consistía en una taza de café al día, y cuando las cosas mejoraban, podían acompañarla de un plato de arroz blanco sólo o con lentejas. "También hubo días en las que no había nada".
Aunque la gran mayoría de los más de 45 pasajeros del avión secuestrados fueron dejados en libertad en el transcurso de los 14 meses de cautiverio, el grupo conformado por el panameño y cinco colombianos, "nos hicimos una gran familia", debido a todas las cosas que vivieron juntos, como la falta de comida, de medicamentos, la presión psicológica que todos soportaron, y sobre todo, por la ayuda mutua que a diario se profesaban.
Hoy, el panameño mantiene contactos con sus compañeros de tragedia, los que también fueron liberados meses después.
Aunado a ello, estaban siempre vigilados, situación que se convirtió en una "presión psicológica", pues aunque no eran amenazados con las armas, "su sola presencia armada y su vigilancia constante, ya era una intimidación".
La custodia de los secuestrados la realizaban entre 16 y 20 guerrilleros. "Generalmente, se trataba de niños y niñas de 12 años en adelante; campesinos de una cultura muy baja, que no saben ni leer ni escribir, pero que ya manejan un fusil".
Para romper con el tedio y liberar las tensiones, el grupo se las ingenió para fabricar juegos, entre ellos de ajedrez, "que tallábamos de alguna manera con piedras o cualquier otro elemento que encontráramos". Igualmente, hablaban sobre ellos mismos, sus familiares y lo que para cada uno representaba la experiencia que estaban viviendo. "Así aprendimos a conocernos".
También leían mucho los libros que les proporcionaron los propios irregulares cuatro o cinco meses después del secuestro. La primera Biblia que llegó a sus manos, recuerda, la tuvo a los seis meses de cautiverio. El Ejército de Liberación Nacional (ELN), segundo grupo guerrillero de Colombia con unos 5 mil hombres en armas, "lucha por construir un nuevo país donde la paz y el desarrollo sea producto de la democracia participativa, la justicia social y el respeto de la dignidad humana, asegura la organización en su página oficial en Internet.
Se autoproclama como una organización insurgente, de carácter político-militar, surgida el 4 de julio de 1964 como rechazo al poder imperante y respuesta a la situación política, económica y social imperante, en ese entonces.
Plantea la diferencia entre secuestro y retención, señalando que en el primero de los casos es cuando se le quita la libertad a alguien, no se sabe cuál es el fin ni quién lo secuestra. En este caso el ELN retiene a la persona como contribución social y militar y si la persona accede a pagar el impuesto, pues, "cedemos". La incertidumbre experimentada por Pérez, también la vivieron sus familiares en Panamá. Una vez conocida la noticia sobre su secuestro, sus familiares: esposa, padres y hermanos, iniciaron una campaña pidiendo ayuda al gobierno que permitiera su liberación. Sus esfuerzos fueron "infructuosos".
No obstante, esto no fue impedimento para continuar su lucha. Lucha que llevó a la Sra. Idalia de Pérez, esposa de Nicolás, a realizar constantes viajes a Colombia, donde se reunió con los familiares de los demás secuestrados, con autoridades de gobierno y organizaciones civiles que apoyan a víctimas de este flagelo.
Durante sus viajes, la Sra. Idalia envió mensajes a su esposo, "sin siquiera saber si él los escuchaba", a través de un programa de Radio Santander, emisora en Bucaramanga que daba esta oportunidad a los familiares de secuestrados.
"Una noche un compañero estaba escuchando la radio y al sintonizar la emisora escuchó a su familiar y nos llamó a gritos y fue cuando por primera vez escuché a mi señora hablando. Cuando escuchas algo así, te reanimas, te levanta el ánimo. Todos quedamos tan alegres", relató emocionado. Eso ocurrió como 20 ó 25 días después del secuestro.
La señora Idalia también recordó su participación en el programa "La Voz del Secuestrado", transmitido por Radio Caracol Colombia. "Yo llamaba los domingos a las 6:00 de la tarde y me identificaba, decía que hablaba desde Panamá". Entonces, ellos grababan su mensaje que era emitido en horas de la madrugada.
Hoy, Pérez da "gracias a Dios", pues sabe que tiene una "mujer muy fuerte", y dos hijos, que aunque uno tenía apenas 13 años, "supieron sobrellevar la situación y ayudar a la madre para que no fueran tan afectados psicológicamente".
En sus primeras declaraciones a su llegada al aeropuerto de Albrook, Pérez dijo que sentía una emoción muy grande por haber vuelto a su país después de 14 meses. "¡Dios mío! Esto no se lo deseo a nadie, es algo muy difícil", sentenció.
Además de agradecer al pueblo colombiano y al gobierno de ese país por haber cooperado para lograr su liberación, el panameño rogó a Dios porque estos hechos no se registren en Panamá, ya que en Colombia tienen la "cultura de la muerte", a tal punto que cuando ocurre un secuestro o un asesinato, para ellos es un caso más. "Los colombianos viven esta situación y tienen que seguir sobrellevándola".
Sin embargo, hoy ve con preocupación ciertos actos de violencia que se registran en "nuestro país", pues muchos de los hechos registrados en Colombia se están trasladando a Panamá, porque somos los más cercanos a ellos. Tras su llegada a Panamá, la familia Pérez fue atendida por una psiquiatra, que los evaluó por aproximadamente un año. Después de ese periodo todos fueron dados de "alta".
Aunque tiene un trabajo similar al que realizaba cuando fue secuestrado, que lo obliga a realizar constantes viajes, Nicolás Pérez asegura que éstos no son a Colombia, ni tienen la misma frecuencia. "Ya no visitamos Colombia, eso sí, pues este país ya quedó en segundo término", manifestó.
Sin embargo, en febrero del 2001, casi un año después de su liberación, visitó una feria de calzados en Bogotá. Pese a la oposición de toda su familia y a su propio nerviosismo, el panameño recuerda que "cuando bajé del avión, lo hice tranquilo, pasé Migración, Aduanas, fui al hotel, visité a algunos clientes y amigos" y posteriormente se trasladó a Medellín.
Hoy considera que manejó la situación con bastante normalidad, incluso él mismo se sintió sorprendido, pues "su experiencia fue horrorosa". Pero esto no quiere decir que va a volver a la misma rutina o a querer tentar a su suerte, "porque no vale la pena".
Esta experiencia le demostró, de cierta manera, que tanto él como su familia ya superaron el trauma, pero reconoce que esto tarda mucho, porque son muchas las heridas que hay que cerrar.