El Panamá América
Diciembre es el mes del año en el que volcamos nuestros mayores esfuerzos en obtener cosas, ya sea para nuestros seres queridos, amigos o allegados. Es la época del año cuando nos embriaga el deseo de llevar, en la medida de nuestras posibilidades, un regalo a quienes de una forma u otra, situamos en un lugar de preferencia dentro de nuestro espacio especial.
Ese gesto nos proporciona satisfacción y nos llena de alegría. Sin embargo, existen en diversos lugares de nuestra geografía nacional, miles de personas que dentro de sus múltiples requerimientos no logran completar siquiera las necesidades más básicas para vivir con el mínimo de dignidad que necesita el ser humano.
Dentro de este grupo de olvidados de la fortuna existen gran cantidad de niños, quienes dentro de su inocencia y corta edad no alcanzan a medir la situacion de sus familiares, gente que a duras penas logra subsistir, mientras ellos, entre risas y juegos inventados al aire, dejan en el ambiente un pedazo de esa inocencia infantil, que no hace distingo entre la necesidad y la abundancia.
Correteando alegremente desde sus paupérrimas casuchas hasta la próxima ribera del río Cabra, donde tejen momentos de diversión, chapotean entre las tranquilas aguas, mientras sus madres lavan la poca ropa que poseen. Ellos no hacen diferencias entre diciembre u otro mes del año, pues igualmente está lleno de retos y las mismas necesidades de cada día, acompañadas de una descomunal batalla entre el hambre y sus ignoradas realidades.
Este 24 de diciembre, cuando a la medianoche cientos de miles de hogares festejen entre viandas y chistes, entre risas y cantos, la llegada de la Navidad, quizás estos pequeños desheredados de la fortuna, con sus caritas vivaces que en silencio hablan de sus penurias, estarán con la mejor de las suertes, sumidos en un mundo de ensueños donde -engalanados como para la mejor de las fiestas- tengan una Navidad tan radiante como sus caritas de niños traviesos, exhibiendo sus rostros de la inocencia.