En la avenida Nacional, frente a un establecimiento donde se compran metales, se ha formado una enorme laguna artificial, la cual ocasiona inconvenientes a los residentes que viven en los edificios próximos.
Un trabajador del Ministerio de Obras Públicas (MOP) que se encontraba desde temprano intentando evacuar el agua de la vía, denunció que la empresa recicladora es responsable por la situación, pues los orates que acuden al establecimiento a vender hierro, arrojan todo tipo de objetos de metal por doquier, obstruyendo los desagües de la vía.
Es lógico pensar que fresco aun el final del plagio, lo que la familia Arango desea es olvidar lo más pronto posible el desagradable episodio y compartir de la manera más intensa los días venideros.
Pero y las autoridades panameñas ¿tendrán algo que decir? Hasta el final de esta semana nada había trascendido respecto a una eventual entrevista con las autoridades. La propia familia Arango no parecía muy interesada en algo como eso.
Liberado, para él sorpresivamente el 28 de noviembre pasado, algunos aspectos de la operación realizada por sus secuestradores llevan a algunas preguntas que quizá por cierto tiempo no tendrán respuestas.
Por ejemplo. Hubo casualidad en la selección de Arango como víctima. Él piensa -según nos dijo- que la información sobre su persona se produjo en Puerto Inírida, capital del departamento de El Guaviare, en la frontera de Colombia con Venezuela, donde ha residido su hermano por muchos años.
Y fundamenta esa tesis en el hecho de que, de las 14 personas que viajaban en la lancha, que salió el 7 de abril de 2004 de Puerto Inírida, incluida su esposa, los únicos secuestrados fueron él y su prima Beatriz Echeverri, y ambos tienen un familiar en la capital de El Guaviare.
Era de suponer que era a esos familiares a los que inicialmente se les solicitaría el rescate, una operación que pudo haberse complicado una vez los secuestradores confirman que Julio Arango residía realmente en Panamá.
Después de los dos primeros contactos establecidos con la familia de rango en Panamá, los secuestradores no volvieron a dar señales de vida.
Lo anterior descartaría toda posibilidad y vínculo de la operación con una eventual administración de la información desde territorio panameño. De hecho, las autoridades panameñas al parecer, en el último año, han estado empeñadas en impedir que su país sea utilizado para este tipo de ilícito o el trasiego de armas.
Cuando el 28 de noviembre nos soltaron en plena selva temí por mi vida y la de mi prima, nos dijo Arango, pero un viejo campesino al que fuimos entregados por los guerrilleros, nos llevó hasta Las Guacamayas y de allí fuimos hasta Puerto Inírida.
La noche de la entrevista, la presencia de Sandra y sus hijas, junto a Julio Arango nos hizo pensar en una familia cualquiera, trabajadora y sencilla, que, en medio de la vorágine que imponen las crisis políticas, quedan indefensas ante el secuestro o la violencia, una espiral que parece que se va transformando en factor hegemónico del quehacer cotidiano de la gente sencilla, sin que se vislumbre salidas inmediata. Por lo menos en Colombia nadie parece hablar de una salida final.
Las causas del problema y las eventuales alternativas para resolverlo, son, sin duda, reflexiones obligadas para garantizar a la ciudadanía un futuro sin sobresaltos.