Soto estudió el problema desde dos perspectivas distintas. En la primera, asegura que las empresas compran la energía con un sobrecosto provocado de hasta el 50% en el mercado ocasional, donde es mucho más caro el kw/hora.
En la segunda, considera que las empresas hidroeléctricas venden el kw/hora casi al mismo precio de las termoeléctricas, cuyo costo se ve impactado por el petróleo; y que se compra a ese precio debido a la falta de competencia.
Por estas razones, el economista concluye que mientras no se resuelvan las distorsiones, no se justifica un aumento de la electricidad.