Por otra parte, como cada día que pase es más terreno perdido en el desgarramiento progresivo del tejido de sustentación de un orden aceptable de convivencia en la sociedad, lo que sí podría hacer una ARI rejuvenecida sería prestar su flexibilidad para una coordinación apropiada en la integración de ese gran consorcio que estaría llamado a hacer la planificación y ejecutar los planes de comercialización y desarrollo con los gobiernos de Estados Unidos, del Japón y de uno o varios países europeos.
Podría ayudar también a establecer si no sería conveniente además invitar a empresas de otros países, tanto del NAFTA como del Pacto Andino y del ABC sureño, sin olvidar empresas rusas y chinas, si las políticas de hegemonía continental de Estados Unidos lo permiten, y en la medida en que lo permitan.
En esto conviene no tomarse muchas libertades. Nuestra posición quedó muy clara en palabras muy precisas del señor Robert Pastor que fue designado como embajador de Estados Unidos en Panamá aunque nunca llegó. En un documento de políticas respecto de América Latina, Pastor escribió que Estados Unidos quiere que las demás naciones actúen con independencia, salvo cuando el hacerlo afecte adversamente algún interés de Estados Unidos. Textualmente en inglés, para que no haya posibilidad de malentendido, dice así: "to act independently, except when doing so would affect U.S. interests adversely", y en las páginas que le dedica a Panamá, y en forma particular a Torrijos y al torrijismo, explica que Estados Unidos NO PUEDE PERMITIR competencia ajena en este continente. Así, pues, lo que se vaya a hacer hay que hacerlo con permiso, pero los socios que tendría Panamá en este proyecto son los que inventaron esos permisos.
En realidad, los demás países grandes todavía están esperando a ver qué es lo que Estados Unidos quiere hacer con Panamá. Esto lo he oído en boca de gente muy arriba en el sector público y en el sector privado en el Japón y en Europa, y explica el hecho de que la rebatiña en las áreas revertidas haya dejado todavía intacto casi el 80% de esas tierras valiosísimas que hemos visto administradas por el actual gobierno como si fueran algo que encomendar a un vendedor de bienes raíces.
Este organismo tendría, como primera misión a plazo perentorio, el deber de presentar un proyecto en que el gobierno pueda apoyarse para que, dentro del marco de la Comisión Tripartita o de otra comisión ad hoc parecida, inicie conversaciones y luego negociaciones sobre las mejores fórmulas para incluir a los verdaderos grandes en ese consorcio, a Siemens y a la Standard Oil y a los Rothschild y a los Rockefeller y a los Morgan (me refiero a los de allá) y a los Dupont, a Imperial Chemical Industries y a los del Board of Trade inglés y al Grupo Mitsubishi y al Mitsui o a ambos, y a México a través de algún contratista de PEMEX, por ejemplo, y a la República Popular de China, o nada más al Japón y Estados Unidos, según el parecer de los que van a tomar la última decisión.
Nadie que esté en una posición importante en el mundo ignora que en los últimos años nuestros destinos han estado en manos de una burocracia subalterna que nos recibió como espacio político después de la invasión. Es muy posible que nos vaya mejor tratando directamente con los que son sus patronos.
Una limitación conveniente para los efectos de aparentar apropiadamente pruritos de soberanía frente a aquellos en quienes el amor de la Patria pueda haber sobrevivido a la invasión y a la entrega total y complaciente, podría ser que la comercialización y el desarrollo posterior de esas áreas, con instalaciones manufactureras, petroquímicas, sistemas de transporte, viviendas, hoteles, campos de golf y fábricas de semiconductores, se contraten únicamente con empresas privadas, y que ningún Estado extranjero ni ninguna dependencia gubernamental ni empresas de propiedad estatal o semiestatal de otro país puedan ser ni propietarios ni arrendatarios.
Veamos ahora otro aspecto de importancia primordial en estas reflexiones sobre lo que podría salvarnos de un desastre que, por encima de todas las buenas intenciones, y por encima de los propósitos de enriquecimiento personal, se ve perfectamente previsible.
Veamos qué tienen que ganar los ricos de aquí, y qué pueden sacar los políticos de aquí en la operación, puesto que a mí no me van a convencer programas trasnochados contra la corrupción. De nada han servido ni los expertos en anticorrupción que nos envían desde otros países donde hace cincuenta o cien años se inventaron las prácticas corruptas que aquí se imitan ahora, y que desde allá nos mandan para que le enseñen a la burocracia local con conferencias debidamente televisadas cómo frenar la corrupción que nadie logra frenar en su país de origen.
La codicia no la va a frenar nadie en unos años y si algo va a adelantar la humanidad en ese sentido, veremos los primeros síntomas de mejoría del enfermo dentro de una o dos generaciones, cuando se hayan producido más cataclismos y cuando los poderosos comprueben hasta la saciedad que el embrutecimiento organizado y la irracionalización sistemática de porciones mayoritarias de las sociedades humanas las hacen más ingobernables que unos sistemas de educación formal e informal que tengan nuevamente la capacidad de convertir a los hombres en seres racionales, sociables, generosos, solidarios y creativos.
Por lo menos en el plano global ya han comenzado a comprender los límites del Gran Juego de la expansión y de la acumulación del capital, porque ya se hizo verdad aquel diálogo de Rudyard Kipling entre el niño Kim y el agente inglés, cuando Kim pregunta cuándo se va a acabar el Gran Juego, y la respuesta del inglés es "cuando todos hayan matado a todos".
Pasemos ahora a una pequeña lista de elementos de la situación actual, que deben tomar muy en cuenta los comerciantes, los caseros y los dueños de tierra, los corredores de bienes raíces, las dueñas extranjeras de "boutiques" y las locales, así como los bancos y los industriales y todo el que tenga algo, porque los que no tienen nada no pueden aspirar a otra cosa que a un acomodo, a un trabajo digno, a una oportunidad de criar a sus hijos con las comodidades más elementales y las ventajas mínimas de la civilización, pero los que tienen algo o mucho están frente a la disyuntiva de aumentarlo o perderlo dentro de un cúmulo de factores que pueden ser propicios o destructores.
Veamos ahora un hecho terriblemente amenazador para todos, y particularmente para los que tienen mucho o poco invertido aquí.
Después de los procesos de privatización de la planta industrial del Estado panameño y de los servicios públicos, habrá una inversión de primera categoría en servicios y producción de bienes que son indispensables en una sociedad, por un monto de unos seis o siete mil millones de dólares en su valor real que, por lo bajo, serán puestos a producir réditos de un doce por ciento que es el mínimo de rendimiento para los riesgos que implica invertir en el Tercer Mundo. Esto representará un drenaje anual mínimo de unos ochocientos millones de dólares en repatriación de ganancias.
Con este drenaje, a la vuelta de unos años ¿qué mercado puede quedar para el comercio, para las casas de apartamentos grandes o chicos, para los helados y para las sodas o las galletas y la cerveza y los licores finos, y para la ropa y para las diversiones, y para los carros nuevos en un país con tres millones de habitantes si la mitad está fuera de la economía y más de un millón andan bordeando los requisitos de la pobreza extrema?
Setecientos u ochocientos millones de dólares todos los años en repatriación de ganancias es una barbaridad. Hasta Milton Friedman, uno de los inventores de la más reciente versión del mercado libre, puso el grito en el cielo cuando vio lo que había ocurrido en la Argentina y denunció al gobierno de Menem diciendo que la privatización a base de capital extranjero implicaba un drenaje de capitales que eran indispensables para el desarrollo argentino.
Cuando hayan pasado cinco años o diez años con ese grado de succión de riqueza como un gigantesco vampiro con los colmillos hundidos implacablemente en el cuerpo social panameño, ¿qué va a quedar aquí? ¿Qué acción de gobierno puede compensar eso? ¿De dónde va a salir riqueza que compense esa fuga de capitales si más bien tendrán que añadirle el drenaje adicional del servicio de la deuda actual o de nueva deuda, mientras las privatizaciones habrán ido convirtiéndose en fondos misteriosos que nadie debe ver?
Ahora bien, si son los amos de los países que gobiernan la economía del mundo los que se ponen a hacer el desarrollo de las áreas ribereñas del Canal; si son los que pueden decidir que el centro de distribución de petróleo refinado y derivados de petróleo para Centroamérica y el Caribe esté en Panamá y no en otra parte; si son los señores que deciden si en Panamá hay secreto bancario o no, y si sobreviven o no las sociedades anónimas y demás servicios "offshore" de Panamá; si son los que deciden las grandes movilizaciones del dinero negro y los que pueden traerse las fábricas de semiconductores de Taiwan y de Hong Kong y juntar a Oki Denki con Texas Instruments y Philips para surtir el mercado de Norteamérica desde aquí; y si son los que pueden decidir si se instalan aquí grandes astilleros de reparación de naves más baratos que los de San Diego; y si son los que pueden canalizar el gas natural colombiano hasta la provincia de Colón para convertir a Panamá en un gran centro de producción de fertilizantes; y si son los que pueden juntar en Panamá el hierro peruano y el carbón de Australia y el molibdeno de Petaquilla y el titanio de donde esté para hacer aceros especializados aquí con capital japonés y gringo y panameño manejando la aguja de inyección de oxígeno; entonces sí, entonces sí que las ventas y los arrendamientos en las áreas revertidas pueden sumar en efectivo unos veinte o treinta mil millones de dólares además de inversiones gigantescas en obra civil e instalaciones manufactureras.
De no ser así, ni la décima parte de eso será lo que nos lleguen a producir, o mucho menos todavía si seguimos por un camino que muy bien nos puede dejar recuperados por Colombia, con el Cartel de Cali en una de las riberas del Canal y el Cartel de Medellín en la otra, como escribía yo medio en broma hace unos años, y como hasta el mismo ex embajador Deane Hinton terminó advirtiendo antes de irse, viendo los extremos a que estaba llegando la voracidad.
Quince mil millones de dólares, yéndonos por lo bajo, en un Fondo de Desarrollo de Panamá, invertidos en la forma más conservadora y segura, producirían intereses y dividendos de más de mil millones de dólares anuales que entrarían a la economía nacional bien distribuidos a través de programas de la Caja de Seguro Social, de modo que las ganancias repatriadas de la privatización no pudieran ir dejándonos poco a poco como el clásico chupón de naranja y en el corazón mismo del peor de los avisperos.
Por otra parte, el Fondo de Desarrollo de Panamá que planteo aquí como la última oportunidad ofrece muchas ventajas a los ricos y a los que quieran enriquecerse con un poquito de paciencia nada más y no dos o tres operaciones en un año o en dos. Quedaría asegurada la prosperidad del Corredor Norte y la del Corredor Sur y la urbanización de Albrook que presuponen un país próspero que, de otro modo, nunca será posible.
Además, sería una fórmula para que se recuperaran los valores de los bienes raíces en la ciudad de Panamá donde, a pesar del silencio ignorante o cobarde de los propietarios, se ha producido un empobrecimiento colectivo gigantesco.