BAJO un inclemente sol, a sus 75 años, encontramos trabajando a Alejandro Henríquez Díaz.
Desde que se levanta, toma su bicicleta y viaja de la Pensión Pacífico, en avenida B, donde reside, a la que él jocosamente llama "su oficina".
Se trata de una isleta ubicada en la avenida Balboa a la altura del Parque Urracá.
Allí atiende a su clientela, una larga fila de automóviles que espera para dar vuelta en "u" y a la que aprovecha para venderle chicles de distintas marcas.
Esta labor de Henríquez comenzó hace 15 años, cuando después de trabajar en las calles de la ciudad como comerciante independiente, se jubiló por pensión voluntaria.
Nos contó que de pequeño trabajó en toda clase de oficios, muchos de carácter ambulante.
"Soy comerciante de nacimiento, cuando estaba pela"o vendía periódicos, comida, limpiaba zapatos, hasta peleaba para trabajar por esta área (Bella Vista) porque antes no te dejaban vender si eras de otro sector", dijo Henríquez.
Nacido en el humilde barrio de El Chorrillo, desde temprana edad aprendió a ganarse la vida de cualquier manera o como él mismo dice, supo salir a "rebuscarse".
Pasa todo el día en la calle buscando un sustento que complemente su escaso cheque de pensionado.
Al preguntarle cuánto gana al final de su jornada, dice casi resignado que no mucho, que si tiene un buen día puede recolectar entre B/. 10 y B/. 15, lo que le sirve para comprar los tamales que tanto le gustan.
Sus chicles, que compra al por mayor en un almacén, los suele vender a cincuenta centésimos, pero hay quien incluso le da más o es cliente asiduo y compra varios.
Y es que es difícil imaginar como alguien, mientras espera turno para dar vuelta a la isleta en aquella aburrida fila, no se sorprenda cuando vea a Henríquez avanzar a paso lento, mientras saca chicles de su bolsa plástica, con la gorra de béisbol calada hasta las orejas y la colorida camiseta a rayas, llamando la atención.
Quizás sea, este septuagenario señor, de los últimos que aún quedan, de otras, más nobles épocas, cuando el trabajo duro honraba a las personas.
Los fines de semana se le puede ver pedaleando hacia su otro punto de venta en los predios de la calle 50, donde dice contar también con buenos clientes.
Las tormentas las pasa sentado debajo de la caseta de buses situada frente a la isleta. La vieja bicicleta, que protege cual fiel compañera, la amarra con candado y cadena a un poste de luz cercano y no le quita un ojo de encima.
Un vendedor perseverante
Su estoica dedicación es digna de admirar, ya que es un riesgo trabajar entre autos.