Aunque el niño diga que no se comió el dulce, los vestigios de migajas y caramelo en su cara indican que no dice la verdad.
Esta imagen es aplicable al momento político que vive Panamá, donde los presidentes de dos Poderes del Estado -Ejecutivo y Legislativo- le dicen al país que sus relaciones están al mejor nivel, pero algunos hechos serían indicios de una peligrosa ruptura entre ellos.
No es casual que el nuevo presidente de la Asamblea Nacional, Pedro Miguel González, estuviese ausente el lunes en los actos de inicio de las obras de ampliación del Canal de Panamá, a dos días de su elección como cabeza del Poder Legislativo.
El martes no asistió a la reunión de coordinación entre la bancada oficialista y el Órgano Ejecutivo, a la que le restó importancia al calificarla de "cajonera".
Todo esto lo hace un hombre que ganó la presidencia de la Asamblea con 50 votos, cinco de oposición incluso, y que en su discurso inaugural se la pasó hablando de renunciar.
Desde el 1 de septiembre a la fecha, el diputado no ha hecho otra cosa pública que hablar de su posible dimisión, mientras el Órgano Ejecutivo guarda un silencio elocuente sobre el tema.