Cuando los demás métodos para lograr entrevistar a un alto funcionario fallan, no está de más recurrir al sigilo y el acecho como tácticas para cazar una "presa" gubernamental.
A nuestro potencial entrevistado lo abordaríamos a su llegada a una importante cita en el Ministerio de Economía y Finanzas (MEF). Desde la recepción, tres pisos abajo del despacho del titular de esa cartera, la espera se prolongó, dejándonos a merced de la "hora panameña".
Aquí nos detenemos para señalar una excepción a esta regla, casi general, de impuntualidad. Un funcionario del MEF, quien con carné en mano, marcó su tarjeta de empleado con agilidad cronométrica, justo cuando el reloj señalaba las 3:00 de la tarde.
Por apego a la verdad, es justo decir que habían transcurrido cuatro segundos después de esa hora.
Pasar en el escritorio un minuto después de la hora de salida no es común y son ya 20 minutos, es escandaloso. "Oye, ¿estás haciendo horas extras?" preguntó en alta voz la recepcionista a otra colega que se había quedado a limpiar.
Atenta (a veces en demasía), una amistosa recepcionista saluda y sonríe a quien llegue a la entidad gubernamental.
Tiene flores en su escritorio, aunque artificiales y es la más capacitada para orientar. Con sólo echar una ojeada a los papeles de los contribuyentes, sabe en qué piso y oficina deben tramitar.
Un verdadero oasis en un desierto de desinformación, pues muchos son los que llegan a su puesto sin saber a qué inmueble del MEF deben acudir.
A la recepcionista-amiga el carisma no le falta, tampoco las influencias. Trabaja de cerca con el personal de seguridad y si un vendedor no le rinde cuentas, los agentes no le permitirán dar un paso más allá del recinto.
La recepcionista que nos ocupa es mejor como aliada; el vendedor de yogur lo sabe bien, pues ella conoce al dedillo las cuentas y extensiones telefónicas de los potenciales compradores y deudores.
Si de influencias hablamos, las tiene bien ganadas, recuerda con exactitud los cargos de sus superiores jerárquicos. Un "buenos días doctor", "como no licenciado" o un "pase ingeniero", hacen que le confíen hasta las llaves de su casa.
Retomando el motivo de nuestra estancia en la sede del MEF. La recepcionista, cuyo nombre desconocemos, intentó ayudarnos ante una espera que parecía no tener fin.
Acto seguido, llamó al despacho del ministro para preguntar si la reunión se cancelaría, lo que era poco probable para una cita que se perfilaba tan importante. Minutos antes, un presuroso y ansioso titular de Economía, hasta se mordía las uñas al entrar al ascensor.
Otra señal inequívoca de lo trascendental del compromiso era la presencia de unos caballeros de traje, representantes del Banco Interamericano de Desarrollo.
"¿Cuál banco?" les preguntó la recepcionista, mientras sus interlocutores repetían con una sonrisa el nombre del organismo, que por extenso prefirieron usar las siglas.
Anunciados como "del BID", se les dio la orden de pasar al despacho del ministro. Lo que ocurre es que ni siquiera ellos pasan sin ser autorizados por la recepcionista.
Siguiendo con el "acecho" a nuestra "presa gubernamental", todo terminó un minuto después, cuando él mismo saludó apresurado y en fracción de segundos subió al ascensor, ante la mirada de desconsuelo de nuestra acompañante, que por solidaridad expresó: "es que va tarde".
Y bien, el apuro trae cansancio; a nuestro funcionario lo hallamos al siguiente día, de forma más sosegada.
El de orientadora es sólo una de sus funciones. También es esteticista, sabe con sólo una mirada rápida, si una de sus compañeras aumenta un par de libras.
Es confesionista. Frente a nuestros ojos, una compañera le confió que tenía dos madres y una padecía una afección en los riñones.