NORMAL**Lo ocurrido en la Escuela Normal Juan Demóstenes Arosemena, es doloroso. De hace un par de años para acá, hemos escrito varios editoriales proponiendo una reestructuración de la educación nacional, parte de cuyas bases estaría cimentada en la formación de una nueva generación de educadores, de cuya forja se encargaría precisamente ese prestigioso centro de estudios, al que nos atrevimos aludir como nuestra Salamanca o Harvard educativa.
PRESTIGIO**Sugerimos entonces seguir los pasos de su fundador, el presidente del que lleva su nombre, que en 1939 le dio precisamente esa tarea, concentrando en ese centro, de dimensiones colosales tanto para hoy como para la época, los mejores educadores del país y del extranjero, incluyendo su primer director, que fue un profesor chileno. El éxito y prestigio que alcanzó fue tal que, en pocas semanas, recibió incluso a estudiantes del extranjero.
VERGÜENZA**Ella fue la incubadora de maestros que cambiaron para bien la faz de la Patria. Pero lo que ayer fue orgullo, hoy es bochorno. Su asociación de padres, presidida por Edgardo Pinto, pasó la vergüenza de enfrentar a sus propios hijos, de su similar de estudiantes, que les exigen devolver más de B/.20 mil robados de los fondos del Seguro Educativo, de los cuales se pagaban becas y profesores especiales. La descentralización sin fiscalización es un fiasco.