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15/08/2014


LA CITA ERA en la cafetería del piso 107 del edificio más alto de América. Llegué casi media hora tarde. Los taxistas habían cortado el tránsito porque no querían pagar las boletas que debían y los agentes del tránsito sólo dirigían a los transeúntes pues, según ellos, no ganaban para otra cosa. Para colmo de males se me había dañado el aire acondicionado del carro y a esa hora de la tarde la canícula era un hervidero. Del otro lado de la Balboa, en la Cinta Costera Team Martín, aparcaban los gallinazos y la bahía comenzó entonces a dormir su siesta acostumbrada
Tenía una entrevista con Fox Liberal News y el Asahi Shimbun. Por rara coincidencia, vino el mismo periodista japonés que hacía once años informara sobre el incendio y robo al Museo de Bagdad en 2003. Yo acudía en representación de Pobres Con Responsabilidad Social (POCO-RESO) una ONG con sede en el Vaticano. El tema versaba sobre la consecuencia económico-social del Canal recién reinaugurado. Cuando por fin llegué, sofocado y sudoroso -por falta de energía tuve que subir a pie los últimos veinte pisos luego de trasbordar cuatro elevadores distintos- me tiré en el sillón de la cafetería cuan largo soy (1, 55 m. con zapatos de tacón alto y sin aretes). Al verme, uno de los periodistas me tendió una jarra de cerveza y el mesero un vaso de agua. Tentado, observé la espesura de la blanca espuma y me decidí por el agua.
Hashimemashite, dije con la sonrisa más estirada posible mientras le tendía la mano al japonés. Dozo yoroshiku, saludó. Lo felicito por el premio, agregó con una pronunciada reverencia mientras el vaquero tejano de Fox se relamía la espuma del bigote. Comentaron que venían de entrevistar a gente de la empresa privada muy amiga del Canal y estaban muy contrariados porque, según ellos, el país crecía al triple del promedio de la región y mi artículo -ganador del Pulitzer- sobre los niños muertos de hambre del Darién, publicado en el Wall Street Journal, decía todo lo contrario.
Les aclaré brevemente que pese a los malabares del gobierno tal crecimiento no era sinónimo de progreso y que vivíamos en un país nuevo, con una ciudad rica y cuatro regiones pobres. El japonés preguntó qué definición de pobreza utilizaban aquí. Le dije que desde el 2007 eran dos dólares con 60 centavos diarios pero ahora la referencia era el costo de la canasta básica que, dada la inflación galopante, la Bolsa de Valores cotizaba diariamente sin contar, luz, gas, teléfono, transporte, escuela y ropa, pero incluía, agua, arroz, frijoles, plátano y jarrete de segunda mano.
Ambos estuvieron de acuerdo en que debían actualizarlas, porque por tres miserables dólares no podías conseguir ni un "bien cuidao". El tejano realizó rápidamente unos cálculos. Según mi informe, dijo en su espanglish, tampoco alcanza el sueldo básico para comprar esa canasta. Así es, confirmó el oriental con los ojos más redondos que los de un aino (*) asustado. Con el tono más académico posible me oí decir que esas definiciones de pobreza, probablemente, las había inventado un economista de Chicago de paseo en la Chiva Parrandera.
Para cambiar un poco el patetismo del tema le pregunté al de la cadena Fox Liberal News cuál era la noticia del momento. Rascándose la cabezota rapada hasta las meninges, consultó su blackberry. ¡Gosh! ¡El padre de la criatura era el otro!, dijo refiriéndose a la hijita de la playmate fallecida en las Vegas que por varias semanas cubrió los noticieros de Estados Unidos, mientras en la parte inferior de la pantalla chica aparecían los cintillos económicos con las cifras récord del Dow Jones junto a las bajas de los soldados muertos en la interminable guerra de Irak.
¡Choto mate! interrumpió el periodista del Shimbun. ¿Está seguro que es del otro? Claro que yes, dijo el gringo. Gané la apuesta, aseveró el nipón y nos invitó a tabemasu de una fuente con gohan, iku, sakana y yasai acompañada de una taza hirviente de ocha. Yo, haciendo honor a mi estómago, pedí una orden de tempura kakiage. ¿Sake? Invitó. No.. biru, le respondí mientras seguíamos conversando sobre el Índice de Gini y lo cerca que estábamos de un estallido social.
Para los postres escogí un Fufo-Ito (sorbete de limón endulzado con miel de caña) y teniendo en cuenta que el japonés pagaba en euros, pedí un café gourmet no sin antes hacerles saber que costaba 75 dólares la libra al por mayor, mientras a los cosechadores de las tierras altas de Chiriquí le pagaban con fichas que debían cambiar en el almacén de ramos generales de la empresa. Son las ventajas comparativas, aclaró con displicencia el japonés, agregando: nosotros les vendemos las máquinas de moler y ustedes nos venden café en grano, banana en cacho y servicio doméstico a domicilio. Debemos admitir que la pobreza es un problema mental, sentenció el tejano mientras se llenaba la boca con pepitas de marañón importadas de Canadá. De acuerdo, con menos de 2, 200 calorías diarias algún día se puede ser presidente de Estados Unidos, le respondí como quien no quiere la cosa y, acto seguido, anotó el dato para las noticias de la tarde.
Viendo que la entrevista ya no daba para más, no quise ser descortés y esa misma noche los invité a cenar gallo pinto con sopa de letras en un restaurante tailandés de la Zona Rosa.
(*)Raza japonesa originaria asentada en la isla de Hokaido.
(drjcal@psi.net.pa)

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