180 años de la Batalla de Boyacá
Colombia proclamó su independencia de España el día del episodio del Florero, 20 de julio de 1810. Sin embargo, la Península no estaba dispuesta a ver irse, así buenamente, al Nuevo Reino de Granada, una joya preciosa en la Corona ibérica.
Los intentos de recuperación del vasto territorio tomaron años, unos prometidos al fracaso, otros con relativos éxitos, pero la determinación de los republicanos era irrevocable de fundar un Estado nuevo sobre los principios de democracia, división de los poderes y acceso del pueblo a los altos niveles de mando.
La Colonia tocaba irremisiblemente a su fin, luego de tres siglos de dominación española en esta orilla del Atlántico. La fogata de la rebeldía prende de uno al otro extremo del hemisferio. En Colombia, Nariño, Santander y Bolívar, principalmente, son los cabecillas e ideólogos del movimiento emancipador.
La frágil República proclamada en 1810 requería aún de una ofensiva militar extraordinaria para expulsar las huestes hispánicas del territorio y esta vez de manera contundente. Sería la Campaña Libertadora de 1819 porque los criollos estaban decididos a fundar una Patria estable, sobre bases firmes de acuerdo a la sentencia de Francisco de Paula Santander: "Las armas os han dado independencia; las leyes os han dado libertad".
Bolívar planteó ante los jefes del ejército el programa de enfrentamientos según el esquema que los llevaría a batirse en los Llanos de Casanare, el paso de los Andes y luego adentrarse en las tierras de Tunja hasta la apoteosis final en el Puente de Boyacá.
En mayo de aquel año glorioso, el ejército comenzó su marcha desde Venezuela. La facción dirigida por Bolívar y los soldados de Santander se fundieron en Tame. Poco tiempo después, el Trincherón de Paya fue escenario de la primera escaramuza de guerra.
Hubo la famosa operación del Páramo de Pisba, los combates de Gámeza y Tópaga.
En Corrales de Bonza el ejército fue reorganizado para dos peleas que serían no solamente decisivas, sino que sus secuelas repercutirían en la historia de Colombia y de otros pueblos del continente: el Pantano de Vargas y el Puente de Boyacá.
Por una ironía de la historia, la batalla del Pantano de Vargas fue librada el 25 de julio, día del Apóstol Santiago, el Patrono matamoros de España.
Bolívar estaba al frente de 2.500 soldados que debían batirse con los 3.800 del Coronel español José María Barreiro. Aparentemente perdida la acción para los colombianos, Juan José Rondón irrumpió con sus lanceros que diezmaron a los realistas quienes fueron tomados por sorpresa con el apoyo de la Legión Británica de James Rook y los Bravos de Páez. Las bajas se contaron en 500 realistas y 140 patriotas. Antes de que los realistas se recuperaran, los Libertadores iniciaron la ruta hacia Tunja por Toca y Chivatá, mientras Barreiro lo hacía por el camino real de Tunja y Chiquinquirá.
El 7 de agosto de 1819, ambos ejércitos se trabaron en feroz combate en el estrecho Puente de Boyacá en las primeras horas del día. Los realistas querían defender el pasaje y los patriotas abrirse paso. El fragor de la batalla fue hacia la media tarde, distribuida en las dos secciones del propio Puente y hacia Samacá. Un papel fundamental fue desempeñado por las milicias campesinas de Tunja: los hombres de ruana y alpargatas cumplieron la misión decisiva de repeler a los soldados del Rey. Era el aporte de una masa irredenta de colombianos del campo quienes comprendieron que una era finalizaba y que los adalides Bolívar y Santander luchaban con ellos para consolidar la República.
El ejército de Barreiro salió en desbandada, siendo perseguido por los insurgentes. Fue tal la desmoralización que un simple adolescente apresó al Comandante español. Los restantes jefes fueron tomados prisioneros.
En el parte oficial de Sublette, 13 patriotas perdieron la vida en el Puente, entre los cuales Fray Miguel Díaz, porque buena facción del clero estuvo con los patriotas para decidir el destino de Colombia.
Las repercusiones del triunfo en el Puente de Boyacá llegaron hasta el Perú, Argentina y Chile. Los americanos estimaron que recobraban nuevos bríos, que el desastre de los realistas prometía nuevas victorias y que la causa de todo un continente vencería al final. La onda expansiva de la derrota de Barreiro llegó hasta España pues los liberales arremetían contra el despotismo de Fernando VII lo cual entorpeció la campaña de reconquista.
Dos años más tarde, el Istmo de Panamá, entre otras opciones, decide anexarse a la Gran Colombia bolivariana. A mi entender, dos fueron los motivos que espolearon la gran determinación: el Bolívar imán que aglutina una Nación gigantesca y variada, un numen inspirador, visionario soñador y a la vez práctico. Afirmado sobre sólidos principios, el país colombiano ofrece mejores garantías ante las ideas conservadoras y recuperadoras de la Santa Alianza europea.
La Batalla de Boyacá de 7 de agosto de 1819 fue el término de la Campaña Libertadora que corroboró la independencia. Al mismo tiempo fue estímulo y promesa de seguridad para la comunidad hispano-americana, entre ellas el Istmo de Panamá. Al cobijarse bajo el pendón colombiano, los panameños supieron desde el primer momento que sellaban su destino en busca de un óptimo porvenir. Y en ello consistió el horizonte que vislumbramos en los 82 años de pertenencia política a la Colombia eterna.
Los intentos de recuperación del vasto territorio tomaron años, unos prometidos al fracaso, otros con relativos éxitos, pero la determinación de los republicanos era irrevocable de fundar un Estado nuevo sobre los principios de democracia, división de los poderes y acceso del pueblo a los altos niveles de mando.
La Colonia tocaba irremisiblemente a su fin, luego de tres siglos de dominación española en esta orilla del Atlántico. La fogata de la rebeldía prende de uno al otro extremo del hemisferio. En Colombia, Nariño, Santander y Bolívar, principalmente, son los cabecillas e ideólogos del movimiento emancipador.
La frágil República proclamada en 1810 requería aún de una ofensiva militar extraordinaria para expulsar las huestes hispánicas del territorio y esta vez de manera contundente. Sería la Campaña Libertadora de 1819 porque los criollos estaban decididos a fundar una Patria estable, sobre bases firmes de acuerdo a la sentencia de Francisco de Paula Santander: "Las armas os han dado independencia; las leyes os han dado libertad".
Bolívar planteó ante los jefes del ejército el programa de enfrentamientos según el esquema que los llevaría a batirse en los Llanos de Casanare, el paso de los Andes y luego adentrarse en las tierras de Tunja hasta la apoteosis final en el Puente de Boyacá.
En mayo de aquel año glorioso, el ejército comenzó su marcha desde Venezuela. La facción dirigida por Bolívar y los soldados de Santander se fundieron en Tame. Poco tiempo después, el Trincherón de Paya fue escenario de la primera escaramuza de guerra.
Hubo la famosa operación del Páramo de Pisba, los combates de Gámeza y Tópaga.
En Corrales de Bonza el ejército fue reorganizado para dos peleas que serían no solamente decisivas, sino que sus secuelas repercutirían en la historia de Colombia y de otros pueblos del continente: el Pantano de Vargas y el Puente de Boyacá.
Por una ironía de la historia, la batalla del Pantano de Vargas fue librada el 25 de julio, día del Apóstol Santiago, el Patrono matamoros de España.
Bolívar estaba al frente de 2.500 soldados que debían batirse con los 3.800 del Coronel español José María Barreiro. Aparentemente perdida la acción para los colombianos, Juan José Rondón irrumpió con sus lanceros que diezmaron a los realistas quienes fueron tomados por sorpresa con el apoyo de la Legión Británica de James Rook y los Bravos de Páez. Las bajas se contaron en 500 realistas y 140 patriotas. Antes de que los realistas se recuperaran, los Libertadores iniciaron la ruta hacia Tunja por Toca y Chivatá, mientras Barreiro lo hacía por el camino real de Tunja y Chiquinquirá.
El 7 de agosto de 1819, ambos ejércitos se trabaron en feroz combate en el estrecho Puente de Boyacá en las primeras horas del día. Los realistas querían defender el pasaje y los patriotas abrirse paso. El fragor de la batalla fue hacia la media tarde, distribuida en las dos secciones del propio Puente y hacia Samacá. Un papel fundamental fue desempeñado por las milicias campesinas de Tunja: los hombres de ruana y alpargatas cumplieron la misión decisiva de repeler a los soldados del Rey. Era el aporte de una masa irredenta de colombianos del campo quienes comprendieron que una era finalizaba y que los adalides Bolívar y Santander luchaban con ellos para consolidar la República.
El ejército de Barreiro salió en desbandada, siendo perseguido por los insurgentes. Fue tal la desmoralización que un simple adolescente apresó al Comandante español. Los restantes jefes fueron tomados prisioneros.
En el parte oficial de Sublette, 13 patriotas perdieron la vida en el Puente, entre los cuales Fray Miguel Díaz, porque buena facción del clero estuvo con los patriotas para decidir el destino de Colombia.
Las repercusiones del triunfo en el Puente de Boyacá llegaron hasta el Perú, Argentina y Chile. Los americanos estimaron que recobraban nuevos bríos, que el desastre de los realistas prometía nuevas victorias y que la causa de todo un continente vencería al final. La onda expansiva de la derrota de Barreiro llegó hasta España pues los liberales arremetían contra el despotismo de Fernando VII lo cual entorpeció la campaña de reconquista.
Dos años más tarde, el Istmo de Panamá, entre otras opciones, decide anexarse a la Gran Colombia bolivariana. A mi entender, dos fueron los motivos que espolearon la gran determinación: el Bolívar imán que aglutina una Nación gigantesca y variada, un numen inspirador, visionario soñador y a la vez práctico. Afirmado sobre sólidos principios, el país colombiano ofrece mejores garantías ante las ideas conservadoras y recuperadoras de la Santa Alianza europea.
La Batalla de Boyacá de 7 de agosto de 1819 fue el término de la Campaña Libertadora que corroboró la independencia. Al mismo tiempo fue estímulo y promesa de seguridad para la comunidad hispano-americana, entre ellas el Istmo de Panamá. Al cobijarse bajo el pendón colombiano, los panameños supieron desde el primer momento que sellaban su destino en busca de un óptimo porvenir. Y en ello consistió el horizonte que vislumbramos en los 82 años de pertenencia política a la Colombia eterna.