¿Bombardeos "humanitarios"?
Bogotá/AIPE.- Nadie tiene por qué derramar una lágrima por el régimen o la persona de Slobodan Milosevic, el despreciable manipulador de odios de Yugoslavia, que instigó el genocidio de los musulmanes bosnios y ahora preside las matanzas contra la población albanesa de Kosovo.
Eso es una cosa. La otra son los sentimientos encontrados que producen los bombardeos de la OTAN, bajo la égida de Estados Unidos, para impedir o por lo menos debilitar- la campaña de progresivo exterminio que adelanta Milosevic de los albaneses kosovares (el 90% de la población de esa provincia) que reclaman mayor autonomía frente a la dominación serbia.
Se trata de una drástica acción militar que deja un mal sabor. No tanto por su pretendida finalidad humanitaria, como por el hecho mismo que significa bombardear a una nación soberana en razón de un conflicto interno. Son reflejos condicionados, que se rebelan frente al escenario de una coalición de ricas potencias occidentales que ejercen semejante despliegue de poder militar contra un país relativamente débil.
Sentimientos contradictorios, también. Porque si uno reclama posturas serias de las potencias del mundo contra genocidios, etnocidios, masacres y demás violaciones flagrantes de los derechos humanos, mal podría protestar cuando las democracias occidentales deciden adelantar operaciones de alta cirugía tecnológico-militar, para socavar las bases armadas de los gobiernos que oprimen a sus pueblos.
Habría que preguntarse si no existen otras alternativas eficaces para erosionar este tipo de regímenes, fuera de soltarles toneladas de bombas encima. La ofensiva aérea de la OTAN es, en todo caso, una dramática confirmación de la voluntad política colectiva de esos países y de hasta dónde están dispuestos a llegar en la aplicación de las nuevas reglas del juego internacionales.
Acciones que no siempre son coherentes ni consecuentes; que a veces también reflejan estratégicos intereses económicos o geopolíticos, que no se relacionan necesariamente con el altruismo. Ni con "imperativos morales" como los que invocó Clinton para justificar la decisión de bombardear a Yugoslavia.
Cuando en la lejana, empobrecida y anárquica Africa Central centenares de miles de hutus eran masacrados en Ruanda por sus enemigos étnicos, los policías del mundo brillaron por su ausencia.
En el campo del derecho internacional propiamente dicho, tampoco se puede decir que la decisión de la OTAN sea muy ortodoxa que digamos. Comenzando porque se brincaron al Consejo de Seguridad de la ONU, que se supone es el que aprueba este tipo de acciones colectivas. Y aunque está cobrando fuerza una jurisprudencia internacional que defiende la intervención militar por razones humanitarias, no se puede decir que tenga hoy un piso legal firme, ni un auténtico consenso internacional.
Países europeos como Italia y Francia se oponen a los bombardeos. El Grupo de Río los cuestiona por apartarse de la carta de la ONU. Rusia y China también los han condenado sin titubeos. La primera, por afinidades históricas, culturales y religiosas con los serbios. China, por sus inflexibles principios en política internacional. El presidente de la Duma rusa advirtió que Colombia también podría ser blanco eventual de bombardeos quirúrgicos de esta naturaleza. Con el argumento de combatir el narcotráfico, por ejemplo, considerado hoy como delito de lesa humanidad y ya calificado por Washington como una amenaza a su seguridad nacional.
El paralelo puede parecer hoy forzado y remoto. Y es más probable que, antes que bombas, a Colombia le caiga encima la nueva legislación penal internacional sobre delitos como secuestro, desaparición forzada, tortura, masacres, etc., que aquí se cometen a diario.
Pero lo cierto es que todas estas acciones y nuevas reglas -militares o jurídicas (caso Pinochet)- van sentando precedentes. Lo deseable es que no se traduzcan en una especie de "neoimperialismo humanitario" para el nuevo milenio. Vale decir, en una perversa aplicación, apoyada en grandiosos principios morales, de viejas hegemonías de poder del Primer Mundo contra el Segundo (una Yugoslavia), el Tercero (una Colombia), o el Cuarto (Ruanda, Burundi, etc).
Positivo sería que, bajo el liderazgo de Estados Unidos, las potencias occidentales se convirtieran en auténticas promotoras de la democracia y defensoras de los derechos humanos en el mundo. Históricamente no ha sido así, por desgracia. Ni el interés nacional de E. U. ha coincidido siempre con el de la humanidad. O con el de sus vecinos.
En Yugoslavia hay que ver cómo termina la cosa. A Hussein los bombardeos no lo movieron. Y a Milosevic podrían incluso fortalecerlo. No es fácil imponer derechos humanos desde el aire y los serbios, profundamente nacionalistas, son también unos guerreros feroces.
Eso es una cosa. La otra son los sentimientos encontrados que producen los bombardeos de la OTAN, bajo la égida de Estados Unidos, para impedir o por lo menos debilitar- la campaña de progresivo exterminio que adelanta Milosevic de los albaneses kosovares (el 90% de la población de esa provincia) que reclaman mayor autonomía frente a la dominación serbia.
Se trata de una drástica acción militar que deja un mal sabor. No tanto por su pretendida finalidad humanitaria, como por el hecho mismo que significa bombardear a una nación soberana en razón de un conflicto interno. Son reflejos condicionados, que se rebelan frente al escenario de una coalición de ricas potencias occidentales que ejercen semejante despliegue de poder militar contra un país relativamente débil.
Sentimientos contradictorios, también. Porque si uno reclama posturas serias de las potencias del mundo contra genocidios, etnocidios, masacres y demás violaciones flagrantes de los derechos humanos, mal podría protestar cuando las democracias occidentales deciden adelantar operaciones de alta cirugía tecnológico-militar, para socavar las bases armadas de los gobiernos que oprimen a sus pueblos.
Habría que preguntarse si no existen otras alternativas eficaces para erosionar este tipo de regímenes, fuera de soltarles toneladas de bombas encima. La ofensiva aérea de la OTAN es, en todo caso, una dramática confirmación de la voluntad política colectiva de esos países y de hasta dónde están dispuestos a llegar en la aplicación de las nuevas reglas del juego internacionales.
Acciones que no siempre son coherentes ni consecuentes; que a veces también reflejan estratégicos intereses económicos o geopolíticos, que no se relacionan necesariamente con el altruismo. Ni con "imperativos morales" como los que invocó Clinton para justificar la decisión de bombardear a Yugoslavia.
Cuando en la lejana, empobrecida y anárquica Africa Central centenares de miles de hutus eran masacrados en Ruanda por sus enemigos étnicos, los policías del mundo brillaron por su ausencia.
En el campo del derecho internacional propiamente dicho, tampoco se puede decir que la decisión de la OTAN sea muy ortodoxa que digamos. Comenzando porque se brincaron al Consejo de Seguridad de la ONU, que se supone es el que aprueba este tipo de acciones colectivas. Y aunque está cobrando fuerza una jurisprudencia internacional que defiende la intervención militar por razones humanitarias, no se puede decir que tenga hoy un piso legal firme, ni un auténtico consenso internacional.
Países europeos como Italia y Francia se oponen a los bombardeos. El Grupo de Río los cuestiona por apartarse de la carta de la ONU. Rusia y China también los han condenado sin titubeos. La primera, por afinidades históricas, culturales y religiosas con los serbios. China, por sus inflexibles principios en política internacional. El presidente de la Duma rusa advirtió que Colombia también podría ser blanco eventual de bombardeos quirúrgicos de esta naturaleza. Con el argumento de combatir el narcotráfico, por ejemplo, considerado hoy como delito de lesa humanidad y ya calificado por Washington como una amenaza a su seguridad nacional.
El paralelo puede parecer hoy forzado y remoto. Y es más probable que, antes que bombas, a Colombia le caiga encima la nueva legislación penal internacional sobre delitos como secuestro, desaparición forzada, tortura, masacres, etc., que aquí se cometen a diario.
Pero lo cierto es que todas estas acciones y nuevas reglas -militares o jurídicas (caso Pinochet)- van sentando precedentes. Lo deseable es que no se traduzcan en una especie de "neoimperialismo humanitario" para el nuevo milenio. Vale decir, en una perversa aplicación, apoyada en grandiosos principios morales, de viejas hegemonías de poder del Primer Mundo contra el Segundo (una Yugoslavia), el Tercero (una Colombia), o el Cuarto (Ruanda, Burundi, etc).
Positivo sería que, bajo el liderazgo de Estados Unidos, las potencias occidentales se convirtieran en auténticas promotoras de la democracia y defensoras de los derechos humanos en el mundo. Históricamente no ha sido así, por desgracia. Ni el interés nacional de E. U. ha coincidido siempre con el de la humanidad. O con el de sus vecinos.
En Yugoslavia hay que ver cómo termina la cosa. A Hussein los bombardeos no lo movieron. Y a Milosevic podrían incluso fortalecerlo. No es fácil imponer derechos humanos desde el aire y los serbios, profundamente nacionalistas, son también unos guerreros feroces.