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1964 -9 de enero- 2004


La bandera ultrajada recorría apenas la avenida Central cuando ya empezaban las primeras detonaciones. El saldo trágico, en vidas humanas, fue de 22 panameños muertos y más de 500 heridos. El sentimiento nacional se expresó en la procesión cívica que acompañó hasta el Jardín de Paz a los que, como Ascanio Arosemena, habían muerto con “las balas de cazar patos” de los hombres del general O’Meara.
El presidente Roberto Francisco Chiari, notificó al presidente Lyndon B. Johnson, en una áspera comunicación, la ruptura de las relaciones diplomáticas de Panamá con los Estados Unidos de América. El Lic. Miguel J. Moreno pronunció un vibrante, patriótico y emotivo discurso ante la OEA y la sociedad internacional condenaba la agresión.
Restablecidas las relaciones, se instaló una Comisión Negociadora de un nuevo Tratado del Canal que remplazara al oprobioso Hay-Bunau Varilla. Treinta meses más tarde, al descubrirse el contenido de los borradores elaborados, la población debatió y rechazó los denominados “3 en 1”. El régimen de Marco Robles se vio obligado a abandonar sus intenciones y, debilitado por las protestas, buscó el apoyo de la entonces Guardia Nacional, que lo mantuvo en el poder.
El Dr. Arnulfo Arias triunfó en las elecciones de mayo de 1968, pero ya para ese momento el militarismo se aprestaba al asalto del poder. El 11 de Octubre empezó el calvario del pueblo panameño. Armado y respaldado por el gobierno norteamericano, la satrapía se encargó de destruir todas y cada una de las instituciones de la Patria. Violó y derogó la Constitución democrática de 1946, pactó con los “comunistas” y con la oligarquía, redactó su propia Constitución del ‘72 con el nefasto artículo 277, sembró la corrupción en todos los niveles y puntos del país con la circense cofradía de “representantes de corregimientos”, dio rienda suelta a la entrega total de Panamá a intereses extranjeros y montó la farsa nacionalista que culminó en los tratados que le redactó Carter.
Los tratados fueron impuestos en un plebiscito amañado, en ausencia total de libertades democráticas, con centenares de exiliados. Los que aplaudieron y defendieron los tratados, aceptaron reconocerle a Estados Unidos con la enmienda De Concini, la potestad de poder intervenir militarmente en Panamá “cuando lo estimen conveniente”. Lejos de condenar la intervención, la apadrinaron al dedicarse durante estos diez años a recorrer el mundo, pidiendole a otros países que se adhirieran al aberrante Tratado de Neutralidad. No contentos con todo el daño, los torrijistas acordaron también el Tratado de Montería y el Tratado de San José para satisfacer así la voracidad de los gobernantes colombianos y ticos contra Panamá.
Torrijistas primero y norieguistas después, encarcelaron, torturaron, vejaron, exiliaron, decapitaron y asesinaron, todo a nombre de un “proceso nacionalista” y con el pleno respaldo de todas las “democracias” de Occidente y de Oriente. Nunca les importó con el pueblo panameño.
Al conmemorar este 9 de enero, cabe preguntarse si tendremos la sangre fría necesaria para que la amnesia no se siga apoderando de nuestras mentes y sepamos actuar y decir las verdades con la dignidad que las circunstancias exigen; para levantar nuestra voz con determinación ante las pruebas evidentes de reaparición del militarismo disfrazado de “fuerza pública” o de “servicio de protección institucional”; de asumir las responsabilidades de nuestras negligencias y posturas acomodaticias; de repudiar a quienes intenten repetir los errores.
No se trata de abrir una disputa sobre el pasado, se trata sí de tenerlo muy presente. No se trata tampoco de rechazar el presente impuesto por unos y aplaudido por otros; sí se trata de no detenernos, cual masoquistas modernos, en él. De no actuar como panameños, simple y llanamente, hemos perdido el porvenir. Recordemos a Santayana: “Los pueblos que no conocen su pasado, están condenados a revivirlo”.

101 años de Panamá América

 
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