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1989: la deuda del luto y la historia


Veinte años han pasado sin un monumento que honre la memoria de los panameños que perdieron sus vidas durante los trágicos hechos desatados por el ataque del ejército estadounidense contra las Fuerzas de Defensa que lideraba el General M.A. Noriega. Dicha ausencia es reveladora de las deficiencias de la democracia panameña en el proceso de construcción de la patria. No se puede celebrar la victoria, porque no fueron fuerzas panameñas las que desalojaron al gorila dictador y no es el Estado panameño el que lo procesó y el que lo hace pagar una condena. No se trata tampoco de enarbolar la bandera de la nostalgia, porque una amplia mayoría de panameños estaba ya harta del abuso y el atropello de los hombres de uniforme y con su caída se liberó una esperanza para las futuras generaciones. Pero ¡qué precio tan alto hubo que pagar! Las vidas que se perdieron hay que respetarlas porque eran vidas de panameños y panameñas, independientemente de su afiliación política o proclividad ideológica. El festejo y la alegría que hubiesen sido legítimos por la recuperación de la democracia, se los tragaron las fosas comunes donde fueron depositados los restos de cientos, o miles, de panameños (la verdad aún no se sabe), sin nombre, sin cristiana sepultura, sin dignidad humana. 20 años han pasado en los cuales han sido más fuertes el griterío y el rencor, la celebración frívola y la arenga irresponsable, que el luto debido ante la pérdida innecesaria. ¿Cuántos años más tendrán que pasar para que le hagamos justicia a la historia y compartamos una historia con justicia?

101 años de Panamá América

 
101 años Panamá América