1999: ¿Año de cambios o de frustraciones?
Pasó un año y viene otro. Acaba de terminar 1998 con sus éxitos, pero también con sus frustraciones y desengaños. Se inicia un año que será histórico por las repercusiones tan trascendentales que se darán para el futuro de las nuevas generaciones. Dependerá exclusivamente de esta generación lo que hagamos y de nadie más.
¿Tendremos la madurez para colocar los intereses de la Patria por encima de los partidistas y personales? ¿ Hemos recogido las experiencias de 97 años de vida republicana y hemos madurado lo suficiente para comprender que tenemos que seguir haciendo los cambios que el país requiere? ¿Continuaremos con el conformismo tradicional cuyo "status quo" nos ha impedido superar nuestra condición de país subdesarrollado? Son estas interrogantes que tenemos que contestarnos.
En el mediodía del 31 de diciembre de 1999, para ser exacto 12 horas antes del inicio del nuevo siglo, sentiremos el orgullo que representa el ejercer la total jurisdicción sobre todo nuestro territorio y la legítima satisfacción de que una sola bandera, la nuestra ondee en nuestro país. Será un regocijo, pero también de reflexión y de decisiones.
¿Seguimos siendo lo que somos o queremos cambiar? Eso tendremos que preguntarnos y también tendremos que decidir. Todo cambio tiene un precio; conlleva un sacrificio, pero los beneficios futuros lo ameritan.
1998 fue un año de muchos cambios estructurales y el Presidente Ernesto Pérez Balladares continuó con la modernización de la administración pública, que se inició al asumir el poder. Se empinó sobre la política fácil de continuismo y pagó, temporalmente, por ello un precio político. Mañana, sin duda alguna, se apreciará más que hoy lo que con valentía hizo.
Colocar a Panamá en posición de poder salir de su condición de país subdesarrollado requiere medidas adicionales y mucho sacrificio. Si el pueblo no lo comprende y no está dispuesto a este sacrificio, continuaremos como hasta el presente dando dos pasos hacia delante y uno hacia atrás. Sin embargo, nuestra pobreza exige que demos tres pasos en trote hacia delante y ninguno hacia atrás.
El progreso de un país sólo se logra si se dan las inversiones que se requieran para lograr su desarrollo integral; con inversiones foráneas que complementan la capacidad limitada del capital nacional; con paz social; con una alta productividad tanto del sector público como privado.
Para poder lograr a mediano plazo la aspiración de todos de vivir en un país con menos pobreza, más empleo, menos criminalidad y con más equidad social, tenemos que tener muy claros los objetivos de nuestra nación, que deben estar por encima de los criterios pasajeros. Esa agenda nacional debe tener una definición de sus prioridades.
La modernización de la educación nos permitirá contar con un personal más capacitado tanto para el sector privado como el público, que contribuya a mejorar la productividad que es lo que ayuda al enriquecimiento.
Además de la adecuada preparación es imprescindible que el servidor público tenga la seguridad de una estabilidad que su capacidad le da y que la carrera administrativa le garantiza. Se tiene que seguir con los esfuerzos iniciales que se han dado y establecer paralelamente una escala salarial general.
Un gobierno con las mejores intenciones y los planes de desarrollo más coherentes y viables no obtendrá el éxito en sus empeños, si no logra la descentralización del aparato administrativo. Seguiremos con el tortuguismo burocrático y la lentitud que todo lo obstaculiza. Las otras prioridades que tiene este gobierno, le impidió adelantar, como era su intención, el proyecto general de descentralización administrativa y que tuvo a manera de ensayo, como un primer paso, cederle al municipio colonense los beneficios del impuesto de inmuebles. Son éstas, entre otras, las medidas que pueden conducirnos a elevar nuestra capacidad de producción y lograr un mejoramiento integral en la condición de vida de los panameños.
En estos días de reflexión, de análisis y de renovación de buenos propósitos, tenemos que llegar a la conclusión, primero individualmente y luego en forma colectiva, que estamos frente a una gran encrucijada. Dejemos el pasado anquilosante y vayamos hacia delante con propósitos claros y voluntad férrera o continuaremos con el conformismo indiferente de formar parte de una sociedad frustrada y resentida en espera de un milagro que la redima de su miseria.
La entrada al nuevo milenio, la reversión de las áreas canaleras y la administración exclusiva de la vía acuática, no significa que caerá sobre Panamá una lluvia incontenible de maná. El progreso y la riqueza de este país no lo determina el calendario, lo determinará lo que hagamos. Si bien tenemos una oportunidad, como pocos, también tenemos graves responsabilidades.
Nuestros dirigentes deben superar el egoísmo tradicional y dejar de lado el oportunismo, si queremos tener éxito en nuestro empeño de lograr una patria grande para todos y no para unos pocos. La oportunidad la tendremos, pero tendremos también la voluntad, la perseverancia y la fortaleza que los cambios de nuestras actitudes requieren.
¿Tendremos la madurez para colocar los intereses de la Patria por encima de los partidistas y personales? ¿ Hemos recogido las experiencias de 97 años de vida republicana y hemos madurado lo suficiente para comprender que tenemos que seguir haciendo los cambios que el país requiere? ¿Continuaremos con el conformismo tradicional cuyo "status quo" nos ha impedido superar nuestra condición de país subdesarrollado? Son estas interrogantes que tenemos que contestarnos.
En el mediodía del 31 de diciembre de 1999, para ser exacto 12 horas antes del inicio del nuevo siglo, sentiremos el orgullo que representa el ejercer la total jurisdicción sobre todo nuestro territorio y la legítima satisfacción de que una sola bandera, la nuestra ondee en nuestro país. Será un regocijo, pero también de reflexión y de decisiones.
¿Seguimos siendo lo que somos o queremos cambiar? Eso tendremos que preguntarnos y también tendremos que decidir. Todo cambio tiene un precio; conlleva un sacrificio, pero los beneficios futuros lo ameritan.
1998 fue un año de muchos cambios estructurales y el Presidente Ernesto Pérez Balladares continuó con la modernización de la administración pública, que se inició al asumir el poder. Se empinó sobre la política fácil de continuismo y pagó, temporalmente, por ello un precio político. Mañana, sin duda alguna, se apreciará más que hoy lo que con valentía hizo.
Colocar a Panamá en posición de poder salir de su condición de país subdesarrollado requiere medidas adicionales y mucho sacrificio. Si el pueblo no lo comprende y no está dispuesto a este sacrificio, continuaremos como hasta el presente dando dos pasos hacia delante y uno hacia atrás. Sin embargo, nuestra pobreza exige que demos tres pasos en trote hacia delante y ninguno hacia atrás.
El progreso de un país sólo se logra si se dan las inversiones que se requieran para lograr su desarrollo integral; con inversiones foráneas que complementan la capacidad limitada del capital nacional; con paz social; con una alta productividad tanto del sector público como privado.
Para poder lograr a mediano plazo la aspiración de todos de vivir en un país con menos pobreza, más empleo, menos criminalidad y con más equidad social, tenemos que tener muy claros los objetivos de nuestra nación, que deben estar por encima de los criterios pasajeros. Esa agenda nacional debe tener una definición de sus prioridades.
La modernización de la educación nos permitirá contar con un personal más capacitado tanto para el sector privado como el público, que contribuya a mejorar la productividad que es lo que ayuda al enriquecimiento.
Además de la adecuada preparación es imprescindible que el servidor público tenga la seguridad de una estabilidad que su capacidad le da y que la carrera administrativa le garantiza. Se tiene que seguir con los esfuerzos iniciales que se han dado y establecer paralelamente una escala salarial general.
Un gobierno con las mejores intenciones y los planes de desarrollo más coherentes y viables no obtendrá el éxito en sus empeños, si no logra la descentralización del aparato administrativo. Seguiremos con el tortuguismo burocrático y la lentitud que todo lo obstaculiza. Las otras prioridades que tiene este gobierno, le impidió adelantar, como era su intención, el proyecto general de descentralización administrativa y que tuvo a manera de ensayo, como un primer paso, cederle al municipio colonense los beneficios del impuesto de inmuebles. Son éstas, entre otras, las medidas que pueden conducirnos a elevar nuestra capacidad de producción y lograr un mejoramiento integral en la condición de vida de los panameños.
En estos días de reflexión, de análisis y de renovación de buenos propósitos, tenemos que llegar a la conclusión, primero individualmente y luego en forma colectiva, que estamos frente a una gran encrucijada. Dejemos el pasado anquilosante y vayamos hacia delante con propósitos claros y voluntad férrera o continuaremos con el conformismo indiferente de formar parte de una sociedad frustrada y resentida en espera de un milagro que la redima de su miseria.
La entrada al nuevo milenio, la reversión de las áreas canaleras y la administración exclusiva de la vía acuática, no significa que caerá sobre Panamá una lluvia incontenible de maná. El progreso y la riqueza de este país no lo determina el calendario, lo determinará lo que hagamos. Si bien tenemos una oportunidad, como pocos, también tenemos graves responsabilidades.
Nuestros dirigentes deben superar el egoísmo tradicional y dejar de lado el oportunismo, si queremos tener éxito en nuestro empeño de lograr una patria grande para todos y no para unos pocos. La oportunidad la tendremos, pero tendremos también la voluntad, la perseverancia y la fortaleza que los cambios de nuestras actitudes requieren.