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25 de diciembre


ESTE AÑO 2005 cayó en domingo. Feliz Navidad a todos los lectores de esta columna escrita. Es el momento de que sin mayor aspaviento ni excesiva retórica les hagamos llegar el sincero deseo porque ese Cristo en el que todos creemos nazca de nuevo en todas las actividades de nuestras vidas a pesar del afán indisimulado de tantos por desterrar de las navidades el verdadero motivo de ella.
Somos cristianos porque somos discípulos de Cristo y queremos seguirlo siendo, aunque de hecho estemos distantes de los ideales del verdadero discípulo. Que ojalá los factores concomitantes y culturales con que celebramos estas fechas religiosas nos ayuden a que esa felicidad sea posible, aunque sea en un grado mínimo, ya que que la felicidad plena no se consigue con deseos.
Navidad en domingo 25 de diciembre. Me imagino que esto sucederá cada siete años. Los que asistieron a la misa de medianoche y lograron cada uno según sus capacidades y cultura espiritual celebrar la cena en donde supuestamente sobresalió la frugalidad junto con la unión y la paz familiar, hoy continuarán en esa tesitura de alegría y paz como consecuencia de una reflexión sobre el recuerdo de la primera venida de nuestro Salvador.
Me hago a la idea de que quien más quien menos estará rumiando las consideraciones escuchadas durante la liturgia de la palabra de las Eucaristías diversas. Ha nacido el Salvador y lo reconocemos como tal, y por eso nos alegramos. Ahora bien, las noticias que vienen de la sede principal del catolicismo nos habla de cómo el Sumo Pontífice se preparaba y nos preparaba con sus reflexiones para esta Solemnidad. Entre las cosas curiosas señalan que fue recibido el miércoles pasado con aplausos por una feligresía que tiritaba de frío en Roma, cuando con cierto sentido de humor, apareció Su Santidad con un gorro que muchos creyeron que era el usual de Santa o Papa Noel. La mayoría de los presentes no sabía, sin embargo, que en realidad no se trataba de un gorro navideño, sino de un "camauro", una prenda de terciopelo rojo púrpura, ribeteado de armiño, que antes utilizaban los papas para defenderse del frío.
Una vez más, a causa de la gran cantidad de peregrinos afluidos, el Papa no celebró la audiencia en la más confortable Aula Pablo VI del Vaticano, sino al aire libre.
La forma del "camauro" se remonta al siglo XII. Con el paso del tiempo había sido olvidado hasta que lo recuperó el beato Juan XXIII, el Papa Bueno. Tras él volvió a quedar encerrado en un armario pontificio. Ante la sorpresa de todos, el Papa lo ha vuelto a rescatar, aunque se lo quitó al comenzar la audiencia que tuvo lugar en el clima de alegre y ansiosa espera de la festividad natalicia ya inminente.
¡Viene el Señor Jesús! Repetimos en estos días, en la oración, preparando nuestro corazón para experimentar la alegría de nacimiento del Redentor.
En particular, en esta última semana de Adviento, la liturgia acompaña y sostiene nuestro camino interior con repetidas invitaciones a acoger al Salvador, reconociéndole en el humilde Niño que yace en un pesebre. Podemos comprender mejor a través de tantos símbolos. El de la luz, que es uno de los más ricos de significado espiritual y sobre el que querría reflexionar brevemente.
La fiesta de Navidad coincide, en nuestro hemisferio, con la época del año en que el sol termina su parábola descendente y empieza la fase en la que se amplía gradualmente el tiempo de luz diurna, según el recorrido sucesivo de las estaciones.
Esto nos ayuda a comprender mejor el tema de la luz que prevalece sobre las tinieblas. Es un símbolo que evoca una realidad que afecta a lo íntimo del hombre: me refiero a la luz del bien que vence al mal, del amor que supera al odio, de la vida que vence a la muerte.
Navidad hace pensar en esta luz interior, en la luz divina, que nos vuelve a presentar el anuncio de la victoria definitiva del amor de Dios sobre el pecado y la muerte.

101 años de Panamá América

 
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