25% de panameños con SIDA
Por fortuna, la cifra es parcial; y se refiere a un promedio de cerca de 1,160 pacientes que acuden a hacerse examen de sangre a los laboratorios de la Caja de Seguro Social. Obviamente, son panameños con algún problema de salud quienes, aunque sean muchos, no son la mayoría de la población que normalmente está sana. La cifra, pues, no serviría como muestra representativa de la incidencia del SIDA en el total de la población del país. Pero de todos modos, arroja un resultado preocupante. Lo peor es que, últimamente, el mal está azotando a nuestra población joven, aprovechando su natural carácter más arriesgado, lo que la hace ser un grupo en extremo vulnerable.
Los médicos nacionales muestran cada vez más alarma. Con mayor frecuencia se enfrentan a la dura tarea de informar a jóvenes pacientes, de menos de 30 años, algunos con escasa y hasta única experiencia sexual, que han sido infectados con el mortal virus. En cada caso, se le da instrucciones para que informe a sus parejas previas y actuales de la difícil situación. Algunos, inmaduros e irresponsables, pretenden seguir con su vida normal o no informarlo a nadie, con lo cual siguen esparciendo la enfermedad a diestra y siniestra en progresión geométrica.
Según la UNICEF, en el 2002 habían unos 15 millones de niños y jóvenes menores de 18 años infectados. Tan sólo en América Latina, había 1.6 millones de enfermos con edades de entre 15 y 49 años de edad. En todo el planeta existen unos 35 millones de portadores del virus; y todos los días se multiplica.
En Panamá, aunque solamente se han detectado 6,198 casos desde 1984, se estima que tenemos decenas de miles de infectados. Son cifras aún muy imprecisas, porque hay muchos no reportados. Y en nuestro caso, igual que en el resto del mundo, el mal sigue esparciéndose.
Son tantos los enfermos que Juan Jované, cuando era director del Seguro Social, advirtió que los gastos de los costosos medicamentos de la "triple terapia", que controlan la enfermedad y prolongan por algún tiempo la vida, son tan altos que en los próximos años podrían por sí solos quebrar el programa de salud de la entidad. Obviamente, no es un problema exclusivo de Panamá sino un desafío global que, para colmos, no ha sido enfrentado por los países ricos -con Estados Unidos a la cabeza- con la misma determinación con que hacen sus guerras e inversiones bélicas. Ni siquiera a un 10% de lo que ha invertido esa potencia en su esfuerzo bélico en Irak llega su inversión anual en la búsqueda de una vacuna o remedio para esa peste universal. Mucho nos gustaría ver a ese país enfrentarse al SIDA con la misma determinación y arrojo con que aterrizó sus primeros astronautas en la Luna hace 35 años. Mientras tanto, no nos queda otra que insistir en su prevención.
(*El autor fue también rector de la Universidad de Panamá.)
Los médicos nacionales muestran cada vez más alarma. Con mayor frecuencia se enfrentan a la dura tarea de informar a jóvenes pacientes, de menos de 30 años, algunos con escasa y hasta única experiencia sexual, que han sido infectados con el mortal virus. En cada caso, se le da instrucciones para que informe a sus parejas previas y actuales de la difícil situación. Algunos, inmaduros e irresponsables, pretenden seguir con su vida normal o no informarlo a nadie, con lo cual siguen esparciendo la enfermedad a diestra y siniestra en progresión geométrica.
Según la UNICEF, en el 2002 habían unos 15 millones de niños y jóvenes menores de 18 años infectados. Tan sólo en América Latina, había 1.6 millones de enfermos con edades de entre 15 y 49 años de edad. En todo el planeta existen unos 35 millones de portadores del virus; y todos los días se multiplica.
En Panamá, aunque solamente se han detectado 6,198 casos desde 1984, se estima que tenemos decenas de miles de infectados. Son cifras aún muy imprecisas, porque hay muchos no reportados. Y en nuestro caso, igual que en el resto del mundo, el mal sigue esparciéndose.
Son tantos los enfermos que Juan Jované, cuando era director del Seguro Social, advirtió que los gastos de los costosos medicamentos de la "triple terapia", que controlan la enfermedad y prolongan por algún tiempo la vida, son tan altos que en los próximos años podrían por sí solos quebrar el programa de salud de la entidad. Obviamente, no es un problema exclusivo de Panamá sino un desafío global que, para colmos, no ha sido enfrentado por los países ricos -con Estados Unidos a la cabeza- con la misma determinación con que hacen sus guerras e inversiones bélicas. Ni siquiera a un 10% de lo que ha invertido esa potencia en su esfuerzo bélico en Irak llega su inversión anual en la búsqueda de una vacuna o remedio para esa peste universal. Mucho nos gustaría ver a ese país enfrentarse al SIDA con la misma determinación y arrojo con que aterrizó sus primeros astronautas en la Luna hace 35 años. Mientras tanto, no nos queda otra que insistir en su prevención.
(*El autor fue también rector de la Universidad de Panamá.)