¡365 días de muy pocas glorias!
365 DÍAS HAN transcurrido desde que los actuales gobernantes asumieron el poder y todavía el país no ve por dónde ni cómo es que se materializará la "patria nueva" que prometieron durante la campaña electoral. Después de un año de detentar todo el poder político, pues también controlan el Organo Legislativo, el país sigue sin rumbo cierto.
Si se tiene en cuenta que inmediatamente después de su derrota electoral de mayo de 1999, el señor Torrijos comenzó su campaña para las elecciones del 2004, ello significa que estuvo preparándose por más de cinco años para gobernar. Sin embargo, tal parece que todo ese tiempo hubiera pasado en vano. Durante la campaña electoral alardeó de su capacidad para resolver los problemas del país y no ahorró calificativos contra la presidenta Moscoso. A la par que la acusaba de incompetencia se autoexaltaba como el sumun de la inteligencia y la capacidad; pero todavía estamos a la espera de que demuestre que puede con la tarea.
El discurso electoral del entonces candidato, como todos recordamos, se concentró en la crítica acerba de la gestión de su predecesora; sus esquemáticas propuestas de campaña nunca superaron la generalidad. Esa receta sirvió para ganar las elecciones, pero no sirve para gobernar.
Eso, después de transcurrido un año, todavía no lo entienden los actuales gobernantes. Ya no sirve que sigan echándole las culpas de todo al gobierno anterior.
Ese mismo gobierno anterior, que tanto satanizaron, les sirvió en bandeja de plata la solución al problema de la reforma constitucional. De no haber sido por la actitud flexible de la señora Moscoso, que convocó a la Asamblea Legislativa a sesiones extraordinarias y le brindó su apoyo a la iniciativa, los actuales gobernantes hubieran comenzado su gestión teniendo que enfrentar una creciente presión popular que, dada la poca capacidad que han demostrado para lidiar con problemas de verdadera envergadura, nadie ahora podría apostar que hubieran podido superar. Nunca agradecieron ese gesto de hidalguía política.
Superado el problema de la reforma constitucional que les creó un confortable espacio de maniobra, como señalé en un artículo que publiqué poco después de su aprobación, el gobierno de turno tenía por delante tres compromisos, sobre los que había prometido soluciones "milagrosas".
Ellos son: la reforma tributaria, las reformas a la Caja de Seguro Social y la futura ampliación del Canal de Panamá.
La reforma tributaria, largamente anunciada durante la campaña electoral, supuestamente enmendaría la realizada por el gobierno de la señora Moscoso, calificada de "saca plata" por el señor Torrijos. Los resultados están a la vista y no requieren de mayores comentarios. En vez de mejorar, ha empeorado la situación económica de los panameños y después de ocho meses de haberla aprobado, el gobierno de turno todavía no encuentra la fórmula para reglamentarla, de manera que la comunidad la entienda.
Las reformas a la seguridad social, que debieron basarse en un consenso nacional promovido desde la presidencia, debido a la manera impositiva e inconsulta en que fueron aprobadas, llevaron al país al borde del caos. Y el gobierno, en lugar de tratar de corregir el rumbo, ha optado por la manipulación del diálogo, para de todas maneras tratar de imponer su proyecto. Los resultados también están a la vista; una nueva crisis se vislumbra en el horizonte.
La ampliación del Canal se sigue manejando en el secretismo. En el gobierno y en el extranjero se sabe del proyecto; pero el pueblo panameño, que es el que debe decidir si se realiza, lo desconoce totalmente.
En resumidas cuentas, en ninguno de esos temas, de verdadera relevancia nacional, el gobierno de turno ha dado la talla. Y si a eso se suma que sus tres promesas fundamentales: más empleo, más transparencia y más seguridad siguen flotando en el horizonte de las promesas incumplidas, por más generosidad que ensayemos al momento de darle una calificación, después de un año de gobierno, de muchas penas y muy pocas glorias, los actuales gobernantes no superan la casilla de los reprobados.
Si se tiene en cuenta que inmediatamente después de su derrota electoral de mayo de 1999, el señor Torrijos comenzó su campaña para las elecciones del 2004, ello significa que estuvo preparándose por más de cinco años para gobernar. Sin embargo, tal parece que todo ese tiempo hubiera pasado en vano. Durante la campaña electoral alardeó de su capacidad para resolver los problemas del país y no ahorró calificativos contra la presidenta Moscoso. A la par que la acusaba de incompetencia se autoexaltaba como el sumun de la inteligencia y la capacidad; pero todavía estamos a la espera de que demuestre que puede con la tarea.
El discurso electoral del entonces candidato, como todos recordamos, se concentró en la crítica acerba de la gestión de su predecesora; sus esquemáticas propuestas de campaña nunca superaron la generalidad. Esa receta sirvió para ganar las elecciones, pero no sirve para gobernar.
Eso, después de transcurrido un año, todavía no lo entienden los actuales gobernantes. Ya no sirve que sigan echándole las culpas de todo al gobierno anterior.
Ese mismo gobierno anterior, que tanto satanizaron, les sirvió en bandeja de plata la solución al problema de la reforma constitucional. De no haber sido por la actitud flexible de la señora Moscoso, que convocó a la Asamblea Legislativa a sesiones extraordinarias y le brindó su apoyo a la iniciativa, los actuales gobernantes hubieran comenzado su gestión teniendo que enfrentar una creciente presión popular que, dada la poca capacidad que han demostrado para lidiar con problemas de verdadera envergadura, nadie ahora podría apostar que hubieran podido superar. Nunca agradecieron ese gesto de hidalguía política.
Superado el problema de la reforma constitucional que les creó un confortable espacio de maniobra, como señalé en un artículo que publiqué poco después de su aprobación, el gobierno de turno tenía por delante tres compromisos, sobre los que había prometido soluciones "milagrosas".
Ellos son: la reforma tributaria, las reformas a la Caja de Seguro Social y la futura ampliación del Canal de Panamá.
La reforma tributaria, largamente anunciada durante la campaña electoral, supuestamente enmendaría la realizada por el gobierno de la señora Moscoso, calificada de "saca plata" por el señor Torrijos. Los resultados están a la vista y no requieren de mayores comentarios. En vez de mejorar, ha empeorado la situación económica de los panameños y después de ocho meses de haberla aprobado, el gobierno de turno todavía no encuentra la fórmula para reglamentarla, de manera que la comunidad la entienda.
Las reformas a la seguridad social, que debieron basarse en un consenso nacional promovido desde la presidencia, debido a la manera impositiva e inconsulta en que fueron aprobadas, llevaron al país al borde del caos. Y el gobierno, en lugar de tratar de corregir el rumbo, ha optado por la manipulación del diálogo, para de todas maneras tratar de imponer su proyecto. Los resultados también están a la vista; una nueva crisis se vislumbra en el horizonte.
La ampliación del Canal se sigue manejando en el secretismo. En el gobierno y en el extranjero se sabe del proyecto; pero el pueblo panameño, que es el que debe decidir si se realiza, lo desconoce totalmente.
En resumidas cuentas, en ninguno de esos temas, de verdadera relevancia nacional, el gobierno de turno ha dado la talla. Y si a eso se suma que sus tres promesas fundamentales: más empleo, más transparencia y más seguridad siguen flotando en el horizonte de las promesas incumplidas, por más generosidad que ensayemos al momento de darle una calificación, después de un año de gobierno, de muchas penas y muy pocas glorias, los actuales gobernantes no superan la casilla de los reprobados.