37 años de vida universitaria
El viernes recién pasado, el decano de la Facultad de Humanidades Carlos David Castro y el jefe del Departamento de Filosofía, Pedro Pablo Espinosa, presidieron un acto en razón de mi jubilación como Profesor de Filosofía al cabo de treintisiete años de vinculación con la Universidad de Panamá. En el mismo, el arquitecto Ricardo Bermúdez tuvo palabras sumamente generosas que agradezco sinceramente.
En esa oportunidad evoqué recuerdos de mi experiencia universitaria, que comparto:
"La universidad o mejor aún las universidades han constituido unos de los principales cauces de mi vida. En mi calidad de estudiante, conocí primero las universidades de Yale y de París (la Sorbona). En Yale obtuve el título de ´Bachelor in Liberal Arts´, con especialización en economía y en literatura inglesa... En la Sorbona obtuve la ´Licence ès Lettres´ de enseñanza en Filosofía, y asistí a los cursos de profesores como el filósofo Paul Ricoeur, el sociólogo Raymond Aron y el psicólogo Jean Piaget... Por último, en la Escuela de Altos Estudios Prácticos de la Sorbona, obtuve el ´Doctorat du Troisième Cycle´ en Historia de la Filosofía, con una tesis sobre Santo Tomás de Aquino, bajo la dirección del medievalista Paul Vignaux, discípulo del gran historiador de la filosofía de la Edad Media Etienne Gilson. Mis estudios universitarios en Francia, de 1954 a 1963, se realizaron así bajo la influencia... de la tradición intelectual central francesa, que calificaría de clásica y libertaria.
A esta experiencia como estudiante, se añade mi experiencia como docente. En 1963 ingresé a la Universidad de Panamá, hasta que a raíz del golpe militar me excluyeron como peligroso para la seguridad del Estado. Trabajé entonces en la USMA, pero al poco tiempo eliminaron la Licenciatura en Filosofía. Entonces mi gran amigo, Don Lino Rodríguez Arias, quien debido a la dictadura se había ido a Venezuela a enseñar filosofía del derecho en la Universidad de Mérida, me consiguió trabajo en la misma universidad.
Estando allí, me invitaron a formar parte del profesorado de la Universidad Internacional de la Florida, la universidad estatal que se abrió ese mismo año en Miami, donde permanecí desde 1972 hasta 1977. Durante este tiempo serví como Jefe del Departamento de Filosofía y Religión, Decano de la Facultad de Humanidades y Vicepresidente Académico. Después del referéndum sobre los Tratados Torrijos-Carter, pude reingresar a la Universidad de Panamá y en ella he enseñado hasta mediados del año pasado.
Estas experiencias, particularmente en la Universidad de Panamá, han sido centrales en mi vida. El filósofo católico Jacques Maritain propuso como ideal humano ´tener la cabeza dura y el corazón blando´, es decir una inteligencia exigente, comprometida con la verdad, y una afectividad abierta y cálida, dispuesta a amar y ayudar al prójimo. La Universidad me ha estimulado a mantener una disciplina en la búsqueda y formulación de la verdad, es decir a mantener "la cabeza dura". Su pluralismo entre las personas, combinado con el ambiente colectivo favorable al marxismo en los sesenta y setenta y ahora favorable al pragmatismo, me retaron a definir mis propias posiciones frente a estas corrientes desde una perspectiva social cristiana seria, en diálogo y, si necesario, en debate, siempre con un espíritu de tolerancia recíproca.
Destaco algunas de mis vivencias en la Universidad de Panamá. Ingresé a la misma en medio de la controversia, porque los grupos estudiantiles de extrema izquierda de aquel entonces me adversaron sin conocerme. Cuando los estudiantes comprobaron que nunca he introducido consideraciones políticas ni en los temas de mis conferencias de filosofía ni en la evaluación de mis estudiantes, pude establecer una comunicación franca y muchas veces amical con estudiantes de todas las convicciones.
Me recuerdo, de manera muy especial, de Floyd Britton como estudiante. Uno de mis primeros días en la Universidad, al inicio de mi clase de Filosofía Antigua, se presentó con un grupo, exigiendo dirigirle la palabra a los estudiantes de la clase. Le contesté que en la hora de clase sólo hablaríamos el profesor y los estudiantes sobre temas del curso. Después de un tenso momento de indecisión, Floyd optó por respetar mi función de profesor y se retiró. Lo tuve luego de estudiante y desarrollamos una relación de mutuo respeto. De sus viajes a China o a Cuba me traía algún libro de regalo. Pocas cosas me impactaron tanto, con una mezcla de tristeza y de ira, como la información que había muerto en Coiba, asesinado con inaudita crueldad. Su muerte aún reclama justicia. Y su recuerdo aún espera un memorial en el campus universitario.
En mis primeros años en la Universidad de Panamá prevalecía una pugna entre el castrismo y el anti-castrismo y entre comunistas pro-soviéticos y comunistas pro-chinos, en la cual se daba a veces el uso de armas. En oportunidades debí retener a mis estudiantes en clase hasta que el tiroteo cesara. Un 24 de diciembre, cuando Teresita y yo nos preparábamos para la cena familiar, me llamó un estudiante, quien acababa de ser herido de bala en el campus, necesitaba un médico y temía ser arrestado si iba a la sala de urgencia del Santo Tomás. Lo fuimos a recoger y lo llevamos a la clínica privada de un amigo y compadre, el Dr. Gaspar García de Paredes, quien lo atendió. En agradecimiento, durante varios años, Teresita recibía el día de las madres una serenata de este joven y de sus copartidarios de extrema izquierda. Sí, la fórmula de Maritain es la correcta: la cabeza dura, pero el corazón blando.
1963 y 1964 fueron para mí extraordinariamente significativos. En un curso de Introducción a la Filosofía, al dictar una conferencia sobre la Apología de Sócrates, dije que la razón sólo debía recurrir a la violencia como último recurso con ´indecible tristeza´. Una estudiante alzó la mano y me dijo: "¿Ud. no cree profesor que la violencia puede ser el instrumento de la razón?". Luego explicó su tesis. Al día siguiente, el titular del periódico de la Unión de Estudiantes Universitarios (U.E.U.) era: "Estudiante increpa a Arias Calderón". La estudiante me vino a ver para asegurarme que ella no había tenido nada que ver con la publicación.
Era una estudiante cubana, habanera. Había sido castrista como la mayor parte de la juventud cubana y luego había participado en el inicio de la lucha contra Castro, cuando éste comenzó a cercenar las libertades por las cuales el pueblo cubano había luchado. Al ser arrestada buena parte de su grupo estudiantil, se había visto obligada a salir de Cuba para Venezuela. Se llamaba Teresita Yániz. Cuatro meses después de este incidente, el 9 de enero de 1964, nos casamos civilmente y el 7 de febrero por la Iglesia. Entre esas dos fechas participamos en el Comité de Rescate de la Soberanía, que presidía Jorge Illueca y del cual compartí la Secretaría con el Prof. Gustavo Tejada Mora.
Como resultado de mi experiencia universitaria y en dicho Comité, ingresé en el Partido Demócrata Cristiano. Al visitar a todos los partidos como miembro de la directiva del Comité, encontré que ninguno se preocupaba primordialmente por el drama de las relaciones entre Panamá y E.U., sino por el impacto del 9 de enero en los resultados eventuales de las elecciones que se celebrarían en mayo de ese año, con excepción del pequeño Partido Demócrata Cristiano, el cual respondía al drama con su tesis a favor de la "plena panameñización" del Canal. Ello me atrajo.
Así en la Universidad conocí a mi esposa y por la Universidad indirectamente fui a dar al PDC. ¿Cómo no voy entonces a estarle agradecido a la Universidad de Panamá? Pero mi vinculación a la Universidad no siempre fue positiva. A raíz del golpe militar, hubo colegas que, cuando Teresita fue al campus a buscar la constancia de mi servicio docente para poder solicitar trabajo en otra universidad, evitaron intencionalmente saludarla, por un temor que era humillante para ellos. Cuando pude regresar de 1977 a 1978, enseñé casi un semestre sin remuneración. Debí advertir que no pondría exámenes semestrales ni daría nota a más de cien estudiantes si mi reingreso no se normalizaba oficialmente. Lo que no se había hecho en meses, se hizo en días.
Estos sinsabores, sin embargo, fueron compensados por gestos de solidaridad, entre los cuales destaco la carta de la representación estudiantil ante la Junta de Facultad, con fecha del 15 de septiembre de 1969. En ella los estudiantes solicitaban al Rector Edwin Fábrega "hacer realidad nuestro deseo de que regresen los profesores Ricardo Arias Calderón y Ricaurte Soler". Expresaban "nuestra monolítica decisión de hacer cuanto sea posible para que puedan volver esos dos extraordinarios maestros cuya ausencia ha estremecido los mismos cimientos de los Departamentos de Filosofía e Historia". Y se identificaban como "quienes deseando realmente estudiar, lo único que piden es la oportunidad de hacerlo en la mejor de las formas: con lo mejores profesores...Que no prive ni por un instante la cuestión política". El primero de los 70 estudiantes que firmaba este documento de gran coraje intelectual y cívico (hay que recordar la fecha), fue mi antiguo alumno, ahora colega, Miguel Montiel... Sólo pude regresar ocho años más tarde, pero la carta me animó aún en los días más aciagos de la dictadura, por su defensa del principio de libertad académica y por su generosidad para conmigo.
Quisiera evocar un último recuerdo. Cuando fui Primer Vicepresidente y Ministro de Gobierno y Justicia, el grupo estudiantil vinculado al FER 29 me invitó a hablar en el Auditorio José Dolores Moscote. Días antes se habían producido serios incidentes cuando el Segundo Vicepresidente y Ministro de Planificación había visitado la Universidad. Algunos agentes de seguridad me recomendaron que no asistiera o, si lo hacía, que mi escolta me acompañara armada. Deseché ambos consejos. Estaba convencido de que la Universidad era mi casa y que los estudiantes me tratarían como miembro de la comunidad universitaria. Tal como lo esperaba, así sucedió. Pude dialogar con los estudiantes durante casi dos horas sobre todas las preguntas que formularon, incluso sobre la invasión, sin ningún incidente ni el menor irrespeto. Ese día sentí una honda e íntima satisfacción. La autenticidad de mi compromiso universitario y en particular con la Universidad de Panamá había sido reconocida de la manera la más efectiva y universitaria, a través de un diálogo franco y mutuamente tolerante. La Universidad en este caso no recurrió a la violencia ni como instrumento ni como último recurso. Había sido fiel a sí misma. ¡Ojalá fuera así en todas las circunstancias!" (ariyan@sinfo.net)
En esa oportunidad evoqué recuerdos de mi experiencia universitaria, que comparto:
"La universidad o mejor aún las universidades han constituido unos de los principales cauces de mi vida. En mi calidad de estudiante, conocí primero las universidades de Yale y de París (la Sorbona). En Yale obtuve el título de ´Bachelor in Liberal Arts´, con especialización en economía y en literatura inglesa... En la Sorbona obtuve la ´Licence ès Lettres´ de enseñanza en Filosofía, y asistí a los cursos de profesores como el filósofo Paul Ricoeur, el sociólogo Raymond Aron y el psicólogo Jean Piaget... Por último, en la Escuela de Altos Estudios Prácticos de la Sorbona, obtuve el ´Doctorat du Troisième Cycle´ en Historia de la Filosofía, con una tesis sobre Santo Tomás de Aquino, bajo la dirección del medievalista Paul Vignaux, discípulo del gran historiador de la filosofía de la Edad Media Etienne Gilson. Mis estudios universitarios en Francia, de 1954 a 1963, se realizaron así bajo la influencia... de la tradición intelectual central francesa, que calificaría de clásica y libertaria.
A esta experiencia como estudiante, se añade mi experiencia como docente. En 1963 ingresé a la Universidad de Panamá, hasta que a raíz del golpe militar me excluyeron como peligroso para la seguridad del Estado. Trabajé entonces en la USMA, pero al poco tiempo eliminaron la Licenciatura en Filosofía. Entonces mi gran amigo, Don Lino Rodríguez Arias, quien debido a la dictadura se había ido a Venezuela a enseñar filosofía del derecho en la Universidad de Mérida, me consiguió trabajo en la misma universidad.
Estando allí, me invitaron a formar parte del profesorado de la Universidad Internacional de la Florida, la universidad estatal que se abrió ese mismo año en Miami, donde permanecí desde 1972 hasta 1977. Durante este tiempo serví como Jefe del Departamento de Filosofía y Religión, Decano de la Facultad de Humanidades y Vicepresidente Académico. Después del referéndum sobre los Tratados Torrijos-Carter, pude reingresar a la Universidad de Panamá y en ella he enseñado hasta mediados del año pasado.
Estas experiencias, particularmente en la Universidad de Panamá, han sido centrales en mi vida. El filósofo católico Jacques Maritain propuso como ideal humano ´tener la cabeza dura y el corazón blando´, es decir una inteligencia exigente, comprometida con la verdad, y una afectividad abierta y cálida, dispuesta a amar y ayudar al prójimo. La Universidad me ha estimulado a mantener una disciplina en la búsqueda y formulación de la verdad, es decir a mantener "la cabeza dura". Su pluralismo entre las personas, combinado con el ambiente colectivo favorable al marxismo en los sesenta y setenta y ahora favorable al pragmatismo, me retaron a definir mis propias posiciones frente a estas corrientes desde una perspectiva social cristiana seria, en diálogo y, si necesario, en debate, siempre con un espíritu de tolerancia recíproca.
Destaco algunas de mis vivencias en la Universidad de Panamá. Ingresé a la misma en medio de la controversia, porque los grupos estudiantiles de extrema izquierda de aquel entonces me adversaron sin conocerme. Cuando los estudiantes comprobaron que nunca he introducido consideraciones políticas ni en los temas de mis conferencias de filosofía ni en la evaluación de mis estudiantes, pude establecer una comunicación franca y muchas veces amical con estudiantes de todas las convicciones.
Me recuerdo, de manera muy especial, de Floyd Britton como estudiante. Uno de mis primeros días en la Universidad, al inicio de mi clase de Filosofía Antigua, se presentó con un grupo, exigiendo dirigirle la palabra a los estudiantes de la clase. Le contesté que en la hora de clase sólo hablaríamos el profesor y los estudiantes sobre temas del curso. Después de un tenso momento de indecisión, Floyd optó por respetar mi función de profesor y se retiró. Lo tuve luego de estudiante y desarrollamos una relación de mutuo respeto. De sus viajes a China o a Cuba me traía algún libro de regalo. Pocas cosas me impactaron tanto, con una mezcla de tristeza y de ira, como la información que había muerto en Coiba, asesinado con inaudita crueldad. Su muerte aún reclama justicia. Y su recuerdo aún espera un memorial en el campus universitario.
En mis primeros años en la Universidad de Panamá prevalecía una pugna entre el castrismo y el anti-castrismo y entre comunistas pro-soviéticos y comunistas pro-chinos, en la cual se daba a veces el uso de armas. En oportunidades debí retener a mis estudiantes en clase hasta que el tiroteo cesara. Un 24 de diciembre, cuando Teresita y yo nos preparábamos para la cena familiar, me llamó un estudiante, quien acababa de ser herido de bala en el campus, necesitaba un médico y temía ser arrestado si iba a la sala de urgencia del Santo Tomás. Lo fuimos a recoger y lo llevamos a la clínica privada de un amigo y compadre, el Dr. Gaspar García de Paredes, quien lo atendió. En agradecimiento, durante varios años, Teresita recibía el día de las madres una serenata de este joven y de sus copartidarios de extrema izquierda. Sí, la fórmula de Maritain es la correcta: la cabeza dura, pero el corazón blando.
1963 y 1964 fueron para mí extraordinariamente significativos. En un curso de Introducción a la Filosofía, al dictar una conferencia sobre la Apología de Sócrates, dije que la razón sólo debía recurrir a la violencia como último recurso con ´indecible tristeza´. Una estudiante alzó la mano y me dijo: "¿Ud. no cree profesor que la violencia puede ser el instrumento de la razón?". Luego explicó su tesis. Al día siguiente, el titular del periódico de la Unión de Estudiantes Universitarios (U.E.U.) era: "Estudiante increpa a Arias Calderón". La estudiante me vino a ver para asegurarme que ella no había tenido nada que ver con la publicación.
Era una estudiante cubana, habanera. Había sido castrista como la mayor parte de la juventud cubana y luego había participado en el inicio de la lucha contra Castro, cuando éste comenzó a cercenar las libertades por las cuales el pueblo cubano había luchado. Al ser arrestada buena parte de su grupo estudiantil, se había visto obligada a salir de Cuba para Venezuela. Se llamaba Teresita Yániz. Cuatro meses después de este incidente, el 9 de enero de 1964, nos casamos civilmente y el 7 de febrero por la Iglesia. Entre esas dos fechas participamos en el Comité de Rescate de la Soberanía, que presidía Jorge Illueca y del cual compartí la Secretaría con el Prof. Gustavo Tejada Mora.
Como resultado de mi experiencia universitaria y en dicho Comité, ingresé en el Partido Demócrata Cristiano. Al visitar a todos los partidos como miembro de la directiva del Comité, encontré que ninguno se preocupaba primordialmente por el drama de las relaciones entre Panamá y E.U., sino por el impacto del 9 de enero en los resultados eventuales de las elecciones que se celebrarían en mayo de ese año, con excepción del pequeño Partido Demócrata Cristiano, el cual respondía al drama con su tesis a favor de la "plena panameñización" del Canal. Ello me atrajo.
Así en la Universidad conocí a mi esposa y por la Universidad indirectamente fui a dar al PDC. ¿Cómo no voy entonces a estarle agradecido a la Universidad de Panamá? Pero mi vinculación a la Universidad no siempre fue positiva. A raíz del golpe militar, hubo colegas que, cuando Teresita fue al campus a buscar la constancia de mi servicio docente para poder solicitar trabajo en otra universidad, evitaron intencionalmente saludarla, por un temor que era humillante para ellos. Cuando pude regresar de 1977 a 1978, enseñé casi un semestre sin remuneración. Debí advertir que no pondría exámenes semestrales ni daría nota a más de cien estudiantes si mi reingreso no se normalizaba oficialmente. Lo que no se había hecho en meses, se hizo en días.
Estos sinsabores, sin embargo, fueron compensados por gestos de solidaridad, entre los cuales destaco la carta de la representación estudiantil ante la Junta de Facultad, con fecha del 15 de septiembre de 1969. En ella los estudiantes solicitaban al Rector Edwin Fábrega "hacer realidad nuestro deseo de que regresen los profesores Ricardo Arias Calderón y Ricaurte Soler". Expresaban "nuestra monolítica decisión de hacer cuanto sea posible para que puedan volver esos dos extraordinarios maestros cuya ausencia ha estremecido los mismos cimientos de los Departamentos de Filosofía e Historia". Y se identificaban como "quienes deseando realmente estudiar, lo único que piden es la oportunidad de hacerlo en la mejor de las formas: con lo mejores profesores...Que no prive ni por un instante la cuestión política". El primero de los 70 estudiantes que firmaba este documento de gran coraje intelectual y cívico (hay que recordar la fecha), fue mi antiguo alumno, ahora colega, Miguel Montiel... Sólo pude regresar ocho años más tarde, pero la carta me animó aún en los días más aciagos de la dictadura, por su defensa del principio de libertad académica y por su generosidad para conmigo.
Quisiera evocar un último recuerdo. Cuando fui Primer Vicepresidente y Ministro de Gobierno y Justicia, el grupo estudiantil vinculado al FER 29 me invitó a hablar en el Auditorio José Dolores Moscote. Días antes se habían producido serios incidentes cuando el Segundo Vicepresidente y Ministro de Planificación había visitado la Universidad. Algunos agentes de seguridad me recomendaron que no asistiera o, si lo hacía, que mi escolta me acompañara armada. Deseché ambos consejos. Estaba convencido de que la Universidad era mi casa y que los estudiantes me tratarían como miembro de la comunidad universitaria. Tal como lo esperaba, así sucedió. Pude dialogar con los estudiantes durante casi dos horas sobre todas las preguntas que formularon, incluso sobre la invasión, sin ningún incidente ni el menor irrespeto. Ese día sentí una honda e íntima satisfacción. La autenticidad de mi compromiso universitario y en particular con la Universidad de Panamá había sido reconocida de la manera la más efectiva y universitaria, a través de un diálogo franco y mutuamente tolerante. La Universidad en este caso no recurrió a la violencia ni como instrumento ni como último recurso. Había sido fiel a sí misma. ¡Ojalá fuera así en todas las circunstancias!" (ariyan@sinfo.net)