7 de septiembre de 1977
El viernes de esta semana se cumplirán 24 años de la firma de los Tratados Torrijos-Carter, el 7 de Septiembre de 1977. El escenario de ese singular acontecimiento es conocido por todos: el Salón de las Américas de la Organización de los Estados Americanos en Washington sirvió como marco continental para que el General Omar Torrijos y el Presidente Jimmy Carter se sentaran uno al lado del otro para firmar el instrumento que abrogó el Tratado Hay-Bunau Varilla oficializado con el nombre de Convención del Canal Istmico suscrita entre la República de Panamá y los Estados Unidos de América, el 18 de Noviembre de 1903.
El Tratado Hay-Bunau Varilla había sido firmado en Noviembre de 1903 en una ceremonia furtiva, a hurtadillas. La precariedad de las credenciales que permitieron a Bunau-Varilla representar a Panamá en ese acto, estuvo agravada por el apremio sigiloso con que actuaron ambos protagonistas. Dos anillos de propiedad del señor Hay, uno que había pertenecido a Lord Byron y otro que portaba los símbolos familiares de Hay, fueron utilizados por Bunau-Varilla para sellar, en nombre de Panamá, la firma que había estampado sobre el documento. Este episodio, barroco y urticante, ilustra el hecho de que el Tratado Hay-Bunau Varilla fue firmado con designios contrarios a los intereses panameños y que tuvo el sello de la ignominia.
En la ceremonia del 7 de Septiembre de 1977, el General Torrijos estuvo investido de poderes que emanaron del pueblo panameño. La negociación, la redacción y la firma de los Tratados Torrijos-Carter tuvieron la fundamentación jurídica, la legitimidad política, la autoridad moral de un compromiso existencial sostenido del pueblo panameño para recuperar su soberanía y vivir con dignidad sin presencia ni dictados foráneos.
La firma de los Tratados Torrijos-Carter tuvo múltiples significados para el pueblo panameño. El pueblo celebró en Panamá con emoción y regocijo durante el día de la firma y en el transcurso de los días que siguieron a la ceremonia efectuada en Washington. En el júbilo multitudinario, entusiasta y contagioso hubo un componente imposible de traducir en palabras. Hubo un sentimiento íntimo de todo un pueblo que a través de la algarabía sólo lograba expresar una metáfora de su alegría por el logro de la liberación largamente ansiada y angustiosamente buscada por varias generaciones.
El 7 de Septiembre de 1977, los panameños tuvimos una vivencia colectiva en la cual la mayor parte de los acontecimientos que componen la historia nacional, resonaron, renacieron en nuestros espíritus imbuidos de un mensaje de conciencia.
Confieso con humildad, que comparto con miles y miles de mis conciudadanos la satisfacción de pertenecer a la generación del 47, que se entregó entera a la lucha por la plena realización de nuestra independencia, por la restauración de la integridad del territorio nacional y por el predominio, sin injerencias extranjeras, de nuestra sola soberanía en toda la extensión del suelo que es nuestro y que por derecho nos pertenece. Una generación que replanteó los ideales nacionalistas en términos concordantes con un momento universal, distinguido por la rebeldía de los pueblos oprimidos contra toda forma de opresión extranjera, de colonialismo y de supeditación a designios imperialistas, de todo origen y color.
La evocación que hago hoy en esta crónica no tiene intenciones retóricas. Tiene la intención de señalar que en aquel mensaje que recibimos el 7 de Septiembre de 1977 había un mandato implícito: el de seguir valiéndonos de nuestra historia para delinear y construir el porvenir.
El mensaje que la historia de las luchas nacionales continúa transmitiéndonos solamente alcanza su meta cuando esa historia se hace fecunda para la reflexión y la acción de los panameños y panameñas de cara al futuro, con vistas al futuro. La historia nacional puede ser comentada, analizada, interpretada según las épocas, por partes o por segmentos. Pero mientras más lejano es el pasado al cual nos remontamos, más encontramos en los acontecimientos de los últimos 25 años el complemento racional y emocional para sentir que tenemos una nación que se ha ganado el derecho a invocar su madurez, su mayoría de edad, la solidez de su personalidad, de su identidad, la justificación de una renovada promesa, de un perdurable compromiso con nuestro pasado y con nuestro futuro.
A propósito de ese futuro, los panameños y panameñas debemos participar plena y honestamente en la integración a conciencia de nuestros recursos, de todas nuestras energías y de todo nuestro potencial económico y cultural.
La firma del Tratado Hay-Bunau Varilla hizo abortar casi todas las expectativas panameñas de vida independiente. Pero el sentimiento nacional, en vez de desfallecer o debilitarse ante esa hipoteca política se fue fortaleciendo en la lucha generacional por la reivindicación de la soberanía del Estado panameño. Ese sentimiento nacional nos permitió reunir voluntades, vivir fraternalmente nuestras luchas patrióticas, revitalizar las fuerzas y las aptitudes para los esfuerzos y las realizaciones comunes.
No hay ninguna razón ni histórica ni filosófica para que a inicios del Siglo XXI, a dos años de la celebración del Centenario de la República, nos sintamos inermes o incapaces de seguir plantando las raíces de la nacionalidad y abonando el florecer de nuestro futuro. Estamos en un momento en el que la improvisación, la estolidez, la pereza y la deshonestidad son adversados por la mayoría de un pueblo deseoso de que se impulse el desarrollo, la paz, el bienestar y la tranquilidad ciudadanas.
El mundo entero se conmovió ante las imágenes transmitidas por la prensa y la televisión desde Washington el 7 de Septiembre de 1977. Los panameños y panameñas estamos obligados a demostrarle a ese mundo que la conquista de la liberación nacional que se firmó ese día no ha sido desaprovechada, que continuamos esforzándonos para convertir esa conquista en símbolo imperecedero y en capital semilla para nuestros afanes y nuestros esfuerzos nacionales.
El 7 de Septiembre de 1977 está ya inscrito en los fastos de la nación panameña. Como lo expresé, en mi condición de Jefe del Ejecutivo en 1984, señala el término de un tramo en el largo camino del pueblo panameño hacia la meta del Estado soberano e independiente. Si vale como afán cumplido, es más significativo todavía como incitación a la persistencia y continuidad de la tarea de la edificación de nuestro futuro, faena que siempre será inconclusa porque la nación es una comunidad de sentimientos de ideas y de designios que se realiza en la perspectiva de un perfeccionamiento constante de sí misma. De ello nace justamente la conciencia de la unidad sin la cual el cometido colectivo puede frustrarse o desfallecer. Estamos comprometidos a contribuir a la tarea de edificar y consolidar sobre cimientos cada vez más firmes la nacionalidad, obra ésta de la decisión irrenunciable que nos corresponde por derecho natural.