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'a1Tristeza no tem fin!


Ah, el fútbol! ¿Qué tiene de misterioso este deporte donde el azar no cumple con el cálculo de probabilidades ni con las reglas estadísticas que lo descifran? Vivimos en un mundo donde las certezas y los absolutos se disuelven con la misma facilidad que un terrón de azúcar en un pocillo de café. En el nuevo paradigma, el análisis estadístico delimita la posibilidad del azar, o de la fortuna. La evidencia estadística es la base donde se sustenta la veracidad de los hechos.
Antes del partido final de la Copa América, todo presagiaba, estadísticamente, que el seleccionado de fútbol argentino vencería cómodamente a los representantes del fútbol brasileño. No la Argentina a Brasil. ¡Fuera los himnos patrios! En su lugar hay que poner música popular, Garota de Ipanema, El Choclo o El Tambor de la alegría.
Pues bien, las estadísticas se han equivocado. Ganaron los verdeamarelhos por inteligencia, astucia, capacidad y táctica. Los albicelestes perdieron porque no les dejaron lucir lo que sabían hacer y porque tácticamente no encontraron la manera de demostrar su pretendida superioridad durante los noventa minutos de juego. Debo confesar -para aliviarme en algo- que esta vez, el azar o la fortuna que también reina en el inconsciente colectivo del fútbol, por mínimas que fuesen, no estuvieron de nuestro lado. Por eso, tristeza no tem fin.
Ganó Brasil: Viva Brasil. El fútbol es así. ¿Cómo pueden explicar los uruguayos que no hubieran sido ellos los que levantaron la copa? ¿Los traicionó al final el temple charrúa, esa cuerda que se tensa más ante cada dificultad y que terminó por romperse a doce miserables pasos de la gloria? ¿No merecía, por la historia y las estadísticas de los últimos tiempos de la superación mexicana, haber estado en la final? El fútbol tiene ese misterio que rompe con todo lo racional y se abre al mundo incierto de la magia, de lo impredecible, de aquello que hace valer la pena de vivir la vida porque de otra manera sería demasiado aburrida. En el fútbol y en la vida, la tristeza vive de la alegría y la alegría de la tristeza. Como en la samba o el tango.
Angustia futbolera es esa emoción impredecible de lo imponderable que nos toca y nos invade para terminar como una garra apretujándonos el pecho. No con dolor, sino con ese peso enorme que sube hasta la garganta y termina por transformarse en dos pequeñas gotas de agua que se salen de los ojos aunque uno no lo quiera. Sensación que luego, poco a poco, se apodera de todo el cuerpo y que al penetrar en la neblina espesa del desasosiego, carece de la mínima energía necesaria para abrirse paso hacia aquella remota claridad donde, entre vítores y abrazos, anida el fin de la tristeza.
Hoy nuevamente el fútbol americano baila samba. La blanca sonrisa ancha de la morochada triunfante destilaba alegría por todos los poros. Una alegría contagiosa, merecida y sentida desde lo más profundo del alma carioca. Alegría de ganar y de vencer al contrincante de toda la vida, que es como decir a quien, de otro modo, también les pudiera infligir con una tristeza sin fin. A pocos metros de ellos: la desolación. Caras largas, ojos tristes, desilusión, amargura: como en el tango. Nadie demuestra mejor la alegría que el brasileño y nadie más que un argentino para expresar la fatalidad y la nostalgia. Allí estaban los dos. Cosa rara, ni los morochos de Dunga se mofaron de los purretes de Basile, ni estos dejaron asomar su bronca. Se quedaron allí, solemnes, porque ser subcampeón no es un demérito, es ser escolta del que ganó en buena lid y así lo reconoció la escuadra vencida. Dunga saludó a los jugadores argentinos uno por uno. Basile se quedó corto de hidalguía y desapareció del mapa. ¿Se hundió con el barco? No. Simplemente le faltó esa cuota de pundonor que tienen los hombres de buena estirpe, donde con un solo gesto se suele aliviar el sabor amargo de la derrota en cualquier circunstancia que se sufra.
Yo era muy chico, no llegaba a los diez años cuando descubrí mi primera pasión: el fútbol. Un hermano de mi madre a quien le debo el nombre, jugaba en Platense y me llevaba los domingos a la vieja cancha ubicada entre Manuela Pedraza y Cramer. Después del partido se quedaba conmigo para enseñarme a patear con las dos piernas. No te olvides, me decía, que en el fútbol saber patear con las dos piernas es como saber dos idiomas.
Hoy mi tristeza llegó a su fin. Con el recuerdo de aquel pibe que la vida fue borrando y ahora me parece un personaje de Sacachispas o de Pelota de trapo, que lloraba con cada derrota y se le rompía el pecho al grito de gol, cuando la de cuero, atravesaba obediente la línea imaginaria de un arco hecho con dos montoncitos de ropa. Discépolo dijo del tango que era un pensamiento triste que se baila. Yo digo del fútbol que es poesía de barrio escrita con las piernas y a veces, como ahora, oigo la voz de mi madre que me canta El sueño del pibe.
drjcal@psi.net.pa

101 años de Panamá América

 
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