¡Abajo Cara’e Piña!
Casi al final de la dictadura, en plenas elecciones, llamé a Noriega como todos se referían a él en la calle: “Cara’e Piña”. Comencé mi espacio radiofónico recordando que no pasaba nada cuando a nuestro candidato presidencial Guillermo Endara le llamaban “Pan de Dulce”. Pero la realidad era que el derecho a opinar tenía sus límites cuando la referencia era al General Noriega, quien convirtió en un nuevo delito llamarle “Cara’e Piña”, por su rostro marcado por viejas huellas del acné. El programa lo cerraron de inmediato.
El derecho a opinar no puede tener límites, porque entonces, como decía aquel ilustre venezolano Edecio La Riva, todo tendría que ser adulaciones, en alusión a su famoso libro “El Elogio a la Adulancia”. Tampoco puede tener fronteras, porque para eso existe la solidaridad, que se expresa cuando se persiguen a ciudadanos honestos y probos en otros países. Por eso todos levantamos nuestra protesta cuando asesinan a mujeres en México o en Panamá, cuando matan a niños en Brasil o la gente se muere de hambre en Haití. Eso es respetar el derecho a opinar y nadie puede argumentar ingerencias foráneas.
“Todo individuo tiene derecho a la libertad de opinión y de expresión”, dice de hecho el artículo 19 de la Declaración Universal de Derechos Humanos.
Vivía bajo la impresión de que los tiempos donde se decretaba el derecho a opinar, o se escrutaban los temas en los que se podía opinar libremente, había pasado a la historia con la muerte de Hitler, Stalin, Mussolini y Francisco Franco, y con la caída de dictaduras como las de Idi Amin, Bokassa y Duvalier, aunque todavía existen reminiscencias de atropellos a esos derechos cuando vemos lo que le hacen en Cuba a las “mujeres de blanco”.
Leía una declaración del Presidente venezolano sobre la detención del político opositor, Gobernador del Zulia en dos ocasiones, diputado por más de 25 años, Oswaldo Álvarez Paz y del empresario y Presidente de Globovisión, Guillermo Zuloaga: “Bienvenido el veneno de la canalla, porque significa que vamos bien. Significa que estamos cabalgando”. ¿Cabalgando hacia adónde?, preguntaría. ¿podría ser hacia adelante cuando atentamos contra un derecho que se nos inculca desde niños y que desarrollamos en todos los ámbitos de nuestras relaciones sociales: la familia, la escuela, el trabajo, la política.? ¿O será para atrás cuando se prohibe opinar sobre asuntos que como la falta de libertad de expresión, la persecución a políticos, el narcotráfico, la colaboración con ETA y las FARC se debaten por medio mundo y en todos los foros sobre derechos humanos y democracia?
Si esto sigue así, se debería “aprobar” una norma en Naciones Unidas para que nadie, so pena de muerte, llame a Noriega Cara’e Piña, y nadie nunca más mencione el nombre de la República Bolivariana de Venezuela. Eso sí, tampoco se podría mencionar nunca más el nombre de su ilustre presidente.