¿Abandona Chile el liberalismo?
Jaqueado por una recesión galopante que ha opacado los logros económicos de Chile, el gobierno de Eduardo Frei ha cambiado su equipo de ministros y ha adoptado medidas de corte económico que, a juicio de algunos observadores, empiezan a resquebrajar el modelo neoliberal. Frei anunció, entre otras políticas de recuperación, que el gobierno financiará un paquete de obras públicas para romper el atascamiento del desempleo y al mismo tiempo incentivará las industrias de la construcción con el mismo objetivo.
No queda duda que con la intervención protagónica del estado en la recuperación económica chilena, su rol ya no será estrictamente el de espectador o regulador de las reglas del juego del mercado. El candidato presidencial Ricardo Lagos se ha apresurado a dar su respaldo al nuevo programa, implicando tácitamente su entusiasmo como socialista por el abandono progresivo de un modelo económico en crisis no solamente en Chile sino también en Argentina, Perú, México y otros países que lo adoptaron.
Desde el régimen militar de Pinochet, Chile fue el país emblemático del neoliberalismo en la región. Indudablemente el neoliberalismo fue el antídoto eficaz contra la tormentosa crisis económica desatada por el gobierno de Salvador Allende. El primer gobierno democristiano de Patricio Alwyn respetó el modelo, fundándose en el apogeo de las exportaciones dentro del esquema de la globalización. Al régimen de Frei le tocó experimentar con los límites dramáticos del modelo, engendrados por la crisis asiática, la caída del precio del cobre y el creciente empobrecimiento de las clases trabajadoras.
La recesión golpea igualmente al Perú, donde gran parte de la banca privada nacional bordea la quiebra arrastrada por la pesada cartera crediticia y el estado se preocupa por la macroeconomía y descuida la microeconomía de productores y consumidores. Asimismo, en la Argentina la recesión castiga a la clase media, enardece las protestas de empleados públicos, maestros y jubilados, y carcome la popularidad del neoperonismo de Menem y compañía. En resumen, el neoliberalismo ortodoxo presenta serias fisuras y lanza a los políticos a la búsqueda de nuevas rutas para aliviar los flagelos de la recesión
No queda duda que con la intervención protagónica del estado en la recuperación económica chilena, su rol ya no será estrictamente el de espectador o regulador de las reglas del juego del mercado. El candidato presidencial Ricardo Lagos se ha apresurado a dar su respaldo al nuevo programa, implicando tácitamente su entusiasmo como socialista por el abandono progresivo de un modelo económico en crisis no solamente en Chile sino también en Argentina, Perú, México y otros países que lo adoptaron.
Desde el régimen militar de Pinochet, Chile fue el país emblemático del neoliberalismo en la región. Indudablemente el neoliberalismo fue el antídoto eficaz contra la tormentosa crisis económica desatada por el gobierno de Salvador Allende. El primer gobierno democristiano de Patricio Alwyn respetó el modelo, fundándose en el apogeo de las exportaciones dentro del esquema de la globalización. Al régimen de Frei le tocó experimentar con los límites dramáticos del modelo, engendrados por la crisis asiática, la caída del precio del cobre y el creciente empobrecimiento de las clases trabajadoras.
La recesión golpea igualmente al Perú, donde gran parte de la banca privada nacional bordea la quiebra arrastrada por la pesada cartera crediticia y el estado se preocupa por la macroeconomía y descuida la microeconomía de productores y consumidores. Asimismo, en la Argentina la recesión castiga a la clase media, enardece las protestas de empleados públicos, maestros y jubilados, y carcome la popularidad del neoperonismo de Menem y compañía. En resumen, el neoliberalismo ortodoxo presenta serias fisuras y lanza a los políticos a la búsqueda de nuevas rutas para aliviar los flagelos de la recesión