¿Abrirán el templo de Jano?
En literatura y, sobre todo, en poesía se dice "abrir el templo de Jano", o sea comenzar o declarar la guerra y "cerrar el templo de Jano", concluir la paz y poner fin a las hostilidades. El templo de Jano fue fundado en Roma por Numa, permanecía cerrado en tiempo de paz y era abierto tan pronto como la guerra estallaba. Entonces los caudillos de la nación, los magistrados y los pontífices acudían solemnemente a lugar, descolgaban de las bóvedas del santuario los escudos sagrados, los agitaban y golpeaban cadenciosamente exclamando a coro: "¡Marte, Marte, despierta!". Cuando se daban por terminadas las hostilidades, se cerraban de nuevo las puertas, no de una manera ordinaria, sino por medio de enormes barras de hierro y valiéndose de cien cerrojos para que el pueblo comprendiese que la guerra, fuente de infinitas calamidades, no debe ser emprendida sin que existan poderosos motivos y sin haber antes reflexionado seriamente.
Todo parece indicar que la decisión de "abrir el templo de Jano" ha sido tomada, a pesar de los innumerables llamados, esfuerzos, escritos, protestas, ruegos, manifestaciones, oraciones, resoluciones y un largo etcétera que, desde todos los confines de la tierra, ha lanzado una muy inmensa mayoría de la Humanidad. Las decenas de millones de hombres y mujeres de todas las edades que han recorrido las calles y avenidas, plazas y parques de países en todos los continentes bajo la sola bandera del: "¡No a la Guerra. ¡Sí a la Paz!", no han sido tomadas en cuenta por los fanáticos de Marte, el dios de la guerra.
Para quienes crecimos convencidos de que "hay que saber indignarse contra cualquier injusticia cometida contra cualquiera en cualquier parte del mundo", para quienes rehusamos aceptar que la guerra, la violencia y el odio se extiendan por todo el mundo, que los derechos más fundamentales del ser humano sean cada vez más grave y sistemáticamente violados, para aquellos que rehusamos aceptar que heridos sean rematados, niños exterminados, mujeres violadas, prisioneros torturados, víctimas privadas de la más elemental ayuda humanitaria, poblaciones ilegalmente desplazadas y países devastados, el solo escuchar los tambores de guerra, cuyo ruido ensordecedor acalla las voces de la razón, es motivo de preocupación y tristeza.
Estamos ante el grave peligro de abrir las puertas a un nuevo holocausto, como bien dijera el presidente Mandela. Sin embargo, sería irracional no insistir en la necesidad de reforzar, de conformidad con el Derecho Internacional, el vínculo de solidaridad que debe unir a los seres humanos contra la tragedia de la guerra y en todos los esfuerzos para proteger a las víctimas de ésta.
Por ello, es necesario apoyar toda iniciativa encaminada al alivio de las tensiones y a la prevención del estallido de conflictos armados. No podemos dejar de exigirnos, a nosotros mismos y a nuestras autoridades, cumplir a cabalidad el compromiso adquirido de actuar en cooperación con las Naciones Unidas y de conformidad con la Carta de las Naciones Unidas para asegurar el acatamiento del Derecho Internacional Humanitario en el evento de genocidio y otras series de violaciones de dicho derecho. No podemos permanecer callados o indiferentes cuando está en juego el destino de nuestra humanidad.
"La guerra es una derrota para la Humanidad" afirmaba, recientemente, el Papa Juan Pablo II; por ello es urgente detener la guerra, por ello es necesario que la rechacemos al igual que millones y millones de seres humanos de todas las naciones, religiones y credos políticos. Todo lo que logremos contra la guerra nos traerá paz.
El dios de la guerra contaba con su hermana Belona, diosa de la guerra, para prepararle el carro que lo conducía al combate. La compañera inseparable de Belona era la Discordia, desterrada del cielo a causa de las continuas disputas y trastornos que entre los dioses promovía. Si logramos que se mantenga cerrado el templo de Jano, derrotaríamos la Discordia y la espiral de la violencia que quiere arrebatarnos el presente y despojarnos del futuro.
(mabernal@sinfo.net)
Todo parece indicar que la decisión de "abrir el templo de Jano" ha sido tomada, a pesar de los innumerables llamados, esfuerzos, escritos, protestas, ruegos, manifestaciones, oraciones, resoluciones y un largo etcétera que, desde todos los confines de la tierra, ha lanzado una muy inmensa mayoría de la Humanidad. Las decenas de millones de hombres y mujeres de todas las edades que han recorrido las calles y avenidas, plazas y parques de países en todos los continentes bajo la sola bandera del: "¡No a la Guerra. ¡Sí a la Paz!", no han sido tomadas en cuenta por los fanáticos de Marte, el dios de la guerra.
Para quienes crecimos convencidos de que "hay que saber indignarse contra cualquier injusticia cometida contra cualquiera en cualquier parte del mundo", para quienes rehusamos aceptar que la guerra, la violencia y el odio se extiendan por todo el mundo, que los derechos más fundamentales del ser humano sean cada vez más grave y sistemáticamente violados, para aquellos que rehusamos aceptar que heridos sean rematados, niños exterminados, mujeres violadas, prisioneros torturados, víctimas privadas de la más elemental ayuda humanitaria, poblaciones ilegalmente desplazadas y países devastados, el solo escuchar los tambores de guerra, cuyo ruido ensordecedor acalla las voces de la razón, es motivo de preocupación y tristeza.
Estamos ante el grave peligro de abrir las puertas a un nuevo holocausto, como bien dijera el presidente Mandela. Sin embargo, sería irracional no insistir en la necesidad de reforzar, de conformidad con el Derecho Internacional, el vínculo de solidaridad que debe unir a los seres humanos contra la tragedia de la guerra y en todos los esfuerzos para proteger a las víctimas de ésta.
Por ello, es necesario apoyar toda iniciativa encaminada al alivio de las tensiones y a la prevención del estallido de conflictos armados. No podemos dejar de exigirnos, a nosotros mismos y a nuestras autoridades, cumplir a cabalidad el compromiso adquirido de actuar en cooperación con las Naciones Unidas y de conformidad con la Carta de las Naciones Unidas para asegurar el acatamiento del Derecho Internacional Humanitario en el evento de genocidio y otras series de violaciones de dicho derecho. No podemos permanecer callados o indiferentes cuando está en juego el destino de nuestra humanidad.
"La guerra es una derrota para la Humanidad" afirmaba, recientemente, el Papa Juan Pablo II; por ello es urgente detener la guerra, por ello es necesario que la rechacemos al igual que millones y millones de seres humanos de todas las naciones, religiones y credos políticos. Todo lo que logremos contra la guerra nos traerá paz.
El dios de la guerra contaba con su hermana Belona, diosa de la guerra, para prepararle el carro que lo conducía al combate. La compañera inseparable de Belona era la Discordia, desterrada del cielo a causa de las continuas disputas y trastornos que entre los dioses promovía. Si logramos que se mantenga cerrado el templo de Jano, derrotaríamos la Discordia y la espiral de la violencia que quiere arrebatarnos el presente y despojarnos del futuro.
(mabernal@sinfo.net)