Acuerdo de la ONU e Irak
Entre lo aprobado en el papel y lo puesto en práctica por la realidad de los hechos existe una distancia que, tratándose de un régimen totalitario como el de Irak, no se sabe qué magnitud tiene. Por ello es que el acuerdo suscrito por el secretario general de la ONU Koff Annan y el Canciller iraquí, permitiendo en teoría inspecciones ilimitadas de locales sospechosos de almacenar armas bactereológicas y químicas, es interpretado sólo como una tregua que momentáneamente libra a Irak de las consecuencias de un devastador ataque norteamericano.
En los últimos años Irak ha estado ganando tiempo para esconder el arsenal, transportándolo de instalaciones militares a locales civiles. Ha jugado al gato y al ratón con los inspectores donde tuvo guardado el arsenal; pero no se sabe si aún lo tiene allí o en otros establecimientos camuflados. Mientras las potencias occidentales debatían qué hacer con un país al que no ha disciplinado siete años de embargo petrolero y de intercambios comerciales, Sadam Huseim ha estado moviéndose para crear nuevos camuflages a los arsenales.
Lo que en apariencia ha concedido al secretario general de la ONU es exactamente lo mismo que, desde hace tiempo, le han solicitado los inspectores internacionales. Los diplomáticos iraquíes invocaron el orgullo nacional para rechazar la presión norteamericana. Ahora han cedido gracias a las buenas maneras del diplomático africano y a la calidad representativa de la ONU. Se trata, en realidad, de una victoria pírrica, porque las fuerzas militares norteamericanas, por orden del Presidente Clinton, seguirán en la zona, redoblando la presión de la que el régimen no se ha librado un milímetro.
A diferencia de lo que se cree en algunas cancillerías europeas, a partir del acuerdo los plazos se le estrechan a Sadam Huseim. Los inspectores de la ONU han comprobado que Irak no ha destruido los misiles de alcance medio, ojivas nucleares y productos químicos para elaborar gases venenosos, tal como se comprometió en arreglo anterior. Si es eficaz esta nueva ronda de inspecciones, Irak se vería obligado a deshacerse no sólo de sus remanentes de misiles y ojivas, sino principalmente de los insumos para producir armas biológicas. En esas condiciones, Irak sufriría un desarme de alto valor estratégico y su máximo líder quedaría como un mentiroso ante la comunidad internacional. El desprestigio local e internacional podría tener efecto superior al de un ataque armado.
Sadam Huseim usó armas químicas en la guerra contra Irán y en los enfrentamientos con los kurdos. La contraofensiva que puede derrotarlo sería de naturaleza política antes que militar. Si los inspectores de la ONU logran detectar todos los escondites, obligarlo a destruir los misiles, y enfrentarlo a la comunidad internacional a la que ha engañado negando la fabricación de armas biológicas, entonces su imagen internacional se reduciría a un puñado de arena. El sabe que éste es el gran riesgo que está corriendo, después del acuerdo. Por eso es que mucha gente desconfía que un dirigente con más mañas que un camellero va a consentir su autodestrucción política tan fácilmente.
En los últimos años Irak ha estado ganando tiempo para esconder el arsenal, transportándolo de instalaciones militares a locales civiles. Ha jugado al gato y al ratón con los inspectores donde tuvo guardado el arsenal; pero no se sabe si aún lo tiene allí o en otros establecimientos camuflados. Mientras las potencias occidentales debatían qué hacer con un país al que no ha disciplinado siete años de embargo petrolero y de intercambios comerciales, Sadam Huseim ha estado moviéndose para crear nuevos camuflages a los arsenales.
Lo que en apariencia ha concedido al secretario general de la ONU es exactamente lo mismo que, desde hace tiempo, le han solicitado los inspectores internacionales. Los diplomáticos iraquíes invocaron el orgullo nacional para rechazar la presión norteamericana. Ahora han cedido gracias a las buenas maneras del diplomático africano y a la calidad representativa de la ONU. Se trata, en realidad, de una victoria pírrica, porque las fuerzas militares norteamericanas, por orden del Presidente Clinton, seguirán en la zona, redoblando la presión de la que el régimen no se ha librado un milímetro.
A diferencia de lo que se cree en algunas cancillerías europeas, a partir del acuerdo los plazos se le estrechan a Sadam Huseim. Los inspectores de la ONU han comprobado que Irak no ha destruido los misiles de alcance medio, ojivas nucleares y productos químicos para elaborar gases venenosos, tal como se comprometió en arreglo anterior. Si es eficaz esta nueva ronda de inspecciones, Irak se vería obligado a deshacerse no sólo de sus remanentes de misiles y ojivas, sino principalmente de los insumos para producir armas biológicas. En esas condiciones, Irak sufriría un desarme de alto valor estratégico y su máximo líder quedaría como un mentiroso ante la comunidad internacional. El desprestigio local e internacional podría tener efecto superior al de un ataque armado.
Sadam Huseim usó armas químicas en la guerra contra Irán y en los enfrentamientos con los kurdos. La contraofensiva que puede derrotarlo sería de naturaleza política antes que militar. Si los inspectores de la ONU logran detectar todos los escondites, obligarlo a destruir los misiles, y enfrentarlo a la comunidad internacional a la que ha engañado negando la fabricación de armas biológicas, entonces su imagen internacional se reduciría a un puñado de arena. El sabe que éste es el gran riesgo que está corriendo, después del acuerdo. Por eso es que mucha gente desconfía que un dirigente con más mañas que un camellero va a consentir su autodestrucción política tan fácilmente.