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¿Adónde van a parar los valores?


Adónde van a parar los valores? Es legítimo que la UNESCO plantee esta pregunta en un momento en que el mundo parece atravesar por una crisis de valores sin precedentes. Entre la impresión bastante extendida de que ya no hay valores, por un lado, y el retorno al "orden moral" que algunos esgrimen como una amenaza aquí y allá, por otro lado, todavía queda espacio para proceder a un análisis prospectivo.
En la obra, ¿A dónde van a parar los valores? (Albin Michel/Ediciones UNESCO), se proponen varios temas de reflexión. Los valores perduran realmente, aunque no presenten la misma faz que antaño. Si hay una crisis de valores, no es tanto por su presunta desaparición como por el hecho de que no acertamos a orientarnos en un mundo de valores a veces contradictorios y de que estamos buscando el rumbo a seguir. De ahí que la crisis por la que atravesamos no sea una crisis de los valores en sí, sino del sentido de éstos y de nuestra aptitud para gobernarnos y orientarnos.
¿Se puede hablar de un "crepúsculo de los valores"? Las hipótesis que dan prioridad a la relatividad histórica y cultural de los valores han quebrantado la fe filosófica, religiosa y artística que había marcado con su impronta las certidumbres universalistas del Siglo de las Luces. Sin embargo, cabe preguntarse si afirmar de entrada que los valores están en decadencia no equivale a olvidar precipitadamente que en muchas regiones del mundo las raíces tradicionales siguen sirviendo de base a referencias aparentemente estables, a partir de las cuales se organiza la vida en sociedad y se elabora el sentido de la existencia personal de los individuos. Desde este punto de vista, se podría decir que la crisis de los valores no es universal. De ahí que la pregunta que debería plantearse en algunos países no sea tanto "¿adónde van a parar los valores?", sino "¿adónde van a parar "nuestros" valores?". Todas las culturas son iguales en dignidad y en cada una de ellas se plasma realmente una imagen concreta de la totalidad humana. Todas las culturas deben ser respetadas, aunque esto no significa en modo alguno que se deba permitir cualquier clase de actos o justificar todo tipo de crímenes en nombre de la diversidad cultural.
Si hoy en día todos los valores coexisten, cabe preguntarse si vamos a presenciar una colisión entre un mundo que se construye sobre la base del rechazo de los valores ancestrales y otro mundo que se niega a aceptar ese rechazo, provocando así lo que podríamos llamar un "choque entre los valores".
Dentro de cada cultura hay individuos y grupos que distinguen lo justo de lo injusto y que, por lo tanto, efectúan evaluaciones. Así, en distintos contextos culturales, todos los valores pueden ser evaluados, devaluados y reevaluados. Esto significa que los valores evolucionan, que pueden elaborarse en común y que pueden ser objeto de debates y contratos entre protagonistas muy diferentes a veces.
Hoy se plantea el reto de que una gran parte de la labor ética debe hacerse a escala de una comunidad mundial y de que la nueva orientación ética tiene que basarse en la noción del diálogo entre las culturas, que se basaría en la idea de que todas las culturas deben respetarse, mientras que los valores pueden ser objeto de una evaluación conjunta. En estas condiciones, se podría prever que el futuro de los valores consistiría en una hibridación de la que surgirían nuevas síntesis como resultado del encuentro de pluralismos antiguos y actuales. No obstante, incluso si esta hipótesis resultara cierta, podemos temer que los valores sean objeto de un juego especulativo. En efecto, algunos han señalado ya que en un mundo dominado por la ley de la oferta y la demanda nuestras concepciones de los valores morales o estéticos tienden a acercarse al modelo del valor bursátil, y que el fenómeno pasajero de la moda está invadiendo nuestra concepción de los valores. En un mundo donde reina lo efímero, ¿cómo puede encontrar todavía el puesto que le corresponde un elemento tan fundamental como la educación, por ejemplo? Es una paradoja extraña que, en un momento en que lo instantáneo se valora más que nunca, el surgimiento de las "sociedades del conocimiento" no sólo tienda a hacer que la educación para todos a lo largo de toda la vida sea un verdadero proyecto - y no un mero sueño -, sino que también apunte a prefigurar un nuevo dispositivo de valores duraderos que no serán reproducidos y recibidos exclusivamente, sino más bien creados y transmitidos.
También podemos preguntarnos sobre las consecuencias de las posibles evoluciones de los valores religiosos y espirituales, así como de la pujanza de nuevos valores políticos. Mientras que la democracia representativa da la impresión de estar en crisis en muchos países, la democracia asociativa se halla en pleno auge. Cabe preguntarse si nos dirigimos hacia una feminización de los valores, habida cuenta del declive de las estructuras patriarcales, o si vamos a presenciar el surgimiento de nuevos valores que tendrán que transmitirse a través de una educación pluridisciplinaria abierta a las múltiples culturas. Este es el reto que se plantea al diálogo entre las civilizaciones y las culturas, que debemos fomentar para evitar el ensimismamiento de las comunidades humanas del que tan a menudo han brotado malentendidos y conflictos. Además, debemos estar vigilantes para evitar dos peligros: la erosión de la diversidad cultural y el aumento de las desigualdades.
En nuestra época de mundialización y auge de nuevas tecnologías, el nuevo reto que se va a plantear es el de la preservación de la diversidad cultural. Todavía se hablan unas seis mil lenguas en el mundo, pero es posible que su número se reduzca a la mitad de aquí a finales del siglo XXI. Un riesgo idéntico amenaza al patrimonio cultural e inmaterial, que debemos tratar de conocer mejor a fin de preservarlo en calidad de bien común del conjunto de la humanidad. Ante la erosión de la diversidad cultural, nuestro deber es elaborar una ética de la responsabilidad a fin de garantizar a todas las culturas condiciones viables para su existencia y su transmisión a las generaciones venideras.
¿Por qué no han de ser el saber y su difusión los que logren echar los nuevos cimientos de los valores que todos anhelamos? El saber consiste esencialmente en crear, renovar e intercambiar. Es evidente que en las sociedades del conocimiento que están surgiendo no van a faltarnos valores, sino todo lo contrario. Nuestro problema no va ser el de su pérdida, sino el de la elección entre una multiplicidad de ellos.
Hacemos énfasis de que estas son reacciones posteriores al suceso, y requieren en tal caso de una atención especial para evitar un efecto más permanente y que desencadene en algún tipo de sicopatología.
La forma en cómo se maneje la experiencia traumática por el niño va a depender de cómo el adulto refleje ante el infante comportamientos, actitudes y creencias para enfrentar al crisis.
Por ejemplo, la falta de apoyo social por parte de los padres, la escasa comunicación, y la angustia que reflejen son factores que aumentan el riesgo de que el niño desarrolle un trauma.
Aunado a esto, la incapacidad para ejercer las funciones paternas causadas por la angustia, incrementarán dicho riesgo.
La comunicación es fundamental, y es más beneficioso (posterior al evento) hablar del fenómeno de forma abierta y franca, entre los familiares, que mantenerlo censurado.
Cualquiera de las sintomatologías antes descritas deben ser tomadas en cuenta, con el fin de abordar el problema a través de una intervención profesional.
Antes de conocerse los detalles del caso, llegó a hablarse hasta de la posibilidad de que Miguel Angel Watts había optado por el suicidio.

101 años de Panamá América

 
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