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Agua viva


A propósito de un audiovisual de Sandra Eleta sobre el Chagres:
La verdad es que Sandra lo mete a uno en el río pero sin que te mojes, más bien se empapa de atardeceres y amaneceres, de árboles y cascadas, de flores y peñascos. Ella logra que uno asuma el movimiento de la corriente y el torrente de imágenes y notas te toman de la mano y de develan un Chagres casi desconocido, que se abre de mil formas como invitando al disfrute de casi todos los sentidos.
La serpiente de agua no está sola ni aislada. Muestra en su piel arrugada el paso de los siglos y los escalofríos de la historia a través de las piedras coloniales, de fortificaciones y caminos de cruces. Aunque no se ve está presente el destino final buena parte de esa masa de líquido vital: levantar buques colosales y bajarlos, impulsarlos por la brecha interoceánica de un lado a otro del mundo, alimentar al gran lago artificial, calmar la sed de ciudades y campos, ser pulmón y corazón verde de vida, puntal natural y camino para todos.
La gente aparece como sin avisar enmarcados por el agua y la vitalidad de la cultura y quieren enseñarnos encantadoramente mucho lo que hemos perdido, la sonrisa fresca, la comunidad, la armonía con la naturaleza, la identidad cultural, la magia propia, los sortilegios y la mirada vuelta horizontes.
En uno de los relatos de Borges, un prisionero encerrado junto a un jaguar trata de comprender el significado del ser y de la vida, descifrando la piel de la fiera iluminada por un rayito de luz que entra en su celda sólo una vez al día.
La belleza de la imagen y el sonido también muestran el revés. El encuentro de dos sobrevivientes. El agua y la gente. El río y la comunidad emberá. Ambos están vivos y presentes, pero vienen de una difícil travesía. El agua muchas veces cercada y envilecida, escasa o mal utilizada, encerrada entre la deforestación y la quema. La comunidad indígena, invadida y lacerada por siglos, amenazada por la extinción física o cultural, hoy bajo la asechanza del hambre, la enfermedad, la pérdida de territorios y recursos.
Pero lo terrible de la situación no es únicamente lo que pasó ayer, sino lo que todavía sucede hoy y eso si es responsabilidad para los que vivimos en estos tiempos. En este siglo, por ejemplo, 60 grupos indígenas fueron exterminados en Brasil. Tal es el caso de los Kayapó que en 1903 eran 8 mil indios, en 1918 eran sólo 500, en 1929 nada más 27 personas, en 1958 sólo quedaba una mujer y hoy los Kayapó ya no existen más. En la actualidad, el 10% (40 millones de personas) de la población latinoamericana es indígena (200 mil en Panamá), y viven en los peores niveles de pobreza, luchando por mantener viva su identidad que además es garantía de la conservación de los recursos naturales, por la estrecha comunión con la naturaleza.
América Latina es la parte del planeta con más presencia forestal, con mayor diversidad biológica y mayor humedad, siendo muchas de estas áreas el hábitat de los pueblos indígenas. Pero es fácil encontrar las huellas visibles del deterioro ambiental y la pobreza por todas partes, así, este subcontinente sufre las mayores tasas de deforestación del mundo, casi 6 millones de hectáreas anuales (80 mil hectáreas en Panamá).
Hoy la relación entre ambiente y desarrollo pasan por un nudo crítico la presencia de pobreza extrema que expresan que la degradación ambiental no es sólo por "exceso" de desarrollo (contaminación, consumismo, derroche de recursos), sino por ausencia o distorsión de desarrollo ( pobreza y desigualdad). Como señala Roberto Guimaraes en "situaciones de extrema pobreza, el individuo marginado de la sociedad y de la economía nacional no posee ningún compromiso para evitar la degradación ambiental, si es que la sociedad no logra impedir su degradación como persona".
El desafío es claro, es importante construir una estrategia de democracia y desarrollo, económicamente influyente y productivo, socialmente equitativo, políticamente participativo y ambientalmente sano, donde las personas, la gente, sean sujetos de todo el proceso. Es necesario cambiar el círculo vicioso destructivo entre sociedad y naturaleza, por un círculo virtuoso entre ambiente, democracia y desarrollo.
Sandra Eleta nos dice que todavía hay agua y todavía hay gente, y belleza, y esperanzas y ganas de cambiar y todo eso nos lo dice iluminando con filminas y pentagramas la piel del jaguar, esperando del espectador rayitos de luz que descifren el rugido de agua y la ternura de la identidad de los indígenas invocando para todos y todas el espíritu de tiempos mejores.

101 años de Panamá América

 
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