Aguilas heridas
En viaje reciente de Bruselas a Panamá, me pasé el vuelo leyendo las Memorias de un Creyente del Abbé Pierre, escritas hace dos años, cuando tenía 85 años. Siempre me han interesado las autobiografías de personas contemporáneas que relatan la historia de su fe religiosa. Su testimonio me reconforta en la comunidad de fe y me reta a purificar mi fe de tantas imperfecciones.
Singular trayectoria humana la del Abbé Pierre: francés, nacido en Lyon, ingresó a la orden de los Capuchinos y fue ordenado sacerdote en 1936. La segunda guerra mundial lo involucró en esconder y salvar a judíos, ayudándolos a escapar vía la frontera con Suiza. Participó en la Resistencia, fue arrestado por los alemanes, escapó y fue a dar a Argelia, donde conoció al General de Gaulle. A raíz de la guerra, sin dejar el sacerdocio, sirvió como Diputado. En el terrible invierno de 1954, ante la tragedia de gente que moría de frío por carecer de vivienda, conmocionó la conciencia de la sociedad francesa con sus denuncias y sus esfuerzos por construir un techo para los "sans logis". La comunidad de Emaús, que él fundó para recoger a los desamparados, incluso a los "clochards" o vagabundos, e integrarlos con otros voluntarios para que ayudasen a construir viviendas, cundió en 110 comunidades dispersas en 38 países.
El Abbé Pierre entró así en la leyenda viva, como hijo de Francisco de Assís, pero con acento de profeta social, a la vez con voz que denuncia la injusticia y con brazo que se desvive por aportarle solución concreta a las víctimas de la misma.
El hombre es, para el Abbé Pierre, un "águila herida", ávido de horizontes ilimitados, pero incapaz de alzar vuelo por estar herido. "Leía y releía los Evangelios, escribe, y veía a Jesús atreviéndose a cuestionar una multitud de prescripciones que pretendían reglamentar, a nombre de la religión, desde la oración hasta los menores detalles de las relaciones sociales Y descubrí que Jesús no cesaba de encontrarse con las `águilas heridas" para devolverles la esperanza "
En el episodio de los discípulos de Emaús -quienes desilusionados por la muerte de Jesús no le reconocen cuando se topan con él en el camino, hasta que en la cena les bendice y les da el pan, y entonces recapacitan que el corazón les ardía mientras Jesús les hablaba - encuentra una filosofía de la vida que denomina "la desilusión entusiasta". La vida, explica, nos conduce a perder nuestras ilusiones para alcanzar lo real, y sólo así podemos descubrir el "entusiasmo", que en griego significa ser uno con Dios o sea encontrar "el Eterno que es Amor" ( el Abbé Pierre adopta la denominación judía, "El Eterno" y añade lo medular cristiano "que es Amor", recordando que el islamismo es religión de la fe, el judaísmo de la esperanza, y el cristianismo del amor).
El hombre, aspirando al absoluto, vive en lo relativo. Es un ser ontológicamente insatisfecho. Necesita la gracia. Si no toma consciencia de ello, orienta sus aspiraciones hacia el haber y quedará eternamente insatisfecho. Sin embargo, puede mentirse y vivir en la ilusión de satisfacerse plenamente con los medios equivocados. "Pero no es acaso cesar de ser hombre que sentirse satisfecho", comenta. Y añade la frase de un amigo peruano: " Si somos lúcidos sobre la vida, no hay otra opción que esta alternativa: el misterio o el absurdo". El absurdo nos conduce a la desesperanza, mientras que "el misterio, sostenido por la fe en el Eterno escondido que es Amor, puede ser fuente de esperanza".
Al relatar su historia, cuenta que en su visita a Assís como joven tuvo la intuición de que la adoración permite la más universal comunión con toda la humanidad y la naturaleza y que es la fuente la más extraordinaria de la acción. Este hombre, inmerso en la Resistencia, la política y la lucha social es en el fondo un contemplativo, pero a la manera franciscana. Cuando le preguntan qué es Dios, invita a quien lo interroga que recuerde algún momento de gozo, pues para él en "el sentimiento de gozo, un gozo inexpresable, indecible, saboreamos a Dios".
Como Dios es Amor, la humanidad no se divide entre creyentes e incrédulos, sino entre "idólatras de sí mismos y comulgantes, entre quienes le dan la espalda al sufrimiento de otros y quienes luchan por liberarlos, entre los que aman y los que rehusan amar".
Tres son las certezas de la fe que profesa. La primera es que el Eterno es Amor. La segunda es la certeza de ser amado. Y la tercera es que la libertad humana no tiene otra razón de ser que permitirnos responder con amor al Amor. Nuestra libertad, que puede tener temibles consecuencias, es la condición para que exista el amor. Somos libres no para hacer cualquiera cosa, sino para poder amar. Sin libertad no habría amor y la vida carecería de sentido. Existimos para amar.
Dios es Amor, que es de por sí mismo difusivo. El don de sí mismo del Eterno suscita la Trinidad y conduce a la Encarnación. El Abbé Pierre rechaza las teologías habituales de la Encarnación como rescate. Para él, la Encarnación rescata al hombre de sí mismo. Al aceptar ser amado y devolver el amor, el hombre acepta ser liberado de su pecado que lo encierra en sí mismo.
La libertad del hombre se encuentra más protegida cuando se une amorosamente a la omnipotencia voluntariamente captiva de Dios, que cuando se rebela tratando de apropiarse de dicha omnipotencia. En la historia simbólica del Paraíso el pecado del hombre no es la concupiscencia, sino el orgullo de querer ser Dios para sí mismo.
El Abbé Pierre termina su Memoria, con una reflexión sobre el camino de la vida hacia la muerte, el Encuentro tan esperado con el Eterno que es Amor: "Ese camino de fe, que se experimenta en el combate espiritual, conduce a la liberación interior. Es un compromiso por la justicia y una lucha contra todas las opresiones. No puede pasarse del recurso a la adoración y la oración. Es un crecimiento y una transformación en el sufrimiento. Nos prepara sin cesar para el misterio de la muerte que será el gran momento de nuestra vida. Y ésta, para mí, no puede ser comprendida ni vivida si no es a la luz del perdón divino siempre ofrecido".
Ante este testimonio, sentí en este final de Cuaresma toda la fuerza de nuestra fe, pero también toda la flaqueza de mi propia vivencia de la fe. Somos "águilas heridas" que sólo Dios puede sostener en el vuelo hacia la eternidad.
Singular trayectoria humana la del Abbé Pierre: francés, nacido en Lyon, ingresó a la orden de los Capuchinos y fue ordenado sacerdote en 1936. La segunda guerra mundial lo involucró en esconder y salvar a judíos, ayudándolos a escapar vía la frontera con Suiza. Participó en la Resistencia, fue arrestado por los alemanes, escapó y fue a dar a Argelia, donde conoció al General de Gaulle. A raíz de la guerra, sin dejar el sacerdocio, sirvió como Diputado. En el terrible invierno de 1954, ante la tragedia de gente que moría de frío por carecer de vivienda, conmocionó la conciencia de la sociedad francesa con sus denuncias y sus esfuerzos por construir un techo para los "sans logis". La comunidad de Emaús, que él fundó para recoger a los desamparados, incluso a los "clochards" o vagabundos, e integrarlos con otros voluntarios para que ayudasen a construir viviendas, cundió en 110 comunidades dispersas en 38 países.
El Abbé Pierre entró así en la leyenda viva, como hijo de Francisco de Assís, pero con acento de profeta social, a la vez con voz que denuncia la injusticia y con brazo que se desvive por aportarle solución concreta a las víctimas de la misma.
El hombre es, para el Abbé Pierre, un "águila herida", ávido de horizontes ilimitados, pero incapaz de alzar vuelo por estar herido. "Leía y releía los Evangelios, escribe, y veía a Jesús atreviéndose a cuestionar una multitud de prescripciones que pretendían reglamentar, a nombre de la religión, desde la oración hasta los menores detalles de las relaciones sociales Y descubrí que Jesús no cesaba de encontrarse con las `águilas heridas" para devolverles la esperanza "
En el episodio de los discípulos de Emaús -quienes desilusionados por la muerte de Jesús no le reconocen cuando se topan con él en el camino, hasta que en la cena les bendice y les da el pan, y entonces recapacitan que el corazón les ardía mientras Jesús les hablaba - encuentra una filosofía de la vida que denomina "la desilusión entusiasta". La vida, explica, nos conduce a perder nuestras ilusiones para alcanzar lo real, y sólo así podemos descubrir el "entusiasmo", que en griego significa ser uno con Dios o sea encontrar "el Eterno que es Amor" ( el Abbé Pierre adopta la denominación judía, "El Eterno" y añade lo medular cristiano "que es Amor", recordando que el islamismo es religión de la fe, el judaísmo de la esperanza, y el cristianismo del amor).
El hombre, aspirando al absoluto, vive en lo relativo. Es un ser ontológicamente insatisfecho. Necesita la gracia. Si no toma consciencia de ello, orienta sus aspiraciones hacia el haber y quedará eternamente insatisfecho. Sin embargo, puede mentirse y vivir en la ilusión de satisfacerse plenamente con los medios equivocados. "Pero no es acaso cesar de ser hombre que sentirse satisfecho", comenta. Y añade la frase de un amigo peruano: " Si somos lúcidos sobre la vida, no hay otra opción que esta alternativa: el misterio o el absurdo". El absurdo nos conduce a la desesperanza, mientras que "el misterio, sostenido por la fe en el Eterno escondido que es Amor, puede ser fuente de esperanza".
Al relatar su historia, cuenta que en su visita a Assís como joven tuvo la intuición de que la adoración permite la más universal comunión con toda la humanidad y la naturaleza y que es la fuente la más extraordinaria de la acción. Este hombre, inmerso en la Resistencia, la política y la lucha social es en el fondo un contemplativo, pero a la manera franciscana. Cuando le preguntan qué es Dios, invita a quien lo interroga que recuerde algún momento de gozo, pues para él en "el sentimiento de gozo, un gozo inexpresable, indecible, saboreamos a Dios".
Como Dios es Amor, la humanidad no se divide entre creyentes e incrédulos, sino entre "idólatras de sí mismos y comulgantes, entre quienes le dan la espalda al sufrimiento de otros y quienes luchan por liberarlos, entre los que aman y los que rehusan amar".
Tres son las certezas de la fe que profesa. La primera es que el Eterno es Amor. La segunda es la certeza de ser amado. Y la tercera es que la libertad humana no tiene otra razón de ser que permitirnos responder con amor al Amor. Nuestra libertad, que puede tener temibles consecuencias, es la condición para que exista el amor. Somos libres no para hacer cualquiera cosa, sino para poder amar. Sin libertad no habría amor y la vida carecería de sentido. Existimos para amar.
Dios es Amor, que es de por sí mismo difusivo. El don de sí mismo del Eterno suscita la Trinidad y conduce a la Encarnación. El Abbé Pierre rechaza las teologías habituales de la Encarnación como rescate. Para él, la Encarnación rescata al hombre de sí mismo. Al aceptar ser amado y devolver el amor, el hombre acepta ser liberado de su pecado que lo encierra en sí mismo.
La libertad del hombre se encuentra más protegida cuando se une amorosamente a la omnipotencia voluntariamente captiva de Dios, que cuando se rebela tratando de apropiarse de dicha omnipotencia. En la historia simbólica del Paraíso el pecado del hombre no es la concupiscencia, sino el orgullo de querer ser Dios para sí mismo.
El Abbé Pierre termina su Memoria, con una reflexión sobre el camino de la vida hacia la muerte, el Encuentro tan esperado con el Eterno que es Amor: "Ese camino de fe, que se experimenta en el combate espiritual, conduce a la liberación interior. Es un compromiso por la justicia y una lucha contra todas las opresiones. No puede pasarse del recurso a la adoración y la oración. Es un crecimiento y una transformación en el sufrimiento. Nos prepara sin cesar para el misterio de la muerte que será el gran momento de nuestra vida. Y ésta, para mí, no puede ser comprendida ni vivida si no es a la luz del perdón divino siempre ofrecido".
Ante este testimonio, sentí en este final de Cuaresma toda la fuerza de nuestra fe, pero también toda la flaqueza de mi propia vivencia de la fe. Somos "águilas heridas" que sólo Dios puede sostener en el vuelo hacia la eternidad.