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Alada Alida


Este martes 18 de mayo se estrenó en el Teatro en Círculo la megaproducción musical Río Grande, cuyo caudal de belleza y mensajes tiene su origen en las archifamosas Aventuras de Huckleberry Finn, del genio de las letras estadounidense Mark Twain.

Este titánico esfuerzo que marca un hito “broadwayano” en el quehacer de las tablas en Panamá tiene, junto a un estelar elenco de actores, músicos y técnicos, cuatro magos primordiales; Bruce Quinn, el Director Artístico; Dino Nugent, el Director Musical; Barbara Berger, la coreógrafa y Alida Gerbaud de Fábrega, la productora de este clásico llamado a ser recordado vivamente. Comoquiera que Alida – suscrita, más que a la modestia, a una franciscana humildad – se encarga de proyectar en su justa dimensión las magníficas luces de su entorno humano artístico, yo me encargaré de ella.

Conocí a la que es esposa de mi dilecto sobrino – y cliente de textos – Juan Pablo Fábrega, precisamente porque ella estaba entregada, como lo hace con cada obra, la que sea, al triunfo de Jesucristo Superestrella, y me pidió asistencia de pluma para el programa de mano y otros escritos. Cuando la vi y la escuché pensé que era un hada: con su cara – y, sobre todo, corazón – de niña, figura adolescente, movimientos de gasa, voz dulcemente rasposa, de algodón de azúcar, Alida Gerbaud de Fábrega es portadora de una particular varita mágica: todo lo que toca lo convierte en Arte.

Tocada ella misma por la magia del amor, se involucra como dice la legendaria canción con alma, corazón y vida en la sagrada misión de llevar esperanza, consuelo y alegría con todos sus proyectos culturales que, en no pocas ocasiones, tienen un cometido filantrópico, más allá del intrínseco del arte, que mejora la condición humana.

Aprendiz de sus maravillosos hijos, apoyada siempre por su amoroso compañero Juan Pablo, Alida fue de la mano de aquéllos mientras entonaban sus cantos milagreros y ensayaban sus pasos de ballet o de tap hasta alcanzar su anagnóresis: descubrir el esperanto del arte, ese idioma universal que nos sublima a todos. Así se fue comprometiendo más y más en la producción de este disco, ese ballet, aquel musical. Hoy es la flamante empresaria de Producciones Escénicas, que cuenta en su breve, pero tenaz andadura con éxitos resonantes como los clásicos de la danza de La Bella Durmiente y El Cascanueces y el ovacionadísimo Annie.

A lo largo de por lo menos tres años me he extenuado viendo a Alida trabajar. Su amor por la cultura y la Patria; su fe en que podemos subsanar muchos males a través de las artes, y una devoción en llevar ambos a la práctica me la hace ver como una Eréndira garciamarquiana: hasta dormida, lleva encendida la antorcha de la creación. Como el Cid de Machado, Polvo, sudor y hierro, con su estandarte de arte ella cabalga…

Ojalá que la sala de nuestro ya mítico Teatro en Círculo se desborde en cada tanda en que Alida y los suyos presenten su Río Grande. En lo personal, tengo que darle las gracias por permitirle a mi pluma ser su cómplice… y, muy especialmente, por erigirle su trono de Neptuno del Mississipi al bienamado Twain.

101 años de Panamá América

 
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