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Alemania recupera su historia


La prensa internacional ha venido siguiendo con un gran interés los acontecimientos políticos registrados en Austria. Los mínimos gestos del gobierno austríaco han sido escrutados por los distintos medios europeos, de América del Norte y Latinoamérica. La coalición gobernante integrada por conservadores y liberales, se ha constituido sin dudas en uno de los hechos políticos más polémicos en las diferentes capitales occidentales. Esa circunstancia ha contribuido a empujar a un segundo plano aquellos otros importantes desenvolvimientos producidos en el escenario internacional.
Esto sucedió puntualmente con relación a Alemania. La primera potencia europea protagonizó un hecho destacado. Por primera vez en la historia, un mandatario alemán pronunció un discurso ante el Parlamento israelí. Allí, el presidente Johannes Rau, abordó una cuestión central de la relación misma entre los dos países y que tiene implicancias para el resto de la comunidad de naciones: la herencia del Holocausto. Rau se dirigió a los diputados israelíes "para pedir perdón por aquello que hicieron los alemanes", en directa referencia al genocidio implementado por Alemania durante la Segunda Guerra Mundial. Reafirmó, asimismo, el compromiso de "mantener viva la memoria" de lo sucedido, honrando a los más de seis millones de judíos europeos que, conjuntamente con gitanos, Testigos de Jehová, disidentes políticos, religiosos y homosexuales, fueron exterminados por el Nazismo. Una nota distintiva estuvo dada por la decisión de permitir que el discurso fuera leído en idioma alemán. Ello generó grandes desacuerdos entre los mismos anfitriones. El dilema estaba en permitir o no que una lengua con trae fuertes reminiscencias de lo acontecido durante el Holocausto, fuera escuchada en el cuerpo legislativo de un estado nacido de esa experiencia. Algunos legisladores decidieron no concurrir a la ceremonia. Otros, en cambio, procedieron a retirarse del recinto, cuando Rau comenzaba su mensaje. Exteriorizaron así un franco desacuerdo con la decisión del presidente del Parlamento, Avaraham Burg, quien permitió al mandatario germano se expresara en su lengua madre.
El gesto protagonizado por el máximo representante del estado alemán, reitera en forma oficial y pública un reconocimiento que es imprescindible. Este recae sobre la responsabilidad inextinguible de su país por los millones de personas devoradas por el fanatismo desatado por el Tercer Reich. Envía también un claro mensaje a quienes minimizan, o incluso niegan, todo el sufrimiento humano causado por el Nazismo. Todo esto en momentos en los cuales en la vecina Austria, el dirigente Joerg Haider y sus partidarios adquieren "estatura" nacional. Esto a pesar de haberse permitido en reiteradas oportunidades hacer declaraciones públicas extremadamente insensibles y ofensivas, que tergiversan los alcances del imperio del Nazismo en Europa.
Alemania, por otro lado, había dado hace tan sólo un par de meses, un paso sumamente importante en favor de la reconciliación con su pasado histórico. Tras casi diez años de debates, las autoridades germanas dispusieron la construcción de un importante memorial para el Holocausto. El mismo se emplazará en pleno corazón histórico de Berlín, capital de la Alemania unificada. El proyecto consta de dos partes. Por un lado, el responsable de la obra, el arquitecto norteamericano Peter Eisenman, diseñó un recordatorio cargado de simbolismo para rememorar a las víctimas. Por el otro, y fruto de una decisión del gobierno alemán, se añadirá un centro de documentación, que servirá para el desarrollo de actividades dedicadas al estudio y difusión del genocidio. Debe destacarse, sin embargo, que parte de la sociedad alemana, e incluso de su dirigencia, se opuso a dar este paso. Se refieren al mismo como "un continuo hurgar en el pasado". Tal fue, por ejemplo, la posición adoptada por el mismo alcalde de la ciudad de Berlín, el democristiano Eberhard Diepgen. El alcalde no acudió a la inauguración de las obras por considerar que "no son necesarias"; argumentó, además, que Alemania debía empeñarse en mirar hacia adelante, rompiendo su pesada atadura con el pasado.
Debería resultar evidente, a estas alturas de los tiempos, que a pesar del apuro de algunos por "enterrar" rápidamente los sucesos históricos, ello no conduce al tan anhelado avance de las sociedades. Por el contrario, los pueblos que así proceden se ven obligados a retomar, tarde o temprano, aquellos eventos o circunstancias del pasado que fueron postergadas o "barridas debajo de la alfombra". El esfuerzo de Alemania, puesto de relieve en los ejemplos reseñados, se orienta a alcanzar una recuperación integral de su historia. Pretende incorporar especialmente los capítulos más traumáticos de la misma. Sin embargo, la tarea está muy lejos de haber concluido. La magnitud y gravedad de lo sucedido durante el Tercer Reich, requiere que todos los países involucrados, y entre ellos fundamentalmente Alemania, contribuyan incansablemente con todos los medios a su alcance, al conocimiento de las circunstancias que condujeron a la empresa genocida. Sólo un genuino e integral tratamiento de la historia servirá de antídoto para evitar la reiteración de las tragedias. Alemania transita la buena senda. La comunidad internacional debe acompañar activamente el proceso.

101 años de Panamá América

 
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