Alerta naranja
En lo que a simple vista luce como una mamarrachada de la peor especie, los estamentos panameños de seguridad se aprestan a introducir en el país un sistema de alertas ciudadanas a color en la que, dependiendo de la gravedad de la situación, se va difundiendo al público el grado de peligro general existentes en el país en un momento dado. Las alertas, obviamente, siguen el sistema norteamericano, muy activo desde la agresión terrorista del 11 de septiembre.
Objetivamente analizadas, las alertas pueden ser de utilidad frente a situaciones de emergencia previamente definidas como, por ejemplo, una amenaza comprobada y seria de desastre natural, previa docencia de la comunidad. Pero introducidas - como ahora - en medio de una situación bélica coyuntural que nos es ajena, sólo servirá para crear confusión, temor, pánico e, incluso, un efecto contrario al que se busca.
En el Londres de la Segunda Guerra Mundial, bajo el asedio de los cohetes V-2 alemanes, las sirenas salvaron muchas vidas. Igual hoy en el medio oeste norteamericano como en el Caribe con los huracanes, las alarmas que anuncian amenazas de tornado y tormenta tienen igual beneficioso efecto. Pero en uno y otro caso, el sistema responde a un peligro cierto y cotidiano aunque incierto. De otro modo, podría no contarse con la cooperación y credibilidad, sin las cuales las advertencias serían un fracaso.
Si, por ejemplo, las luces rojas y el ulular de sirenas propias de ambulancias y patrullas policiales en situaciones de emergencia, son abusadas de modo que la ciudadanía advirtiera que cualquier perro o gato, con tal de evitarse la incomodidad de un semáforo y sin mediar urgencia alguna, al final va a ocurrir lo de ahora, que nadie hace caso a esas alarmas.
¿A dónde vamos? Sugerimos que el sistema de alertas que se piensa introducir no se improvise y que, por el contrario, surja producto de una seria discusión de expertos que tomen en cuenta las particularidades de los riesgos reales, que enfrenta el país. Una vez hecho ese ejercicio, ha de adoptarse un sistema sencillo que deberá ser ampliamente divulgado y enseñado a nivel general. Y finalmente, descartar de plano, el trasiego de sistemas foráneos que responden a otras necesidades, que no son las nuestras.
Objetivamente analizadas, las alertas pueden ser de utilidad frente a situaciones de emergencia previamente definidas como, por ejemplo, una amenaza comprobada y seria de desastre natural, previa docencia de la comunidad. Pero introducidas - como ahora - en medio de una situación bélica coyuntural que nos es ajena, sólo servirá para crear confusión, temor, pánico e, incluso, un efecto contrario al que se busca.
En el Londres de la Segunda Guerra Mundial, bajo el asedio de los cohetes V-2 alemanes, las sirenas salvaron muchas vidas. Igual hoy en el medio oeste norteamericano como en el Caribe con los huracanes, las alarmas que anuncian amenazas de tornado y tormenta tienen igual beneficioso efecto. Pero en uno y otro caso, el sistema responde a un peligro cierto y cotidiano aunque incierto. De otro modo, podría no contarse con la cooperación y credibilidad, sin las cuales las advertencias serían un fracaso.
Si, por ejemplo, las luces rojas y el ulular de sirenas propias de ambulancias y patrullas policiales en situaciones de emergencia, son abusadas de modo que la ciudadanía advirtiera que cualquier perro o gato, con tal de evitarse la incomodidad de un semáforo y sin mediar urgencia alguna, al final va a ocurrir lo de ahora, que nadie hace caso a esas alarmas.
¿A dónde vamos? Sugerimos que el sistema de alertas que se piensa introducir no se improvise y que, por el contrario, surja producto de una seria discusión de expertos que tomen en cuenta las particularidades de los riesgos reales, que enfrenta el país. Una vez hecho ese ejercicio, ha de adoptarse un sistema sencillo que deberá ser ampliamente divulgado y enseñado a nivel general. Y finalmente, descartar de plano, el trasiego de sistemas foráneos que responden a otras necesidades, que no son las nuestras.