Alfonso De Gracia, el educador mártir
Tras seis días de agonía murió el profesor Alfonso De Gracia en un hospital de David, Chiriquí, luego de ser herido de un balazo en la cabeza por uno de sus estudiantes que cursaba el cuarto año del Instituto Profesional y Técnico de David. Fue un asesinato cobarde, de los peores que recordemos. Testigos revelan que había hecho algún reparo al uniforme que vestía su alumno, un menor de 16 años. Este salió del salón y, aprovechando que el profesor estaba de espaldas, atendiendo a un grupo de sus compañeros, sacó de su bolso un revólver calibre 22 y con toda frialdad le dio un tiro en la región occipital, sobre la nuca. La bala se alojó en su cerebro y nunca volvió en sí.
Era un hombre joven, de 32 años, oriundo de Tolé, en el oriente chiricano. Desde niño fue inteligente y estudioso. Se graduó de Ingeniería y estaba cursando un segundo post grado a base de muchos esfuerzos y sacrificios económicos. Ya antes, había obtenido un post grado en docencia. Y aunque había declinado ofertas y tenía abiertas las puertas para el ejercicio privado y más remunerativo de su profesión universitaria, su vocación era la docencia.
En más de una ocasión explicaba a sus íntimos que, marcado por los recuerdos infantiles de un medio caracterizado por la pobreza, siendo su lugar de origen una de las zonas de más alta desnutrición de la República, De Gracia mostraba un ideal casi obsesivo por dar a los que menos tienen la misma oportunidad de educarse que él tuvo.
Pudo más la violencia irracional y la mediocridad de un medio ingrato. De Gracia lo había dado todo, y tenía un mundo por delante, pleno de oportunidades, Pero en ese incansable servir y prodigar a la juventud la gracia y dotes que él tuvo, terminó entregando su bien más preciado, la vida. Seguramente, si hay conciencia del pasado después de la muerte, el profesor De Gracia debe haberse lamentado, aparte de su inesperada partida, el no haber contado con más tiempo para continuar su cruzada incansable contra la ignorancia. Pocos de sus colegas educadores mostraban tanta dedicación, profesionalismo, mística y sentido de superación.
En el otro extremo, reinan la impunidad y los antivalores. Seguramente nunca llegaría a ser director, ni supervisor, ni ministro, ni dirigente educador. Este es un país en el que los peores son los que mandan y gobiernan. Su hermana Leyla clama justicia. No la habrá. Nuestro sistema legal está tejido cuidadosamente para amparar a los delincuentes y convertirlos en víctimas o reputados señores.
Lo más doloroso, además de la prematura pérdida de un buen educador, es que su sacrificio sea en vano. Si su muerte dolorosa marcara el inicio de un movimiento para dotar de más seguridad a las escuelas, de mejor preparación a los docentes, de altos ideales a los estudiantes y de una educación moderna que brinde a los pobres las oportunidades que De Gracia tanto se esmeró en proveer, su pérdida no será en vano.
Era un hombre joven, de 32 años, oriundo de Tolé, en el oriente chiricano. Desde niño fue inteligente y estudioso. Se graduó de Ingeniería y estaba cursando un segundo post grado a base de muchos esfuerzos y sacrificios económicos. Ya antes, había obtenido un post grado en docencia. Y aunque había declinado ofertas y tenía abiertas las puertas para el ejercicio privado y más remunerativo de su profesión universitaria, su vocación era la docencia.
En más de una ocasión explicaba a sus íntimos que, marcado por los recuerdos infantiles de un medio caracterizado por la pobreza, siendo su lugar de origen una de las zonas de más alta desnutrición de la República, De Gracia mostraba un ideal casi obsesivo por dar a los que menos tienen la misma oportunidad de educarse que él tuvo.
Pudo más la violencia irracional y la mediocridad de un medio ingrato. De Gracia lo había dado todo, y tenía un mundo por delante, pleno de oportunidades, Pero en ese incansable servir y prodigar a la juventud la gracia y dotes que él tuvo, terminó entregando su bien más preciado, la vida. Seguramente, si hay conciencia del pasado después de la muerte, el profesor De Gracia debe haberse lamentado, aparte de su inesperada partida, el no haber contado con más tiempo para continuar su cruzada incansable contra la ignorancia. Pocos de sus colegas educadores mostraban tanta dedicación, profesionalismo, mística y sentido de superación.
En el otro extremo, reinan la impunidad y los antivalores. Seguramente nunca llegaría a ser director, ni supervisor, ni ministro, ni dirigente educador. Este es un país en el que los peores son los que mandan y gobiernan. Su hermana Leyla clama justicia. No la habrá. Nuestro sistema legal está tejido cuidadosamente para amparar a los delincuentes y convertirlos en víctimas o reputados señores.
Lo más doloroso, además de la prematura pérdida de un buen educador, es que su sacrificio sea en vano. Si su muerte dolorosa marcara el inicio de un movimiento para dotar de más seguridad a las escuelas, de mejor preparación a los docentes, de altos ideales a los estudiantes y de una educación moderna que brinde a los pobres las oportunidades que De Gracia tanto se esmeró en proveer, su pérdida no será en vano.