Alianza
Toda alianza debería tener el propósito de fortalecer una situación que se puede complicar. De esta forma, en política buscamos aliados para lograr metas que pueden malograrse si no actuamos en concordancia con elementos que comparten nuestras aspiraciones, por lo menos, de forma parcial.
Lenín señalaba que la revolución solamente es posible en la medida en que se logra concretar una correcta política de alianzas; por tanto, no somos los revolucionarios quienes podríamos rechazar una alianza. No obstante, en las alianzas siempre es indispensable un objetivo común, y ante todo, un beneficio común en la búsqueda de esa meta compartida.
En una campaña política electoral, el objetivo es ganar las elecciones, pero en una campana electoral decente los principios ideológicos básicos de los colectivos no se entremezclan, al menos que haya un fenómeno de fuerza mayor como en Venezuela donde enemigos tan mortales como Copei, Acción Democrática, el MAS y, aunque parezca increíble, hasta Bandera Roja se han unificado contra Chávez.
Hoy día en España, usted no vería jamás al PSOE y al Partido Popular en alianza, ya que las bases mismas del actual sistema de partidos y de derecho vigente en ese país no está en peligro. Lo mismo se puede decir de una alianza electoral entre el PAN, el PRI y el PRD en México; las bases de la institucionalidad no están en peligro en ninguna de estas naciones. En Chile, el Partido Socialista se alió con el principal enemigo del Dr. Allende, la Democracia Cristiana; pero esto se hizo ante un hecho trascendental y estratégico, como era derrotar a la dictadura de Augusto Pinochet y recuperar la democracia burguesa. En Panamá, cuando llegó la hora de expulsar a la dictadura militar se unificaron los liberales (eternos enemigos de Arnulfo Arias) con las huestes del panameñismo, eterna víctima de la oligarquía liberal de Panamá.
Unos meses antes de su postulación como aspirante a la Defensoría del Pueblo, conversé con mi condiscípula de la Facultad de Derecho, Maritza Royo y le indiqué mi preocupación por la poca raigambre popular del llamado Partido Demócrata Cristiano (PDC) en nuestro país. Le señalaba a esta gran luchadora por los derechos humanos que la democracia en Venezuela, Chile, República Dominicana, Alemania, Italia y España siempre ha tenido fuertes partidos socialdemócratas, socialistas y demócrata cristianos-populares. Le indicaba que más temprano que tarde el PDC terminaría haciendo alianza estratégica con el PRD, ya que el llamado sistema democrático se desprestigiaba día a día frente los ojos del hombre común y, ante la posibilidad de que surgiese una situación tipo “Chávez”, la unidad de todos los sectores sería ineludible lo cual requería un PDC fuerte.
Los sectores estratégicos del sistema socio-político se unifican, pero no ante fenómenos coyunturales, pues éstos no son trascendentes para la vigencia de los hechos que deben caracterizar a las ideologías políticas.
Cuando se produjo el infame Decreto de Gabinete No.58 del 3 de marzo de 1969, el general Torrijos señalaba que los partidos políticos eran cascarones vacíos y que serían reorganizados como entes ideológicos y programáticos. (Ver El Panamá América de la tarde del 3 de marzo de 1969). Casualmente se trata de que exista compromiso ideológico firme más allá de los simples intereses políticos. Eso es lo que puede prevenir que el sistema de partidos políticos siga perdiendo prestigio y sentido en el seno del pueblo. Entonces, hablar de alianza programática entre dos partidos ideológicamente antagónicos nos es más que un ataque de oportunismo por parte del débil de la alianza y una muestra de incapacidad como conductor de aquel que, representando a un enorme partido, arriesga innecesariamente al otorgar más de lo necesario, tal como sucedió al escogerse al defensor del pueblo y en el llamado pacto META, en donde el PRD fue instrumento para que dos legisladores dominen una asamblea de más de 70 legisladores.
Una alianza con los principales cabecillas de la invasión a la patria sería burlarse de los héroes y mártires del 20 de diciembre, y le restaría al PRD el más sólido argumento contra la candidatura de Guillermo Endara, ya que mal podremos criticar la invasión siendo compañeros de ruta de uno de los caudillos de la tragedia del 20. Existe una obra del chileno Carlos Altamirano que dice “perseverar después de la tragedia en mismo error es sembrar el terreno de derrotas futuras”. (Dialéctica de una Derrota. Editorial Siglo XX1 México 1977).
El pacto META y las secuelas del caso CEMIS, la actual inoperancia de la Defensoría del Pueblo y el Ministerio Público en manos de agentes del minoritario Partido Demócrata Cristiano son tragedias que no deberían repetirse, así como las del 20 y 5 de diciembre de 1989 y 1990.
Lenín señalaba que la revolución solamente es posible en la medida en que se logra concretar una correcta política de alianzas; por tanto, no somos los revolucionarios quienes podríamos rechazar una alianza. No obstante, en las alianzas siempre es indispensable un objetivo común, y ante todo, un beneficio común en la búsqueda de esa meta compartida.
En una campaña política electoral, el objetivo es ganar las elecciones, pero en una campana electoral decente los principios ideológicos básicos de los colectivos no se entremezclan, al menos que haya un fenómeno de fuerza mayor como en Venezuela donde enemigos tan mortales como Copei, Acción Democrática, el MAS y, aunque parezca increíble, hasta Bandera Roja se han unificado contra Chávez.
Hoy día en España, usted no vería jamás al PSOE y al Partido Popular en alianza, ya que las bases mismas del actual sistema de partidos y de derecho vigente en ese país no está en peligro. Lo mismo se puede decir de una alianza electoral entre el PAN, el PRI y el PRD en México; las bases de la institucionalidad no están en peligro en ninguna de estas naciones. En Chile, el Partido Socialista se alió con el principal enemigo del Dr. Allende, la Democracia Cristiana; pero esto se hizo ante un hecho trascendental y estratégico, como era derrotar a la dictadura de Augusto Pinochet y recuperar la democracia burguesa. En Panamá, cuando llegó la hora de expulsar a la dictadura militar se unificaron los liberales (eternos enemigos de Arnulfo Arias) con las huestes del panameñismo, eterna víctima de la oligarquía liberal de Panamá.
Unos meses antes de su postulación como aspirante a la Defensoría del Pueblo, conversé con mi condiscípula de la Facultad de Derecho, Maritza Royo y le indiqué mi preocupación por la poca raigambre popular del llamado Partido Demócrata Cristiano (PDC) en nuestro país. Le señalaba a esta gran luchadora por los derechos humanos que la democracia en Venezuela, Chile, República Dominicana, Alemania, Italia y España siempre ha tenido fuertes partidos socialdemócratas, socialistas y demócrata cristianos-populares. Le indicaba que más temprano que tarde el PDC terminaría haciendo alianza estratégica con el PRD, ya que el llamado sistema democrático se desprestigiaba día a día frente los ojos del hombre común y, ante la posibilidad de que surgiese una situación tipo “Chávez”, la unidad de todos los sectores sería ineludible lo cual requería un PDC fuerte.
Los sectores estratégicos del sistema socio-político se unifican, pero no ante fenómenos coyunturales, pues éstos no son trascendentes para la vigencia de los hechos que deben caracterizar a las ideologías políticas.
Cuando se produjo el infame Decreto de Gabinete No.58 del 3 de marzo de 1969, el general Torrijos señalaba que los partidos políticos eran cascarones vacíos y que serían reorganizados como entes ideológicos y programáticos. (Ver El Panamá América de la tarde del 3 de marzo de 1969). Casualmente se trata de que exista compromiso ideológico firme más allá de los simples intereses políticos. Eso es lo que puede prevenir que el sistema de partidos políticos siga perdiendo prestigio y sentido en el seno del pueblo. Entonces, hablar de alianza programática entre dos partidos ideológicamente antagónicos nos es más que un ataque de oportunismo por parte del débil de la alianza y una muestra de incapacidad como conductor de aquel que, representando a un enorme partido, arriesga innecesariamente al otorgar más de lo necesario, tal como sucedió al escogerse al defensor del pueblo y en el llamado pacto META, en donde el PRD fue instrumento para que dos legisladores dominen una asamblea de más de 70 legisladores.
Una alianza con los principales cabecillas de la invasión a la patria sería burlarse de los héroes y mártires del 20 de diciembre, y le restaría al PRD el más sólido argumento contra la candidatura de Guillermo Endara, ya que mal podremos criticar la invasión siendo compañeros de ruta de uno de los caudillos de la tragedia del 20. Existe una obra del chileno Carlos Altamirano que dice “perseverar después de la tragedia en mismo error es sembrar el terreno de derrotas futuras”. (Dialéctica de una Derrota. Editorial Siglo XX1 México 1977).
El pacto META y las secuelas del caso CEMIS, la actual inoperancia de la Defensoría del Pueblo y el Ministerio Público en manos de agentes del minoritario Partido Demócrata Cristiano son tragedias que no deberían repetirse, así como las del 20 y 5 de diciembre de 1989 y 1990.