Alianza para el triunfo
Cuando visitó México George W. Bush, hace aproximadamente dos meses, se reafirmó aquella corriente cuyo contenido entraña altos valores orientados a la paz, la fraternidad y el adelanto. Las expresiones del mandatario, que ampliamente fueron difundidas por los medios de comunicación colectiva, merecen resaltarse singularmente en los días contemporáneos, donde el tema de la globalización ocupa preferentes lugares en la agenda internacional.
Bush, hijo de aquel otro recordado presidente norteamericano, que ha demostrado especial predilección para América Latina y el Caribe, fue claro y expresivo al aseverar textualmente: "Construir un hemisferio de libertad será un compromiso fundamental de nuestro gobierno, ya que nuestro futuro no puede separarse de nuestros vecinos en Canadá y Latinoamérica. La puerta está abierta para una nueva asociación, marcada por la cooperación, la creatividad y el respeto mutuo, para construir el siglo de las Américas". Durante su mandato, nuestra región tendrá la prioridad de Washington, de acuerdo a lo que ampliamente y en su momento se informó. En buena hora que ello suceda, como un nuevo testimonio que viene a reforzar la magnífica e indispensable doctrina del panamericanismo.
La guerra fría acabó cuando el muro de la infamia cayó en Berlín, como consecuencia de las falacias del totalitarismo, lo que vino a inaugurar una nueva y positiva era para la humanidad. No obstante que este histórico suceso tuvo lugar hace más de una década, lamentablemente todavía quedan algunos rezagos del absolutismo que es añorado por quienes recibían ingentes cantidades de rublos para fomentar el enfrentamiento armado en Latinoamérica y el Caribe, a cuyas naciones pretendían someterles a la feroz tiranía bolchevique, con la trampa de reivindicaciones sociales. Los cambios hacia el progreso no pueden darse, sino en una atmósfera de concordia, trabajo, libertad, democracia y respeto a los derechos humanos. Así lo confirma la historia. Los pueblos más adelantados del planeta se cobijan con estos insustituibles valores de la civilización.
El panamericanismo es un compendio de nobles afanes hacia la prosperidad de nuestro continente. Entre sus antecedentes se encuentran los sueños del Libertador Simón Bolívar: pronosticó que América se convertiría en la región más grande del mundo, precisamente por su libertad y su gloria.
Con inspiraciones de esta jerarquía, tuvo lugar en Washington, en 1889, la Primera Conferencia Panamericana; luego, en 1910, asimismo con el patrocinio de los Estados Unidos, se constituyó la Unión Panamericana que adoptó el principio de "América para los americanos", como respuesta a la amenaza imperialista proveniente de Europa.
De 1947 data el Pacto Defensivo Interamericano. En 1948, en la Conferencia de Bogotá, se fundó la OEA, cuyas funciones efectivas comenzaron el 17 de diciembre de 1951. Memorables propósitos y realizaciones han ido en esa misma dirección: Política del Buen Vecino (Roosevelt), Alianza para el Progreso (Kennedy), Iniciativa de las Américas (Bush, padre), dos cumbres de las Américas (Clinton) y, en el presente mes, habrá otra cumbre similar en Quebec, Canadá.
América Latina y el Caribe afrontan graves problemas, como la pobreza, la falta de educación y la vulnerabilidad democrática, a lo que tiene que sumarse el siniestro y colosal poderío del narcotráfico, asociado a la violencia guerrillera, cuyos perfiles son expansionistas y, por lo tanto, contaminantes. Si alguna vez hubo ideal en los alzados en armas colombianos, éste ha cedido paso al avance del más burdo de los bandolerismos.
Sobre todo en lo atinente al narcotráfico y al terrorismo, cuyas naturalezas son similares en lo relativo a destrucción y escenarios transnacionales, el apoyo recíproco de los gobiernos no puede faltar, para enfrentar como es debido a estas difíciles y crecientes plagas de la sociedad.
En el panamericanismo se encuentran sólidas y eficaces respuestas para neutralizar los males que agobian o acechan, particularmente a los países latinoamericanos, por eso, acertadamente, se lo ha definido como la alianza para el triunfo, a la que se debe consolidar, permanentemente, con acciones de constante práctica en la libertad, la democracia y la mutua cooperación, para que en realidad, el siglo que transcurrimos sea el de nosotros, los que habitamos desde Alaska hasta la Patagonia.
Bush, hijo de aquel otro recordado presidente norteamericano, que ha demostrado especial predilección para América Latina y el Caribe, fue claro y expresivo al aseverar textualmente: "Construir un hemisferio de libertad será un compromiso fundamental de nuestro gobierno, ya que nuestro futuro no puede separarse de nuestros vecinos en Canadá y Latinoamérica. La puerta está abierta para una nueva asociación, marcada por la cooperación, la creatividad y el respeto mutuo, para construir el siglo de las Américas". Durante su mandato, nuestra región tendrá la prioridad de Washington, de acuerdo a lo que ampliamente y en su momento se informó. En buena hora que ello suceda, como un nuevo testimonio que viene a reforzar la magnífica e indispensable doctrina del panamericanismo.
La guerra fría acabó cuando el muro de la infamia cayó en Berlín, como consecuencia de las falacias del totalitarismo, lo que vino a inaugurar una nueva y positiva era para la humanidad. No obstante que este histórico suceso tuvo lugar hace más de una década, lamentablemente todavía quedan algunos rezagos del absolutismo que es añorado por quienes recibían ingentes cantidades de rublos para fomentar el enfrentamiento armado en Latinoamérica y el Caribe, a cuyas naciones pretendían someterles a la feroz tiranía bolchevique, con la trampa de reivindicaciones sociales. Los cambios hacia el progreso no pueden darse, sino en una atmósfera de concordia, trabajo, libertad, democracia y respeto a los derechos humanos. Así lo confirma la historia. Los pueblos más adelantados del planeta se cobijan con estos insustituibles valores de la civilización.
El panamericanismo es un compendio de nobles afanes hacia la prosperidad de nuestro continente. Entre sus antecedentes se encuentran los sueños del Libertador Simón Bolívar: pronosticó que América se convertiría en la región más grande del mundo, precisamente por su libertad y su gloria.
Con inspiraciones de esta jerarquía, tuvo lugar en Washington, en 1889, la Primera Conferencia Panamericana; luego, en 1910, asimismo con el patrocinio de los Estados Unidos, se constituyó la Unión Panamericana que adoptó el principio de "América para los americanos", como respuesta a la amenaza imperialista proveniente de Europa.
De 1947 data el Pacto Defensivo Interamericano. En 1948, en la Conferencia de Bogotá, se fundó la OEA, cuyas funciones efectivas comenzaron el 17 de diciembre de 1951. Memorables propósitos y realizaciones han ido en esa misma dirección: Política del Buen Vecino (Roosevelt), Alianza para el Progreso (Kennedy), Iniciativa de las Américas (Bush, padre), dos cumbres de las Américas (Clinton) y, en el presente mes, habrá otra cumbre similar en Quebec, Canadá.
América Latina y el Caribe afrontan graves problemas, como la pobreza, la falta de educación y la vulnerabilidad democrática, a lo que tiene que sumarse el siniestro y colosal poderío del narcotráfico, asociado a la violencia guerrillera, cuyos perfiles son expansionistas y, por lo tanto, contaminantes. Si alguna vez hubo ideal en los alzados en armas colombianos, éste ha cedido paso al avance del más burdo de los bandolerismos.
Sobre todo en lo atinente al narcotráfico y al terrorismo, cuyas naturalezas son similares en lo relativo a destrucción y escenarios transnacionales, el apoyo recíproco de los gobiernos no puede faltar, para enfrentar como es debido a estas difíciles y crecientes plagas de la sociedad.
En el panamericanismo se encuentran sólidas y eficaces respuestas para neutralizar los males que agobian o acechan, particularmente a los países latinoamericanos, por eso, acertadamente, se lo ha definido como la alianza para el triunfo, a la que se debe consolidar, permanentemente, con acciones de constante práctica en la libertad, la democracia y la mutua cooperación, para que en realidad, el siglo que transcurrimos sea el de nosotros, los que habitamos desde Alaska hasta la Patagonia.