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Amanecer atormentado


Hace poco cumplí 65 años. Cuando uno siente que sus pasos van lentos pero seguramente hacia la muerte, vuelve la mirada hacia lo andado para determinar si su vida valió la pena. En mi caso el proceso de evaluación es especialmente exigente porque, debido a que un hermanito mío murió ahogado en Pedregal en el mismo accidente en que a mí me salvaron la vida, he sentido la responsabilidad de vivir por dos.
Amanecí preguntándome si había hecho suficiente por mi patria. La respuesta fue afirmativa tratándose de la época de la dictadura de los militares y sus socios civiles. Hice todo lo que pude tanto cuando estuve en el escenario de los hechos y cuando me ausenté de Panamá, continué recabando datos para escribir nuestra historia. Esperando la caída de la dictadura, demoré el proceso de terminar mi tesis doctoral por varios años, terminándola durante el gobierno de Guillermo Endara. En 1997, cuando gracias al Internet pude leer los diarios panameños, participé nuevamente en la lucha mediante la escritura de artículos que me publicaban los diarios El Panamá América, La Prensa y El Siglo.
Pero hoy me atormenta el saber que la situación de Panamá ha empeorado en forma notoria y no estoy haciendo todo lo que puedo por mi patria. Tengo las manos atadas porque sólo El Panamá América publica mis artículos. No puedo luchar por Panamá como es mi deber porque, como vaticiné cuando informé al pueblo panameño del peligro que se cernía sobre La Prensa cuando Ricardo Arias Arias se proponía tomar la presidencia del mismo, ese periódico ha tomado un rumbo muy distinto al que siguió bajo la presidencia de I. Roberto Eisenmann. A mí me ha cerrado las puertas. Ni cuando quise defender a la periodista Mónica Palm contra la absurda demanda que le puso Mayor Alfredo Alemán, accedió el subdirector Rafael Carles a publicar mi artículo. Le escribí con desprecio: “Ustedes no defienden ni a su propia gente”.
A los nuevos propietarios del diario El Siglo no se me ocurriría mandar un escrito. Sin embargo, si alguien visita a Blas Julio—hoy en la cárcel como producto de un complot tenebroso que usaron las autoridades para enviar un mensaje de intimidación a los medios de comunicación—díganle que no me he olvidado de él y de los grilletes que le pusieron.
No se puede decir que se ha estrangulado a los medios de comunicación desde 1997 a medida que ha aumentado la corrupción porque no sabemos a ciencia cierta cuánta corrupción, hubo en el gobierno de Pérez Balladares. En cuanto a la presidenta Mireya Moscoso, yo pensaba hasta hace poco que servía como pantalla a diversos cacicazgos que ejercían el poder a trastiendas. Pero, fuentes anteriormente muy cercanas a ella dicen que eso no es cierto, que ella es totalmente responsable por las políticas, buenas o malas, de su gobierno.
Lo que sí puedo afirmar es mi opinión de que la presidenta ha destruido la reputación de su partido ya que el panameñismo, convertido en arnulfismo y luego en mireyismo, ya no representa lo que un día representó. También puedo afirmar que el Gobierno de Mireya Moscoso pasará a la historia como un gobierno que, con la notoria complicidad de un procurador nombrado por Pérez Balladares, ha perseguido a los periodistas y comentaristas que luchan contra el abuso del poder y la corrupción.
Los tres poderes de esta Nación están embarrados con acusaciones corrupción.
Falta espacio para detallar los escándalos que envuelven a los poderes Ejecutivo, Legislativo y Judicial. Sin embargo, habiendo muchos altos funcionarios que deben rendir cuentas ante el pueblo panameño, las enjuiciadas son las periodistas Michelle Lescure y Mónica Palm. Se dice además que Wilfredo Saenz, el magistrado del Tribunal Superior que maneja la apelación de la sentencia absolutoria de Miguel Antonio Bernal, aguarda el momento oportuno para condenarlo.
Amanecí preguntándome si había hecho suficiente por mi patria. Sin embargo, he llegado a entender que, aunque mis artículos fueran publicados también por La Prensa y El Siglo, muy poco lograrían si la ciudadanía no asume sus responsabilidades porque la Patria la hacemos todos. La crisis actual es tan grave que los panameños debieran estar de pie, protestando de frontera a frontera para hacer entender al Gobierno que no toleramos el abuso del poder y la corrupción. Sin embargo, estamos permitiendo sumisamente que los corruptos se apoderen de Panamá. ¿Será que la ciudadanía no entiende que nos ahoga una corrupción de gravísimas consecuencias para todos? ¿Será que la clase media no comprende que la corrupción es asesina porque la carencia de fondos estatales disminuye la atención médica a los niños pobres y restringe la educación pública, aumentando la tasa de mortalidad infantil así como la delincuencia? O, ¿será que hay poquísimos ciudadanos honrados y valientes porque la dictadura logró corromper y atemorizar a casi todo un pueblo?
Pensando así en mi amanecer atormentado, he llegado a hacerme otra pregunta. Hoy tengo 65 años pero es la misma pregunta que me hice cuando a los 15 años observaba horrorizada a los heridos que llegaban al Hospital Santo Tomás después de que tumbaron a Arnulfo Arias en 1951, y la misma pregunta que me hacía a los 32 años cuando luchaba en la clandestinidad contra la dictadura militar: ¿Qué nos pasa?

Cualquier ciudadano panameño se preguntaría cómo es posible que estas personas arriesguen su vida en la selva, sólo para llegar a localidades apartadas del país, donde los panameños no quieren vivir, precisamente por las condiciones insalubres y de pocas oportunidades que imperan en Darién.
La respuesta es simple: la región del Chocó y áreas de Antioquia, en Colombia, colindantes con Panamá, presentan características similares a las de comunidades como Punusa, Boca de Cupe, Yape, o cualesquiera de las ubicadas a orillas del Tuira.
La diferencia para cada desplazado colombiano radica en que en su tierra tenían sus propias fincas y sus propios recursos para subsistir. En Darién no. Allí dependen de la solidaridad de los indígenas del sector, que les permiten vivir en sus tierras con el compromiso de que trabajen en sus "montes" (fincas), cosechando plátanos, arroz, maíz y otoe.
Pasados los años, desde 1997 cuando se dio la primera incursión masiva de desplazados en Darién, muchos de los radicados en esas poblaciones tienen ahora sus casas, construidas al estilo indígena, y sus "montes", aunque en tierras comarcales.
Esas viviendas están montadas sobre horcones, con techos de hojas de plátano, pisos de bambú y, generalmente, sin paredes. Unas tienen un pequeño cuarto, donde duermen algunos de los miembros de las familias, en el suelo, porque no hay camas. El resto duerme fuera de la habitación.
Las condiciones son insalubres debido a que no hay letrinas, ni pozos donde abastecerse de agua. El río sirve de letrina, baño, fregadero, lavadero y vía de transporte.
A nadie se le ocurre hervir el agua, que en invierno presenta un color chocolate y las corrientes (chorros) son fuertes.
Estos desplazados no pueden trasladarse de un pueblo a otro, pasando por retenes, pues son devueltos por la Policía fronteriza debido a su estatus como tales. En consecuencia, viven teniendo el poblado por cárcel. Han salvado la vida, pero han perdido su libertad, al menos por el momento.

En ese entorno conviven desplazados e indígenas. Los primeros, después de haber cruzado trochas y ríos, jugándose la vida.
Y no es una exageración. El Panamá América penetró una de esas trochas, aunque no en su totalidad, ubicada cerca de la boca del río Punusa. Esta serpentea el río Tuira arriba, para llegar a Susugantí (en la cabecera del Tuira) aún en territorio darienita. Luego se llega al poblado de Agua Fría y de allí a los límites con Colombia, cordillera adentro. Desde ahí en adelante son sólo montañas y selva.
Al pasar Susugantí, se hacen 18 cruces del río del mismo nombre para llegar a Palo de la Letra, en plena cordillera. En esa área, cualquier grupo insurgente puede atacar.
Al principio del recorrido, aunque casi intransitable a pie, los árboles no eran tan grandes ni la vegetación tan espesa.
Pero a medida que se avanzaba, los árboles se hacían tan gigantescos que cerraban el paso a la luz del sol. Aunque era temprano en la mañana, parecía que se acercaba el ocaso.
Por esas trochas caminan familias enteras, con niños de meses en los brazos de los adultos. También son usadas por paramilitares, guerrilleros y aventureros suramericanos.
Cada cierto tiempo, hay que cruzar ríos sobre "puentes", que en realidad son troncos de árboles, que deben cruzarse manteniendo el equilibrio, para no caer al agua.
Según narraron los guías que condujeron al equipo por esos "caminos", ningún desplazado pernocta en el estrecho sendero, que generalmente ha sido abierto a punta de machete. Todos lo hacen introduciéndose en la selva, tratando de no dejar huellas ni ramas partidas, a fin de que los guerrilleros y paramilitares no encuentren su rastro, lo que podría significar una muerte segura y de la manera más horrenda.
En ocasiones, los guerrilleros encuentran a familias enteras en plena selva. Estas llevan algunos enseres para sobrevivir en ella. Entonces, los insurgentes les advierten que les dan media hora para que "desaparezcan" del lugar, o de lo contrario, los matan.
A los desplazados no les queda otra que dejar comida, zapatos, ropa o cualquier utensilio que llevaban, para salir en estampida por las trochas.
Muchos se arriesgan a tratar de llegar a su destino por el río, en balsas construidas con troncos de "balso", muy rudimentarias y mal amarradas.
¿Resultado? La destrucción de las precarias embarcaciones en los rápidos (chorros) de los ríos y, muchas veces, una muerte segura, de acuerdo con los guías.
Por esta trocha, en particular, un caminante adiestrado puede durar tres días en llegar a Colombia, especialmente ahora que la trocha se ha hecho más ancha, conforme pasan desplazados, guerrilleros y paramilitares.
Sin embargo, una familia con niños y mujeres demora entre ocho y 15 días para atravesarla.
"Los hombres lloran por el dolor de dejar sus tierras, los niños porque se pullan los pies con las espinas, y las mujeres por ver el sufrimiento de su familia", aseguró un guía. "Yo lo he visto", resaltó.
De esa manera han llegado decenas de colombianos que prefieren morir por la mordedura de una serpiente, de hambre o de sed en la selva, antes que ser masacrados por grupos irregulares de su país, que se enfrentan en una guerra que ha dejado de buscar ideales para saciar el hambre de violencia y genocidio que parece no satisfacerse nunca.
Muchos han llegado con Leshmaniasis, deshidratados, con parasitosis y otras enfermedades tropicales, incluso la malaria. Esos han tenido suerte, porque otros han quedado enterrados en la selva, sin una lápida que indique que allí está su cuerpo, ni un familiar que visite su tumba.

101 años de Panamá América

 
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