América Latina y neoizquierdismo
Desde las montañas del Altiplano, un grupo de indígenas comienza una nueva revolución social: dirigentes cocaleros, cansados por el abandono y la explotación de medio milenio por parte de los gobiernos altaneros. Evo Morales es el ejemplo del descontento de los campesinos, quienes ven a este hombre como su salvador. Tan así es el asunto, que quedó en el segundo lugar de las recientes elecciones presidenciales en Bolivia, al punto de que puede convertirse en mandatario del país andino.
Hacia el oeste, el Perú también hierve en el descontento. Miles de trabajadores, desempleados y estudiantes de las regiones sureñas se rebelan al gobierno, ante el intento de privatizar las empresas de electricidad. Temerosos de que suceda el encarecimiento del nivel de vida, los peruanos de Cuzco y Arequipa se sublevan. Alejandro Toledo, el gobernante peruano, debió desistir ante la presión de los grupos sociales de la clase baja.
A los ejemplos antes mencionados, hay que agregar la aparición de fuerzas sociales de la izquierda, frentes populares y grupos alternativos políticos, fuera de los partidos tradicionales, en otros puntos de la América Latina. Venezuela está dirigida por el movimiento bolivariano de Hugo Chávez, entidad populista de izquierda que incluso frustró un golpe de estado derechista.
Argentina se debate entre el caos político y la presión civil que más parece una fiel copia de la Revolución Francesa, sólo esperando el momento para derrocar a Eduardo Duhalde. Lula da Silva, un líder izquierdista obrero, está pronto a controlar el poder en la mayor potencia regional sudamericana, el Brasil.
Estamos presenciado la aparición de una nueva fuerza política, la renovación del socialismo latinoamericano. A modo dramático, podemos decir que este movimiento generalizado ya tiene un nombre: "neoizquierdismo".
Es el ascenso de una ideología política basada en el rescate de los valores sociales comunes, la renacionalización de las empresas privatizadas, el retorno al intervencionismo del Estado en la política económica, la presencia de un gobierno autoritario populista y la reutilización de los discursos de barricada para engatusar a los ciudadanos. América Latina es un campo de batalla entre proyectos socialistas y el capitalismo, en cuyo frente publicitario se colocaba el neoliberalismo.
De 1990 a este año, los gobiernos en la región se adaptaron a los cambios de la globalización, entregando al poder privado y a las transnacionales, todos los recursos estatales, desde las reservas monetarias y la privatización de las empresas de servicios públicos. El neoizquierdismo es una opción contraria al neoliberalismo. Es volver a políticas intervencionistas en donde un gobierno decide imponer nuevas reglas en su economía, todo para satisfacer las necesidades civiles.
Empero, igual que el viejo socialismo, muchos temen que los futuros gobernantes neoizquierdistas se transformen en dictaduras extremistas, que no permitan la libre expresión y repriman la democracia participativa, tal como ocurre en Venezuela, según la percepción de la oposición vale.
Y tal como decían los expertos de la política latinoamericana, el ciclo de cambios dentro de la Humanidad ya llegó a un nivel en donde parece venir el turno de los grupos de presión izquierdistas. Ante esto, habrá que esperar la reacción de los gobiernos conservadores y derechistas, muchos de los cuales dirigen a las superpotencias industriales, que no soportarían la mera presencia de naciones bajo sistemas neoizquierdistas.
Hay que ver cuál será la postura de Estados Unidos, dirigido por un ultraderechista como George W. Bush, ante el nacimiento de gobiernos de izquierda en resto de América Latina, como en Argentina, Brasil, Bolivia, Perú, Paraguay y Ecuador. Cuán equivocados estaban los analistas políticos internacionales, al decir hace 12 años que el socialismo había sucumbido con la desaparición de la otrora Unión Soviética.
A pesar de que el bloque comunista se hundió con sus regímenes autoritarios, lo cierto es que los nuevos gobiernos democráticos jamás generaron las expectativas de favorecer a los de menos ingresos, a los pobres y desempleados. El tiempo dirá cuál será el destino de nuestra región y si en realidad, se cumple la previsión del resurgimiento de la nueva izquierda.
Hacia el oeste, el Perú también hierve en el descontento. Miles de trabajadores, desempleados y estudiantes de las regiones sureñas se rebelan al gobierno, ante el intento de privatizar las empresas de electricidad. Temerosos de que suceda el encarecimiento del nivel de vida, los peruanos de Cuzco y Arequipa se sublevan. Alejandro Toledo, el gobernante peruano, debió desistir ante la presión de los grupos sociales de la clase baja.
A los ejemplos antes mencionados, hay que agregar la aparición de fuerzas sociales de la izquierda, frentes populares y grupos alternativos políticos, fuera de los partidos tradicionales, en otros puntos de la América Latina. Venezuela está dirigida por el movimiento bolivariano de Hugo Chávez, entidad populista de izquierda que incluso frustró un golpe de estado derechista.
Argentina se debate entre el caos político y la presión civil que más parece una fiel copia de la Revolución Francesa, sólo esperando el momento para derrocar a Eduardo Duhalde. Lula da Silva, un líder izquierdista obrero, está pronto a controlar el poder en la mayor potencia regional sudamericana, el Brasil.
Estamos presenciado la aparición de una nueva fuerza política, la renovación del socialismo latinoamericano. A modo dramático, podemos decir que este movimiento generalizado ya tiene un nombre: "neoizquierdismo".
Es el ascenso de una ideología política basada en el rescate de los valores sociales comunes, la renacionalización de las empresas privatizadas, el retorno al intervencionismo del Estado en la política económica, la presencia de un gobierno autoritario populista y la reutilización de los discursos de barricada para engatusar a los ciudadanos. América Latina es un campo de batalla entre proyectos socialistas y el capitalismo, en cuyo frente publicitario se colocaba el neoliberalismo.
De 1990 a este año, los gobiernos en la región se adaptaron a los cambios de la globalización, entregando al poder privado y a las transnacionales, todos los recursos estatales, desde las reservas monetarias y la privatización de las empresas de servicios públicos. El neoizquierdismo es una opción contraria al neoliberalismo. Es volver a políticas intervencionistas en donde un gobierno decide imponer nuevas reglas en su economía, todo para satisfacer las necesidades civiles.
Empero, igual que el viejo socialismo, muchos temen que los futuros gobernantes neoizquierdistas se transformen en dictaduras extremistas, que no permitan la libre expresión y repriman la democracia participativa, tal como ocurre en Venezuela, según la percepción de la oposición vale.
Y tal como decían los expertos de la política latinoamericana, el ciclo de cambios dentro de la Humanidad ya llegó a un nivel en donde parece venir el turno de los grupos de presión izquierdistas. Ante esto, habrá que esperar la reacción de los gobiernos conservadores y derechistas, muchos de los cuales dirigen a las superpotencias industriales, que no soportarían la mera presencia de naciones bajo sistemas neoizquierdistas.
Hay que ver cuál será la postura de Estados Unidos, dirigido por un ultraderechista como George W. Bush, ante el nacimiento de gobiernos de izquierda en resto de América Latina, como en Argentina, Brasil, Bolivia, Perú, Paraguay y Ecuador. Cuán equivocados estaban los analistas políticos internacionales, al decir hace 12 años que el socialismo había sucumbido con la desaparición de la otrora Unión Soviética.
A pesar de que el bloque comunista se hundió con sus regímenes autoritarios, lo cierto es que los nuevos gobiernos democráticos jamás generaron las expectativas de favorecer a los de menos ingresos, a los pobres y desempleados. El tiempo dirá cuál será el destino de nuestra región y si en realidad, se cumple la previsión del resurgimiento de la nueva izquierda.