Amor, amor
A medida que pasan los días, los meses y los años, siento que a pesar de mis esfuerzos te sigo viendo, no como una sombra, no como un amor que se desvanece, no como una persona que me ayuda a cruzar la calle. Sé que me persigues; sé que me acompañas siempre; eres mi silueta, ya sea en la penumbra de la noche o en el perfil de las mañanas.
Por donde yo camino siento el olor de ese perfume que tú usabas, y muchísimas veces ese aliento se entrelaza con el mío como esas ramas florecidas que se enrollan en los troncos de los árboles.
Tú no estás lejos de mí porque mi corazón se ha agrandado para ofrecerte tu puesto. ¡Oh memoria mía!, aún siento tu agasajo, tu fineza, tu afabilidad; todo esto como un obsequio eterno para apaciguar los años de mi soledad sin tu presencia.
El olvido está lleno de memoria. Yo siento que tu corazón está en mí; puedo dormir tranquila porque mi congoja por tu ausencia, de noche, se vuelve ilusión y se regocija en un amor eterno para poder ver el amanecer radiante y la sombra de tu persona junto a la mía.
Oh, Amor, cómo me dejaste sin tu suspiro; sin el aliento de tu boca, sin el roce de tus manos, sin el calor de tus abrazos, sin el sonido de tus ronquidos, sin el toque de tus labios. Aun así, te sigo queriendo, aunque en tu partida te llevaste contigo la mitad de mis ilusiones, dejándome un corazón solitario, pero con un motor que de lejos sigue comentando y aplaudiendo el gran amor de muchos años.