Amor y amistad
Cuando vivía en Las Tablas, y cuando fui a estudiar a Buenos Aires, no conocía la costumbre de celebrar el 14 de febrero. Mucho más tarde aprendí su significado y todos los años tenía que comprar tantas tarjetitas como compañeritos-as tenían mis hijos en la escuela de la antigua Zona del Canal. A medida que pasa el tiempo, me compenetro más con la celebración de esa fecha y le guardo respeto, sin ser fanática.
Sin amor no existe felicidad. Es necesario amar a alguien, no importa quién sea, pero amar se impone sobre todas las cosas, ya que el amor trae aparejado un sentimiento inigualable. Se ama a Dios, a los padres, a los hermanos, a los hijos y a otras personas. Lo que sucede es que muchas veces confundimos querer con amar... y no es igual. Puedo querer algo, querer a alguien, querer ser o dejar de ser; pero cuando amas de veras sientes deseos de estar permanentemente con esa persona. Si amas a tu cónyuge, no ves el momento de regresar a casa para verlo, darle un beso de saludo y conversar con él o ella.
En el amor la comunicación es lo más importante; si no se cuentan lo que hacen, las tonterías que se han hecho durante el día, el amor es incompleto.
La amistad sincera es preciosa e impagable; no existe dinero capaz de comprar un amigo o amiga ya que una amistad sincera es dar sin esperar nada. En el momento en que des tu amistad esperando ser revertido, priva el interés y no el sentimiento. Tengo la suerte de tener un gran grupo de amigas sinceras, capaces de sacrificarse si así fuera necesario, y un grupo de amigos que son o han sido mis hermanos, mis papás, que me brindan apoyo, consejos cuando los busco y los necesito. Eso tampoco tiene precio.
Sin embargo, tener amistades es más fácil que conservar un amor. De allí vienen las separaciones de las parejas porque, en una u otra forma, no supieron retener ese amor con el que empezaron sus relaciones y al no saber cómo lograrlo, se pierde esa compenetración en que el uno le es indispensable al otro y se comprenden del todo.
Quisiera transcribir estas reflexiones extraídas de la hojita parroquial del domingo pasado en la Iglesia de San Francisco de la Caleta y que me pareció extraordinaria y apropiada para este día que se celebró ayer y que debiera ser para todo el año.
Nosotros no podemos curar a un leproso, pero si queremos...
Podemos curar esas heridas que con nuestro mal humor habitual causamos en casa a nuestros seres queridos.
Podemos aliviar algún tanto, en la medida de las posibilidades, la situación difícil por la que pasa alguna familia o algún amigo que conocemos.
Podemos hacer un esfuerzo sincero para devolverle "la salud" a ese amor conyugal que, por descuido nuestro, se nos está muriendo.
Podemos sanar la tristeza de aquel familiar al que le hemos retirado el habla o de aquel subordinado o compañero de trabajo con el que nos mostramos cortantes o resentidos.
Podemos, con nuestras atenciones y cariño, hacerle más llevadera su enfermedad a la tía anciana, al abuelo inválido, al hermanito retrasado...
Podemos curar muchas angustias, muchas pequeñas penas, muchas heridas...
Todo está en querer.
Es por esto que el amor conyugal, el familiar y el de una buena amistad, debe prevalecer por encima de cualquier sentimiento hostil que acaba con la unión que había sido tan hermosa y que creímos perdurable.
No puedo quejarme. La vida me ha dado todo: una infancia feliz, una juventud hermosa, inigualable, un trabajo profesional al que amé; un matrimonio casi perfecto, una vida familiar que puedo decir mucho. Todo lo material es nada, si lo tenemos o nos falta, con tal que tengamos amor y yo siempre me sentí querida por los míos, por los que me han rodeado y he sido capaz de olvidar e ignorar cualquier maldad que hayan querido hacerme.
Me considero, pues, una mujer que ha vivido una vida completa y pienso seguir haciéndolo por muchos años más. No creo tener enemigos y los que me envidian por algo, no me llega y le pido a Dios que se la quite.
El amor y la amistad es lo más bello que existe en el universo. Cuando estas cosas se terminen, terminará la felicidad de un mundo con sensibilidad y afecto.
marisin@movistar.com.pa
Sin amor no existe felicidad. Es necesario amar a alguien, no importa quién sea, pero amar se impone sobre todas las cosas, ya que el amor trae aparejado un sentimiento inigualable. Se ama a Dios, a los padres, a los hermanos, a los hijos y a otras personas. Lo que sucede es que muchas veces confundimos querer con amar... y no es igual. Puedo querer algo, querer a alguien, querer ser o dejar de ser; pero cuando amas de veras sientes deseos de estar permanentemente con esa persona. Si amas a tu cónyuge, no ves el momento de regresar a casa para verlo, darle un beso de saludo y conversar con él o ella.
En el amor la comunicación es lo más importante; si no se cuentan lo que hacen, las tonterías que se han hecho durante el día, el amor es incompleto.
La amistad sincera es preciosa e impagable; no existe dinero capaz de comprar un amigo o amiga ya que una amistad sincera es dar sin esperar nada. En el momento en que des tu amistad esperando ser revertido, priva el interés y no el sentimiento. Tengo la suerte de tener un gran grupo de amigas sinceras, capaces de sacrificarse si así fuera necesario, y un grupo de amigos que son o han sido mis hermanos, mis papás, que me brindan apoyo, consejos cuando los busco y los necesito. Eso tampoco tiene precio.
Sin embargo, tener amistades es más fácil que conservar un amor. De allí vienen las separaciones de las parejas porque, en una u otra forma, no supieron retener ese amor con el que empezaron sus relaciones y al no saber cómo lograrlo, se pierde esa compenetración en que el uno le es indispensable al otro y se comprenden del todo.
Quisiera transcribir estas reflexiones extraídas de la hojita parroquial del domingo pasado en la Iglesia de San Francisco de la Caleta y que me pareció extraordinaria y apropiada para este día que se celebró ayer y que debiera ser para todo el año.
Nosotros no podemos curar a un leproso, pero si queremos...
Podemos curar esas heridas que con nuestro mal humor habitual causamos en casa a nuestros seres queridos.
Podemos aliviar algún tanto, en la medida de las posibilidades, la situación difícil por la que pasa alguna familia o algún amigo que conocemos.
Podemos hacer un esfuerzo sincero para devolverle "la salud" a ese amor conyugal que, por descuido nuestro, se nos está muriendo.
Podemos sanar la tristeza de aquel familiar al que le hemos retirado el habla o de aquel subordinado o compañero de trabajo con el que nos mostramos cortantes o resentidos.
Podemos, con nuestras atenciones y cariño, hacerle más llevadera su enfermedad a la tía anciana, al abuelo inválido, al hermanito retrasado...
Podemos curar muchas angustias, muchas pequeñas penas, muchas heridas...
Todo está en querer.
Es por esto que el amor conyugal, el familiar y el de una buena amistad, debe prevalecer por encima de cualquier sentimiento hostil que acaba con la unión que había sido tan hermosa y que creímos perdurable.
No puedo quejarme. La vida me ha dado todo: una infancia feliz, una juventud hermosa, inigualable, un trabajo profesional al que amé; un matrimonio casi perfecto, una vida familiar que puedo decir mucho. Todo lo material es nada, si lo tenemos o nos falta, con tal que tengamos amor y yo siempre me sentí querida por los míos, por los que me han rodeado y he sido capaz de olvidar e ignorar cualquier maldad que hayan querido hacerme.
Me considero, pues, una mujer que ha vivido una vida completa y pienso seguir haciéndolo por muchos años más. No creo tener enemigos y los que me envidian por algo, no me llega y le pido a Dios que se la quite.
El amor y la amistad es lo más bello que existe en el universo. Cuando estas cosas se terminen, terminará la felicidad de un mundo con sensibilidad y afecto.
marisin@movistar.com.pa