Anarquía total en Irak
Desde medidos del siglo pasado (el XX) existe el potencial bélico inventado para pulverizar al país enemigo, en una guerra calificada de relámpago, porque sólo requiere unos pocos días o pocos meses para culminar su dudoso éxito. Lo demostró la Alemania nazi, al comienzo de la segunda guerra mundial (desde 1939), y lo ha demostrado ahora Estados Unidos, en su segunda guerra con Irak, aunque también los aliados de los cuarenta lo comprobaron al destrozar las ciudades teutonas. Aunque aparentemente escribimos estas líneas con serenidad, la catástrofe guerrera nos produce un horror indescriptible, experiencia testifical que tenemos de la hecatombe del XX y en la de estos días.
Entre la primera guerra contra Hussein hace una década, y la que hoy comienza a terminar, ha sido notoria la diferencia desvastadora que ha podido desarrollar Estados Unidos. Las bombas y los misiles norteamericanos han hecho añicos verdaderas fortalezas edificadas para resistir el inmenso poder demoledor que suponíamos en manos de Norteamérica, pero la realidad de las tres últimas semanas ha ido más allá de cualquier pronóstico, aun de expertos, y que un sistema televisivo y satelital ha permitido presenciar desde cualquier parte del mundo y desde cualquier sitio en que nos ha sido posible estar.
La guerra contemporánea ha llegado al nivel de desastres aterradores, aun con las limitaciones humanitarias que la casi totalidad de los beligerantes respetan, porque es la única estrategia que asegura sortear represalias iguales o peores. Sadam Hussein pudo usar la parafernalia de la guerra bactereológica y/o química, en contra de rivales inferiores, mas, aparentemente, ahora se guardó sus armas vedadas; temiendo lo que no pudo evitar, porque Norteamérica estuvo preparada para dar pruebas monstruosas de un insólito progreso en la más salvaje de las hazañas que, lamentablemente, todavía es patrimonio del género humano, quién sabe hasta cuándo: la guerra.
Pero si ha estremecido a toda la población mundial ese abrumador poderío guerrero de Norteamérica, se ha visto esta vez, en expresión inesperada, la otra cara de la misma moneda, no muy frecuente: el saqueo, el caos puestos en marcha por un sector vengativo y lumpenizado de la nación vencida. En casi todas las ciudades del Irak destrozado, la franja maleada de la sociedad ha reclamado su cuotaparte de bienes robados, a causa de la quiebra del orden público, en los sitios que la acción bélica ha sumido en el vacío de toda autoridad. Esa experiencia la ha vivido Estados Unidos de América, como corolario de su autoría guerrera en el siglo pasado y la experimenta en la segunda guerra que le tocó desatar en el nuevo siglo recién iniciado. El problema no es nuevo. Panamá lo vivió durante tres días, con la invasión norteña de diciembre de 1989. Y los jefes militares, en el sitio de la tragedia y en el Pentágono, parece que sólo se preocuparon por sostener el interés perseguido por ellos, encogiéndose de hombros, porque todavía el Derecho Internacional, que en buena parte es aún el derecho de la guerra, es el acto que califican de improviso, de fortuito, de fuerza mayor, y como dice el Derecho inglés “the act of God”, en que no se puede exigir responsabilidad, por los daños sobrevinientes, sean o no catastróficos.
No era imprevisible ni en Panamá ni en Irak, que la invasión armada quiebra el orden público nacional, porque destrona el aparato gubernativo existente en el país atacado, hasta cuando las condiciones vuelvan a su nivel más o menos normal. A más de la destrucción física y su pérdida económica; a más de las numerosas muertes en el país demolido, todavía se agregan el saqueo, el pillaje, el caso, a veces espantoso. En Irak, en la Mesopotamia del Tigris y del Eufrates, asiento de una maravillosa cultura milenaria, en el alba de la civilización del hombre, las turbas hambrientas corrieron también hacia el Museo Histórico, llevándose muchas reliquias y prodigios del lejano pasado y dejando destrozos de lo que ya no se podrá rescatar, ni recomponer.
Ojalá la especie humana entienda, más temprano que tarde, que debe salir para siempre de la bárbara caverna de la guerra.
Entre la primera guerra contra Hussein hace una década, y la que hoy comienza a terminar, ha sido notoria la diferencia desvastadora que ha podido desarrollar Estados Unidos. Las bombas y los misiles norteamericanos han hecho añicos verdaderas fortalezas edificadas para resistir el inmenso poder demoledor que suponíamos en manos de Norteamérica, pero la realidad de las tres últimas semanas ha ido más allá de cualquier pronóstico, aun de expertos, y que un sistema televisivo y satelital ha permitido presenciar desde cualquier parte del mundo y desde cualquier sitio en que nos ha sido posible estar.
La guerra contemporánea ha llegado al nivel de desastres aterradores, aun con las limitaciones humanitarias que la casi totalidad de los beligerantes respetan, porque es la única estrategia que asegura sortear represalias iguales o peores. Sadam Hussein pudo usar la parafernalia de la guerra bactereológica y/o química, en contra de rivales inferiores, mas, aparentemente, ahora se guardó sus armas vedadas; temiendo lo que no pudo evitar, porque Norteamérica estuvo preparada para dar pruebas monstruosas de un insólito progreso en la más salvaje de las hazañas que, lamentablemente, todavía es patrimonio del género humano, quién sabe hasta cuándo: la guerra.
Pero si ha estremecido a toda la población mundial ese abrumador poderío guerrero de Norteamérica, se ha visto esta vez, en expresión inesperada, la otra cara de la misma moneda, no muy frecuente: el saqueo, el caos puestos en marcha por un sector vengativo y lumpenizado de la nación vencida. En casi todas las ciudades del Irak destrozado, la franja maleada de la sociedad ha reclamado su cuotaparte de bienes robados, a causa de la quiebra del orden público, en los sitios que la acción bélica ha sumido en el vacío de toda autoridad. Esa experiencia la ha vivido Estados Unidos de América, como corolario de su autoría guerrera en el siglo pasado y la experimenta en la segunda guerra que le tocó desatar en el nuevo siglo recién iniciado. El problema no es nuevo. Panamá lo vivió durante tres días, con la invasión norteña de diciembre de 1989. Y los jefes militares, en el sitio de la tragedia y en el Pentágono, parece que sólo se preocuparon por sostener el interés perseguido por ellos, encogiéndose de hombros, porque todavía el Derecho Internacional, que en buena parte es aún el derecho de la guerra, es el acto que califican de improviso, de fortuito, de fuerza mayor, y como dice el Derecho inglés “the act of God”, en que no se puede exigir responsabilidad, por los daños sobrevinientes, sean o no catastróficos.
No era imprevisible ni en Panamá ni en Irak, que la invasión armada quiebra el orden público nacional, porque destrona el aparato gubernativo existente en el país atacado, hasta cuando las condiciones vuelvan a su nivel más o menos normal. A más de la destrucción física y su pérdida económica; a más de las numerosas muertes en el país demolido, todavía se agregan el saqueo, el pillaje, el caso, a veces espantoso. En Irak, en la Mesopotamia del Tigris y del Eufrates, asiento de una maravillosa cultura milenaria, en el alba de la civilización del hombre, las turbas hambrientas corrieron también hacia el Museo Histórico, llevándose muchas reliquias y prodigios del lejano pasado y dejando destrozos de lo que ya no se podrá rescatar, ni recomponer.
Ojalá la especie humana entienda, más temprano que tarde, que debe salir para siempre de la bárbara caverna de la guerra.