Anarquistas amateur
Médico psiquiatra
Desde el inicio de los gobiernos democráticos en Panamá, diciembre de 1989, luego de la desbandada de las Fuerzas de Defensa y de los batallones de la dignidad, se ha estado intentando con muchos tropiezos y sobre la marcha, reinventar un sistema político en donde el diálogo, la tolerancia y el consenso de los diferentes actores sociales imperen con el objetivo de lograr el bienestar de las grandes mayorías de panameños que día a día trabajan para ser mejores.
La consolidación de la democracia en un ambiente de justicia y libertad ha sido aquí un proceso difícil pero constante al igual que en muchos otros países que dejaron atrás los modelos de gobierno militar o comunistas. En algunos aspectos se han logrado avances: el sistema electoral, la libertad de expresión, libre comercio y ciertos ajustes en el sistema judicial, entre otros logros. Pero ello ha sido parcialmente y como toda obra humana, son imperfectas, pero perfectibles. En alguna forma el avance obtenido se ha estancado por rezagos de una cultura autoritaria, caudillista y mercantilista desde los albores de la República, y también por los apetitos personales y políticos de grupos de intereses que creen que Panamá es una hacienda para repartir.
La democracia representativa, participativa y deliberativa es de una constante evolución en donde se debe rediseñar las instituciones fundamentales del Estado-nación y crear nuevas formas o canales que permitan resolver con un mínimo de conflictividad y de imparcialidad los variopintos problemas a los que nos enfrentamos cada día, mes y año. A pesar de que hay buena voluntad en muchos sectores para cimentar los valores cívicos de convivencia democrática, en otros no existe esa voluntad de mejorar sino de servirse del sistema y aprovechar ventajas basándose en la intolerancia y el chantaje. Nuestro sistema político de instituciones es, en gran parte, caduco y no responde a una nueva época que irrumpe vertiginosamente, en la que la complejidad tecnológica, el debate serio y honesto con visión de futuro se imponen más que nunca.
Muchos de los grupos que actualmente sabotean abiertamente el diálogo sereno de la problemática nacional son fruto de aquella época de imposiciones y de paternalismo de Estado, entre ellos, sindicatos, asociaciones, grupos estudiantiles y para-políticos, algunos de ellos mostrando muchísima más intolerancia y beligerancia ahora que tenemos un gobierno distinto en cuanto a la manera de llevar los asuntos de Estado.
En el gobierno anterior, algunos de los supuestos líderes populares que encabezan tales grupos fueron candidatos de la hoy oposición y si ningún sonrojo contradicen lo que ayer sostenían, ejemplo, el fondo fiduciario, el arbitraje laboral donde hay opciones para elegir cómo se quieren resolver los conflictos, la cacareada imagen internacional que ayer defendían y muchos tópicos más. También salen algunos a defender el "discurso social" o los movimientos de querella social de seudodirigentes que cuando les ofrecieron dietas en juntas directivas bajaron su perfil y ahora salen nuevamente a la palestra pero con una agresividad inusitada desde el 1 de septiembre de 1999 tras las críticas que se hacen a menudo por los cierres abusivos y arbitrarios que se dan en la ciudad capital y en la interamericana ( días de quincena y a las 12 mediodía, sobretodo).Al respecto es menester decir que tanto los ricos como los pobres pueden tener la razón en un momento dado, no sólo el pobre o aquel que dice representar a los pobres, con ese discurso mediocre y sin sustancia de lucha de clases y reivindicativo que en la práctica muchos de ellos no cumplen; y que en realidad se convierten en "tropas de choque" de un anarquismo y anomía social en el que están interesados tres o cuatro ambiciosos marginados, amorales e ideologizados de amargura y resentimientos comunistoides.
Se justifica: ¿Tirar molotov por defender a un estudiante sancionado por robar exámenes o copiarse? ¿Cerrar la vía y prenderle fuego a la ciudad por la no satisfacción de una demanda muy particular de un grupo de presión sin representatividad alguna? ¿Oponerse a última hora, luego de meses de diálogo, en lo referente a las jubilaciones de los maestros? ¿Amenazar con deslucir una cumbre de presidentes cuando los salarios del sector público más altos de la región los tiene Panamá y se puede lograr más? ¿Bloquear calles en Colón el día antes de la llegada de un crucero lleno de turistas? Hace poco un "dirigente del movimiento social" con una efigie del Che Guevara y lenguaje mitinesco y trasnochado, amenazaba con crear el desmadre sino se les concedían más ventajas de las que ya han logrado. Creer en tal o cual ideología es su derecho, pero a lo que no tienen derecho es a fomentar la anarquía y a ubicar sus derechos por encima de los demás, así porque sí.
Por último es ridículo bajo una supuesta posición progresista, catalogar de burgués o de moralismo aristocrático y caprichoso a quien opina que el civismo puede lograrse y es necesario. Es cierto de que hay profundas fallas en el sistema sociopolítico panameño que traen atraso y exclusión pero hay que empezar por lo primero: una gran agenda de Estado que inicie el proceso de cómo canalizar el progreso a una sociedad más justa y para ello tienen que establecerse las reglas primarias que le den forma a este proceso; por lo cual una constituyente que dote a la nación de una estructura política y administrativa estatal que brinde oportunidades de beneficiarse del libre comercio y la globalización a todas las comunidades de interés que componen el heterogéneo conglomerado de la nación panameña, sería un gran paso. Dejémonos de complejos pobreteros cuartomundistas y busquemos vías y modos de crear más riqueza y no para reclamar la repartición indefinida de la que ya existe bajo banderas y enfoques anacrónicos.